Revista Cultura y Ocio

Encontrar una media perdida por Nery Santos

Publicado el 05 agosto 2022 por Nerysantosgomez

Medias sin parejas

¿Quién no se ha enfrentado al misterio doméstico de la desaparición de una de las medias de un par? Las he comprado vistosas, con colores y rayas para distinguirlas mejor, y aún así se las traga la lavadora, la secadora o la quinta dimensión. Tengo un baúl donde guardo las medias sin parejas. Eso se llama esperanza, el creer que algún día volverán. Tal vez en la próxima lavada, la máquina de ropas tenga la bondad de devolverme alguna. Cuando menos lo espero, con la alegría del encuentro, hago un par, entre tantas largas, y cortas, con dibujos y sin dibujos, más nuevas o más usadas… entre muchas, estas dos se han reconocido. Las enrollo a ambas en un bolita, ya su propósito de existir vuelve a tener sentido y pienso en escribir un cuento sobre esto. Siempre pienso en escribir un cuento en los instantes importantes y llamativos de mi existencia o de la existencia ajena y a veces (como este) en los momentos más banales.  Ese deseo suele llegarme como un picor en las manos que solo se me quita con el tecleo en el ordenador. Como si mi destino fuera el de un griot africano con el deber de contar sus tradiciones y sucesos. ¿Pero a quién puede interesarle el destino de dos medias? Medias que como almas gemelas se encuentran luego de una gran separación y consiguen que juntas han enfrentado los mismos desgastes, las mismas decoloraciones. Que han vestido los mismos pies y recorrido literalmente los mismos caminos asistiendo a los zapatos en sus caminos, que han aflojado sus ligas para permitir, que han protegido, cubierto y abrigado. Entonces con un aire de solemnidad para tan esperada ocasión las envuelvo en un rollito común para que se arropen y abracen hasta su próxima aventura. Luego de tan descabellados pensamientos, me sigo cuestionando: “¿la gente normal pensara así como yo (que me siento como una loca)… en tanta historia solo por un par de medias que vuelve a serlo? Y por tonto que parezca, sigo pensando en el intrascendente tema… “Esto, puede tener un significado más profundo: el de las memorias perdidas. En esas gavetas que debe tener el cerebro y que se abren con las sinapsis de sus neuronas, que con impulsos eléctricos despiertan recuerdos dormidos y los van aparejando unos con otros. Un olor, una visión o un roce pueden abrir la gaveta de un momento, una visión fortuita abre una herida ya cerrada o termina de curarla. Una media perdida que encuentra a su otra media y se abrazan y saben que son una sola. Que una sin la otra no valen nada”. 

Pienso que ahora sí tengo material para escribir un cuento. Un cuento de cosas perdidas y cosas encontradas. De recuperar amores, de encontrar legados familiares que pueden marcar el camino o de reunirse con el otro yo que a veces está extraviado. Entonces siento que ese cuento ya lo escribí. Y que está en uno de mis libros. Y como busco las medias sin par, lo encuentro y como el Griot, te lo cuento. 

El Universo de lo perdido

Me encontraba extraviada en aquel laberinto, chocando contra las mismas rutinarias paredes. Soñaba continuamente sin saber cómo materializarlos. Estaba cansada de trabajar para otro en aquella línea de producción de alimentos. Percibía que había perdido todo, que mi sentido de la orientación se había traspapelado en algún cajón  junto con mi deseo de luchar y eso  impedía que encontrara la salida. Me encontraba  afuera y sin saber cómo volver a entrar. ¿o estaba adentro sin saber cómo salir? 

Un deseo se escapó de mi alma acongojada, como un suspiro de condenado en su  última noche, abandonado de toda esperanza, cuyas brújulas y relojes apuntan y caminan a lo siniestro y por eso desea desaparecer allí mismo, sin preámbulos, antes de enfrentar su muerte anunciada. ¿Morirse se trata de perderse hasta de uno mismo? Entonces no se trataba del deseo de morir, sólo quería evadirme de este mundo injusto y sin sentido.  

Entonces la vi. Era una niña pequeña. Aunque no podía verle la cara me era absolutamente conocida, parecía haber salido de mis sueños, cantaba una canción que me era familiar y cuya letra había olvidado. No se detuvo a mirarme, iba inspirada por su propio destino. Caminaba con paso decidido como si las lágrimas y el dolor ajeno no pudieran detenerla en su andar. 

La seguí como si uno pudiera seguir a su propia sombra, sin la determinación que sólo ocurre cuando no es la sombra la que se mueve sino uno mismo. Recorrimos muchos espacios apretados hasta que se abrió un claro. Me sorprendí al encontrarme frente al vasto mar, así, de repente, en el medio de mi laberinto, con su color turquesa irresistible, matizado con las franjas ambarinas que dejaba el sol matutino como regalos, todo él coronado de espumas. 

La niña con sus pies descalzos, aún llenos de arena, comenzó a subir la cuesta por un camino azaroso que reconocí, allí me había perdido siendo muy niña. Era un bosque de encinas que quedaba junto a la casa de la tía Eulalia. Experimenté el antiguo e idéntico sudor frío, sentí el corazón desbocado, el sufrimiento por no encontrar a mis padres, el miedo a lo desconocido y, simultáneamente, sin embargo, una cierta dicha masoquista de estar libre y sola nadando en la angustia de haber recuperado ese recuerdo. 

