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En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart

Publicado el 17 febrero 2017 por Elpajaroverde
Os voy a contar una historia. La historia de una mujer que un día lee un poema y se enamora perdidamente del hombre que lo ha escrito. Cuando consigue conocerle personalmente inicia con él una tórrida y tumultuosa relación que, con idas y venidas, se prolongará durante el resto de su vida. Tendrán cuatro hijos en común. No importa que él esté casado, que tenga otros hijos (tendrá quince vástagos a lo largo de su vida con varias mujeres), que la familia de ella se manifieste en contra, que su relación atente contra los convencionalismos sociales. No importa que intentara separarles una guerra, el alcohol, las peleas. El incendio que prendió ese poema en el interior de la mujer tan solo se apaga cuando se extingue su vida.
En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth SmartEl nombre de la mujer es Elizabeth Smart; el del hombre, George Barker. En Grand Central Station me senté y lloré comprende la relación de ambos desde sus inicios hasta los años de la Segunda Guerra Mundial contados por su protagonista femenina. No, contados no: arrojados, paridos, vomitados. Elizabeth Smart se engulle a sí misma para darse la vuelta con su escritura: la piel hacia dentro, las vísceras expuestas e indefensas hacia afuera. Sus palabras son un desahogo, una súplica, una lamentación. Pero cargadas de una firmeza inquebrantable (aquí están mis vísceras, venid a devorarlas, que yo os daré más, más, más).
Y, ¿por qué os cuento esta historia, os preguntaréis? Porque la sinopsis apenas la cuenta y necesitaréis asideros para transitar por ella. Elizabeth no cuenta, se cuenta, y no se molesta en darnos explicaciones (tómala o déjala). Su libro carece de hilo argumental; no creo que pueda catalogarse como novela. No os vendrá mal, incluso, algún detalle más que los que yo os cuento aquí. Así que investigad sin miedo, no pongáis reparos a 'autospoilearos', no os preocupe conocer más de lo que este libro abarca. Lo importante de él, su esencia, es cómo está escrito, lo que cada uno de sus párrafos encierra y nos ofrece, y eso, no lo encontraréis en ninguna biografía o reseña que busquéis porque para llegar a eso, no os quedará otra opción que leerlo.
Elizabeth escribió y publicó poemas desde temprana edad y eso exactamente es este libro: poesía. Sin versos, cierto; sin métrica, verdad; pero el resultado es el mismo que si de un libro de poemas se tratase: imágenes poderosas cargadas de sensaciones, recargadas incluso a veces, como un perfume concentrado que con una sola gota nos embriagase porque combina múltiples esencias.
Elizabeth nos arroja su dolor. Se siente morir cuando no ve a su amor, vuelve a la vida con solo una mirada suya. La culpa la tortura: piensa en la otra; la otra, porque ella se siente legítima por obra y gracia del amor. El amor. Para mí el amor es otra cosa; esto es obsesión, enamoramiento febril. Para ella: AMOR. Y se compadece con cierta soberbia de aquellos que se resignan, que renuncian a vivir ese amor con mayúsculas sacrificándolo por una vida que ella considera estéril.
El libro también está cargado de referencias literarias. Muchas os pasarán desapercibidas (bueno, a mí me han pasado, a vosotros a lo mejor no). De algunas os dará cuenta Laura Freixas, su traductora, al término de la lectura. Nos dice que ha preferido hacerlo así para no lastrar la lectura. Lastrar, lastrar, como si la pasional locura por George Barker no hubiese lastrado a Elizabeth y a ésta le hubiese importado, como si este libro pudiese leerse sin volver sobre sus páginas y releer, releer, releer. Su prosa es arrolladora pero con ella Elizabeth consigue anclarnos como nunca pudo hacerlo con su amante.
Poco más que comentaros: lo he dicho todo y nada he contado. Curiosidades: George Barker describe su relación con Smart en su novela La gaviota muerta publicada en 1950. En Grand Central Station me senté y lloré se publica por primera vez en 1945 con escaso éxito. La familia de Elizabeth consigue prohibir su publicación en su Canadá natal, sin embargo, la novela circula por Londres y Nueva York y se republica en 1966 con excelentes críticas. Hoy en día es considerado un libro de culto y se ha traducido a numerosos idiomas. El nombre de Elizabeth Smart no volverá a asomar por el mundo editorial hasta más de treinta años después de la primera publicación de este libro. De esta segunda época data Los pícaros y los canallas van al cielo, que en España también ha sido publicado por Periférica. En él, Elizabeth cuenta cómo afrontó sola con sus hijos los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero eso, es ya otra historia. La que hoy nos atañe ha dado fruto a frases como estas:

