Nunca he visto el sol como otros nunca han visto el mar. Cuando era pequeño le pregunté a mi padre cómo era y él me contestó que como una bombilla gigante. Nadie entiende que quiera ver algo que para mí no existe, salvo en el reflejo de la carretera por la que paseo cada día, justo antes del amanecer. Sólo existe una premisa al empezar, buscar refugio en la soledad y en el silencio para enfrentarme a mi desafío. Un desafío que no hago por prescripción médica, como me recomendó mi cardiólogo, sino porque quiero encontrar el sol y la luz que se esconde bajo sus rayos. Al comienzo de mi aventura todo es real y tangible, pero con el paso del tiempo, las imágenes se distorsionan en un sinfín de reflejos que alientan el sentido de mi conquista. Ya nadie puede decirme que soy un loco que busca algo que para mí, de momento, no existe, porque al final, más allá de mi imaginación, estoy seguro de que el sol está detrás del último árbol. Ahora sólo hace falta que pierda el miedo a levantar la cabeza del suelo y, de esa forma, enfrentarme al sol y sus rayos cuando éste salga por el horizonte.Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel Revista Arte
Nunca he visto el sol como otros nunca han visto el mar. Cuando era pequeño le pregunté a mi padre cómo era y él me contestó que como una bombilla gigante. Nadie entiende que quiera ver algo que para mí no existe, salvo en el reflejo de la carretera por la que paseo cada día, justo antes del amanecer. Sólo existe una premisa al empezar, buscar refugio en la soledad y en el silencio para enfrentarme a mi desafío. Un desafío que no hago por prescripción médica, como me recomendó mi cardiólogo, sino porque quiero encontrar el sol y la luz que se esconde bajo sus rayos. Al comienzo de mi aventura todo es real y tangible, pero con el paso del tiempo, las imágenes se distorsionan en un sinfín de reflejos que alientan el sentido de mi conquista. Ya nadie puede decirme que soy un loco que busca algo que para mí, de momento, no existe, porque al final, más allá de mi imaginación, estoy seguro de que el sol está detrás del último árbol. Ahora sólo hace falta que pierda el miedo a levantar la cabeza del suelo y, de esa forma, enfrentarme al sol y sus rayos cuando éste salga por el horizonte.Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel Sus últimos artículos
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