
Emblema del noir británico

Seguramente la obra británica de mayor estima y prestigio de la historia, supone todo un clásico y un brillante ejercicio del mejor cine negro de aquellos años (época dorada del género, por otra parte), con una trama llena giros y engaños, protagonizada por Alida Valli, Joseph Cotten, un veteranísimo intérprete visto en Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) o La sombra de una duda (Shadow of a doubt, Alfred Hitchcock, 1943), Alida Valli y con un Orson Welles (en una mítica colaboración: habría que ver hasta donde llegó su influencia en el resultado final de la película…) que, apareciendo con el metraje bastante avanzado (y de la forma en que aparece, con sus consecuencias) ha dado al film un inmejorable prestigio, ayudado por supuesto por la impecable y muy célebre banda sonora.

Podríamos resumir su trama en un par de líneas, pues ha de verse para disfrutarla de principio a fin: un escritor (malo, por cierto) viaja a Viena, capital de Austria, tras la Segunda Guerra Mundial. La ciudad está, por lo cual, ocupada por el ejército Nazi. Ha aceptado un trabajo de un viejo amigo suyo. Pero su amigo “parece” que ha muerto. Punto. Ver la película si se desea saber más.

A partir de un texto (breve y directamente pensando en su adaptación al cine) de Graham Greene, uno de los mejores escritores del siglo XX (El poder y la gloria, El ministro del miedo, El americano tranquilo o El fin del romance, cuya una de sus adaptaciones al cine ya ha sido comentada en este blog), fue dirigida por Carol Reed, realizador británico que tuvo su mayor momento de gloria en la segunda mitad de los 40, cuando rodó, además de ésta, un par de muy estimables filmes, Larga es la noche (Odd man out, 1947) y El ídolo caído (The fallen idol, 1948). Pero qué duda cabe que El tercer hombre es su película más aclamada, además de popular, dotada de una increíble capacidad visual (gracias a cuidadísima fotografía en B/N), ejemplificada en la iluminadísima aparición del personaje de Harry Lime (Orson Welles), sin duda el plano más recordado de la película, junto con el plano final del personaje femenino alejándose decepcionada y las persecuciones por las cloacas de Viena.

Se pueden contar con los dedos de una mano (siendo generosos, de las dos manos) las poquísimas veces que una actuación de reparto, entendiéndose ésta como la actuación de algún intérprete secundario, no de el o la protagonista principal de un relato) ha dado tanto de sí o ha mitificado tanto el resultado de una película. Su aparición final nos lleva a pensar en, incluso, el cine de terror.

Presente en cualquier lista de “Las 100 mejores películas” de la historia que se precie, puede verse como el reverso de Casablanca (Michael Curtiz, 1942): ambos protagonistas son americanos exiliados, que aman a una mujer asqueada de la guerra, con tramas de engaños y mercado negro, pero mientras una (Casablanca) exalzaba el propagandístico mensaje moral de victoria tan presente en el cine norteamericano de aquellos años (con la contienda librándose en todo el mundo, aunque no lo hacía de forma tan descarada como otros filmes más propiamente bélicos), El tercer hombre ya va reflejando los primeros síntomas de paranoia y de sentimientos de traición que definirían los años de la Guerra Fría.

Con una autoría final (Welles vs Reed) que todavía hoy en día es puesta en tela de juicio por todo aficionado al género y al cine (es de sobras conocido que Welles se reservó la dirección de la icónica escena en la que se le ve por primera vez, así como la de la persecución por las cloacas, hecho que ha añadido más leña al fuego sobre quién está detrás realmente de los muchos méritos del filme) lo que realmente importa es la irremediable atracción de las imágenes de esta película verdaderamente inmortal, sobre la amistad y la lealtad.