En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart

Elizabeth Smart at her family's summer cottage near Kingsmere, c. 1930


"Cañón arriba, las secuoyas y las hojas de ricino, grandes y carnosas como manos, profetizan desastre por su belleza, demasiado grandiosa."
"...él, que cuando era sólo una palabra bastaba para causarme noches enteras de escalofríos e insomnio..." 
"En mi habitación resuenan los gritos que ella nunca lanzó, y debajo del suelo las enredaderas del remordimiento crecen, perforando la humedad."
"Él es la luna dueña de las mareas, es el rocío y la lluvia, es toda las semillas y la miel del amor [...] Yo soy la tierra que perforan, para crecer, las plantas. Pero cuando germinen yo también seré un dios."
"No, no hay defensa para el amor, y las lágrimas no harán sino aumentar el delito. Sé razonable. Sé como todo el mundo."
"Recuerda que la tentación, para ti, no soy yo: lo es todo aquello que te desvía de mí. Ni lo eres tú para mí, sino que eres mi meta, la única."
"Las bombas son más grandes, pero los cerebros humanos que las bombas revientan son del mismo tamaño. Las caras destrozadas en las ciudades costeras inglesas son las que un día besamos; las manos que alguien barre junto con los escombros son las que un día estrechamos; nuestra vida privada es lo que aparece en los titulares, y sin embargo, el perro sarnoso que merodea bajo nuestra ventana nos inspira una compasión más auténtica. Cayeron Babilonia y Sodoma y el Imperio Romano, pero la ventisca invernal acuchilla con la crueldad de costumbre, y el amor, como siempre, arranca de cuajo el corazón, con más fuerza que un imaginado campo de minas."
"Cuando mis ojos flotan por la habitación como dos barcos perdido en el mar, conozco las medidas exactas de mi cautiverio."
"Y él pecó contra el amor. Por más que alegue que lo hizo por Piedad, por más que explique que la Piedad sólo estaba librando una batalla contra el Amor, y perdiéndola, lo cierto es que a la Piedad no le sirvió de nada, mientras que sus vacilaciones ofendieron al Amor."
"Estoy flotando a la deriva. Sin cabeza. Peligrosamente deshabitada."
"Me miran con malos ojos. Perforan mi anular porque está desnudo, y miden mi vientre como sastres, para tejer un chisme bien jugoso."
"Y para ese pecado, el pecado de bajar la cabeza ante la resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención. Es el pecado castigado con la condenación eterna."
"Todas mis estrellas polares se han convertido en estrellas caídas."
"Dale su cuaderno, oh mi amable usurpadora, cuyo lugar yo a mi vez usurpé, mi enemiga, a quien maté y que me mató. Déjale escribir palabras que le absuelvan de ambos asesinatos." 

En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart

Sequoia Trees. Fotografía de John Hilliard


Ficha del libro:
Título: En Grand Central Station me senté y lloré
Autora: Elizabeth Smart
Traductora: Laura Freixas
Editorial: Periférica
Año de publicación: 2009
Nº de páginas: 160
ISBN: 978-84-92865-00-0

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