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Elefantiasis, de Raúl Ariza

Publicado el 26 noviembre 2012 por José Angel Barrueco
Elefantiasis, de Raúl Ariza
Todos los jueves
Después de llorar lo justo, después de aprender a no perderse por los pasillos del super y a no ahogar con lamentos nocturnos a los clientes del taxi, cuando en definitiva aceptó resignado su condición de viudo, Ángel decidió hacerse un fijo de la enmoquetada desesperanza del Oasis, una vez por semana. A la tibia luz de la necesidad, sentado ritualmente en aquella barra imperfecta, cada noche de jueves se bebía un par de gintonics a la salud de sus carencias. Patético homenaje, quizá pensó alguna vez al recordar, que había sido precisamente un jueves de no hacía tantos años cuando Reme, cansada de tanto silencio doméstico y de tanto cáncer, se dejó morir.
El Oasis quedaba al lado de la carretera, cerquita de la entrada a la AP-7, y tenía una barra en forma de "u" coja en uno de sus lados. Al fondo a la derecha de aquella penumbra, tras una puerta decorada con mil teselas de espejo, se accedía a los urinarios y al piso superior, en donde se encontraban las habitaciones de las chicas.
Los jueves no libraba Jalilah, la negra africana que de vez en cuando trataba de convencerle, sin muchos esfuerzos, de que entrara con ella y se dejase hacer una mamada. La joven acabó por tomarle un cariño casi filial. A Jalilah, los hutus la dejaron sin padre -al que cortaron las orejas y la nariz antes de degollarlo- cuando ella a penas contaba con seis años. A ella la violaron repetidas veces.
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Nocturno
Cena frugalmente. Se lava los dientes a toda prisa, y aprieta el paso al cruzar el recibidor, saliendo de casa a toda velocidad camino a la entrada del metro, esa boca acogedora y felizmente iluminada. Recorre tres estaciones, como pudieran haber sido cuatro, o cien, o mil.
Discurre entre calles de las que no conoce ni el nombre, y por plazas de una ciudad que bien pudiera no ser la suya. Se detiene ante escaparates que no logran captar su atención, con la única intención de ganar o perder un poco más de tiempo. Visita barrios que jamás pensó que visitaría. Comparte aceras peligrosas con gente de vino áspero y con seres de sexo clínico. Resbala en la miseria de otros que antes fueron como él, y se trastabilla en los recuerdos que dejaron flotando en el aire a modo de migas de pan, quienes infructuosamente trataron de regresar del lugar del fracaso.
Sometido al frío de todas las noches invernales, aprieta las manos dentro de los bolsillos y se emboza con las solapas del abrigo. Tras el gesto sospechoso, un coche patrulla aminora su marcha y se le acerca. Desde el interior, el agente que no conduce percibe, no tanto su peligrosidad, como su deriva en el rumbo. Ni le molestan.
Circunda monumentos, visita verjas de antiguos colegios, portales de antiguos trabajos, iglesias donde alguien, quizá él, un día se casó. Sorprende en la puerta de los quioscos titulares de prensa recién amanecidos, y se toma un carajillo en la misma barra en la que se premian así mismo los del servicio de limpieza.
Antes del amanecer, regresa en un desangelado bus acunado por las lejanas voces de una radio. Desanda el tiempo recorrido y, tal como ha hecho estas últimas tres noches, vuelve a casa en silencio.
Se santigua al entrar tratando de espantar sus males, y cruza de nuevo con paso vivo el recibidor para que no le tiente el deseo de releer, una vez más, la nota de adiós que Nerea le dejó la otra tarde, mientras él estaba en el trabajo. Antes de ducharse y salir hacia la oficina, entra en el dormitorio, deshace la cama, e inmediatamente vuelve a hacerla de nuevo.

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