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El trompetista (Young man with a horn, Michael Curtiz, 1950): una morena, una rubia, y un tonto de capirote

Publicado el 16 diciembre 2013 por 39escalones

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Aquí tenemos a un joven Kirk Douglas mostrándole su aparato (la trompeta en este caso, aunque intentó por todos los medios enseñarle mucho más, como tenía por costumbre, por otra parte, hacer con casi todas sus compañeras de reparto y, en general, con toda fémina de buen ver que se pusiera a tiro) a la pavisosa de Doris Day, que ya por entonces hacía méritos para encasillarse en el papel de mojigata cursi con tendencia a los gorgoritos y a la sonrisa ‘profident’ que la consagró para los restos, en una fotografía promocional de El trompetista (Young man with a horn, Michael Curtiz, 1950), drama interesante pero fallido que tiene como protagonista central a un muchacho que pasa de una infancia desgraciada y solitaria a tocar la trompeta en algunos de los locales con más clase de Nueva York.

El principal defecto de construcción del film reside, no obstante, en la música, y a dos niveles diferentes. En primer lugar, porque la cuestión musical queda reducida a un mero pretexto argumental; el jazz, lejos de adquirir un papel esencial en el desarrollo de la trama, no es más que un elemento más de la puesta en escena, un aditivo decorativo que reviste el arquetípico objeto de la acción: Rick Martin, un joven pobre, con una infancia triste (sus padres fallecen prematuramente y él se cría en el desestructurado y caótico hogar de su hermana) encuentra en la música, en particular en la trompeta, la vía para huir de su presente y aspirar a una vida con la que sólo puede soñar; convertido, ya talludito (Kirk Douglas) en un virtuoso del instrumento (seguimos hablando de la trompeta) gracias a las enseñanzas de un maestro negro, Art Hazzard (Juano Hernandez), echará a perder su carrera y su futuro cuando se enamora de la mujer equivocada, Amy North (Lauren Bacall), e intenta paliar los sinsabores que le produce con la ingestión masiva de alcohol. La amistad de Jo Jordan (Doris Day), en realidad enamorada de él, no le sirve para reconducir la situación, y el sueño de su vida, encontrar la nota que nadie ha logrado hacer sonar antes, la melodía añorada que sólo existe en el dibujo difuso e inaprensible de su mente, se le escapa para siempre… Es decir, nos encontramos con una historia típica de ambición, ascenso, desengaño, traición, frustración y redención, con la música como simple escenario. Por otro lado, los números musicales que el director regala a Doris Day para el lucimiento de sus cualidades vocales no hacen sino interrumpir el desarrollo dramático de la acción, entrecortando sin necesidad una historia en la que los músicos y el jazz deberían contar con la mayor cuota de protagonismo.

No todo son errores, desde luego. El planteamiento, la narración en flashback de toda la historia por parte del personaje de Willie ‘Smoke’ Willoughby (Hoagy Carmichael), pianista al que Rick conoce en su primer trabajo como trompetista para una orquesta (en el ball-room ’Aragon’, por cierto), que queda  limitado a abrir y cerrar el film, evitando la reiteración del recurso a la voz en off, resulta un acierto, y las interpretaciones, tanto de Douglas como de Bacall, son voluntariosas e intensas. A pesar de ello, y de su gran amistad de años (ambos estudiaron en la misma escuela neoyorquina, y Bacall, ya instalada en Hollywood, hizo mucho por conseguir que Douglas pudiera dar el salto de Broadway al cine), en pantalla carecen de química, de sintonía, y no resulta creíble en ningún modo su arrebatada atracción inicial ni tampoco el desarrollo dramático de su relación, que va de la exaltación inicial al odio mutuo, y que es el detonante del fracaso vital de Rick: a partir de ahí no sólo da la espalda a Jo y a Willie, sino que se enfrenta a Art hasta el punto de renegar de él y de las enseñanzas que recibió de su parte. El alcohol constituye su único horizonte vital, hasta que, por exigencias del Código Hays, el guionista Carl Foreman (adaptador de la novela de Dorothy Parker) debió introducir con calzador un apresurado final feliz -relatado por Willie pero no mostrado ni bien engranado con el desarrollo de la película- en el que Rick encuentra de nuevo el camino, grabando discos con una orquesta, acompañado de la voz de Jo y el piano de su amigo.

Melodrama sentimental con interludios musicales más que musical en sí, historia ceñida a los cánones de superación, auge, caída y redención, la pericia de Curtiz en la dirección consigue dotar a un film esquemático y previsible de brío y buen pulso, y esto lo consigue, más que nada, el papel residual que le concede a la música (la partitura de la película es de Max Steiner, con apuntes jazzísticos de Ray Heindorf), en especial a las sesiones que los músicos improvisan en los distintos locales nocturnos y tugurios de la ciudad (con gran interpretación de Douglas en su simulación del toque de trompeta, instrumento que intentó aprender por sí mismo para representar su personaje de manera realista), así como a la inclusión de algunos de los más célebres clásicos de la época, todos ellos reconocibles, que hacen más ágil e inteligible para el espectador no iniciado en el jazz la comprensión que el significado de esa música tiene para Rick, sus ansias de saltarse las partituras y dejar volar la melodía de su trompeta hacia la búsqueda de esa nota, de esa secuencia de notas, escrita sólo en su imaginación.

Película para disfrutar más con detalles puntuales que por la solidez del conjunto, permanece no obstante en la memoria cinéfila como uno de los escalones que posibilitaron el ascenso al estrellato de Kirk Douglas, un actor carismático, temperamental y muy independiente, que llegó a Hollywood por la puerta grande y que, en el momento de escribir estás líneas, es el último actor masculino vivo del Hollywood dorado.


El trompetista (Young man with a horn, Michael Curtiz, 1950): una morena, una rubia, y un tonto de capirote

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