Revista Arte

El valor de la individualidad

Por Lasnuevemusas @semanario9musas

En términos existenciales, y esto ha sido largamente discutido por filósofos y terapeutas, el ser humano se encuentra arrojado, además de ante la muerte, ante el aislamiento existencial.

Una manera de compensar esto, de sobrellevarlo, es refugiarse en otra persona, en un grupo, incluso en objetos o causas. Es lo que se ha venido llamando fusión.

El valor de la individualidadSi profundizan en los motivos por los que admiran a ciertas personas seguramente encuentren, entre otros, cierto poder de individualidad. Nos fascina atisbar en otras personas la valentía de no necesitar tanto como nosotros fusionarse, cobijarse en los demás. Esas personas que parecen tener algo solitario que rebosa seguridad. Personalidad. Carisma. Si me fusiono con otro, con un padre, con una pareja, si dependo emocionalmente de ellos, me ahorro cierta conciencia de mi mismo y por ende, cierto grado de desesperación. El filósofo y teólogo danés Soren Kierkegaard dedicó gran parte de su obra a desarrollar esta idea.

El miedo a la libertad y a la soledad es tan hondo que tendemos a negarnos y nos fundimos con el otro. Renunciamos en parte a nuestros auténticos deseos. Aparece entonces lo que los existencialistas consideran la culpa existencial. Es una culpa que tiene que ver con no haberse atrevido a vivir.

Las personas que parecen tener una estructura límite de personalidad acaban en muchas ocasiones hablando con sus terapeutas, si éstos son buenos terapeutas, de un vacío. Como tantas otras personas que despliegan conductas compulsivas (adicciones, actividad desmedida, rituales) ellos buscan llenar ese vacío de mil maneras posibles, por muchos problemas consecuentes que generen, con tal de no mirar a la cara a esas tres o cuatro verdades, a veces inabarcables, ante las que está desnudo el individuo.

Cuando conocemos a alguien que parece haber atravesado esa cordillera sin enloquecer nos impacta de algún modo. Es muy posible que esta persona este, en realidad, "casada" con algún tipo de actividad que entienden como una misión vital que llena de sentido y significado sus días. Viktor Frankl estableció en torno a esto su teoría.

El valor de la individualidad

Cabe establecer una distinción entre el que se esconde de los demás por miedo a sentir, por miedo a perder, del que "elige" encarar la "soledad existencial". Atiende a esa angustia y la utiliza para generar un movimiento hacia adelante de un modo más o menos creativo. Ese camino creativo que regresa de la cordillera conlleva a veces estar solo. No es una soledad que se vive como algo triste. Entonces la fusión con esa suerte de misión vital sustituye a la fusión con las personas.

Usted sabe que está viviendo la vida de los otros. Lo sabe. No está viviendo auténticamente según lo que verdaderamente desea hacer. Se vio arrastrado, lo se, una cosa llevó a la otra y para cuando pudo darse cuenta ya parecía ser demasiado tarde. En realidad podría haber arrojado el tablero por la ventana pero a usted le parecieron demasiado trágicas las consecuencias. No pasa nada, casi todo el mundo siente esto en algún momento. Saberse tan libre asusta al más valiente. Sin embargo, en la medida en que usted sea consciente de esto y aprenda a manejarlo su vida cobrará más sentido; cómo algunos de sus síntomas están jugando entre ellos una partida nefasta en ese tablero que usted elige no hacer saltar por los aires y cómo avanzar minimizando esto con dosis de angustia que resulten manejables.

El valor de la individualidadY en la medida avance en la conciencia de todo ello podrá usted llegar al otro de una manera más auténtica. Ya no se fusionará solo con una parte del otro, con una arista idealizada de los demás, sino con un otro más total y genuino.

Algunas personas parecen vivir con esa extraña mezcla de inteligencia, sensibilidad y valor. Valor para no haber dado la espalda al hecho, absolutamente abrumador, de que vamos a morir, de que estamos algo solos, de que somos bastante libres y que, por tanto, podemos elegir cómo vivir nuestra propia vida. Nos fascinan, tienen un halo de sabiduría, cicatrices dejadas por estados de angustia y depresiones resueltas. Se acercan a nosotros, con un poco de suerte, y nos tienden su mano firme como si entonaran "¡He aquí un hombre!".

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