Por segunda vez ese día la aparición de la niña me liberaba. Iba adelante con sus pasos cortos, como si flotara en vez de caminar, señalando el camino. Sólo podía ver la estela que dejaban sus cabellos verdes en los que se enroscaban algas marinas y pequeñas caracolas. Su piel, que parecía recubierta por escamas de peces, brillaba por el reflejo del sol y dejaba a su paso un olor a sal marina y a lo que deben oler las sirenas.  

Subimos hasta la cumbre. En la bruma se divisaba la silueta de una casa, que se definía cada vez más al acercarnos. Creí reconocerla como la casa de mis abuelos maternos. La que visité pocas veces y cuya imagen estaba enterrada en los vericuetos de mi memoria. La casa fue vendida al morir mis abuelos; ya no pertenecía a mi familia. Con cada paso que daba, acercándome a ella, se desenmarañaba un revoltijo de recuerdos y se me hacía más nítida la idea de que, en efecto, se trataba de aquella casa que había olvidado. Me deleité al redescubrir los mosaicos españoles, la fuente donde me bañaba desnuda cuando aún el pudor no había hecho sus estragos en mí, la cueva abierta en la roca pura, por la explosión de la dinamita robada a los soldados de la guerra civil, donde se almacenaban los granos, la fruta seca y hasta el vino, para resistir el invierno. ¡El patio fresco, los balcones floridos y la vista al mar! ¿Cómo se me habían extraviado esas imágenes maravillosas? 

La niña siguió caminando rumbo al patio trasero y no fui tras ella, porque un perro grande y peludo como un oso salió a mi encuentro. De mis labios brotó rápido su nombre, como si siempre hubiera estado allí, esperando a ser encontrado nuevamente ¡Segismundo, mi peluche!  -exclamé-.  Me tiré al suelo y lo abracé. Él me reconoció de inmediato, meneando su cola con la rapidez de un abanico en manos de una damisela acalorada. 

Empujé la pesada puerta de madera tallada por las manos de artesano que tenía mi abuelo y entré. Las paredes estaban decoradas con medias sin parejas, de todos los tamaños, formas y colores.  Reconocí sobre una silla mi cobija de lana de ovejas. Recordé cuánto había llorado al no encontrarla en los albores de mi adolescencia. Había  interpretado su pérdida como una señal del fin de mi infancia, estuve inconsolable al no tener mi suave y gastada cobijita para  arrebujarme en ella en las noches en que el dolor de mis huesos en crecimiento, asociado al pánico de ser adulto y al terror de seguir siendo niña, me impedía dormir.  

 De nuevo aquel llorado anillo de oro al alcance de mi índice. Llaves, cuadernos, papeles importantes que se habían desvanecido en mi memoria, todo estaba allí, cerca de mí. Observé un pequeño ataúd demasiado pequeño para una persona adulta y hasta para un niño. Su tapa era de cristal transparente. Mi curiosidad pudo más que mi miedo. Adentro: pálida, peluda y desarticulada, la pierna que papá había perdido en la guerra. Una mujer de rostro borroso entró a la sala. Me indicó con un gesto un cofre laqueado. Lo reconocí al momento aunque estaba cerrado, sabía que adentro estaban mis diarios escritos durante muchos años, las cartas de amor de mis primeros pasos en el mundo del romance. Estaba cerrado. Me arrodillé y acercándome al cofre aspiré su perfume. Tal vez las cartas aún conservaban la colonia con la que las rociábamos o mi imaginación me jugaba una treta, pero aquel olor me llevó directo al corredor oscuro donde una mano cálida, tímida pero decidida se deslizaba bajo mi blusa para encontrarse con mis pezones tensos, produciéndome un exquisito cosquilleo, irrepetible y delicioso. 

La mujer, cuyo rostro no podía descifrar, parecía sonreír maliciosamente como si se divirtiera ante mi perplejidad, que era el sentimiento mayor que surgía, frente a esa gama de emociones que me invadía al descubrir cada objeto y su recuerdo. Me llevó a mi colección de discos de Elton John, a mi vestido de graduación… ella había coleccionado todo cuanto yo había perdido a lo largo de mi vida. Aguardar este momento la había mantenido con vida, y se ufanaba con mi decisión de desenterrar mis tesoros. Al  hacerlo, descubría objetos, sentimientos, situaciones que había perdido sin sospecharlo, porque habían dejado de existir para mí y… ¡aún permanecían intactos! Yo estaba destapando el frasco de los recuerdos olvidados. Colores, sabores y emociones se abalanzaron sobre mí apretujados, como insectos que al escapar de una trampa mortal se acercaran, en desbandada, y me atacaran de repente. 

La mujer de quien ahora percibía su sonrisa me miró. Pude distinguir sus ojillos de mirada remota enfocándome nostálgicos. Me dirigió hacia un segundo aposento. No esperaba encontrarme con lo que había allí. Me vi de niña, con una expresión de inocencia, ya perdida. Recordé todas las ilusiones que había abandonado, todas las profesiones que dejé de ejercer, todos los viajes que no hice, todas las ranas que no besé porque no creí que podían transformarse en el príncipe adecuado y entonces me sentí muy triste por haberle fallado a las fantasías puras de aquella niña hermosa. Dejé a mi yo-niña  jugando con un futuro que no se hizo presente y me volví hacia una ventanita cuadrada que daba hacia el patio e iluminaba toda la estancia.  Me sorprendió que una ventana tan insignificante dejase entrar un raudal tan inmenso de luz. Afuera se oían risas. Asomándome, reconocí a mi amiga María Jesús jugando a las cintas de colores. El placer de aquella amistad se había desdibujado en el tiempo ¿Cómo era posible? Con ella el día era eterno, plácido, ligero y divertido ¿Cómo fue posible que la hubiese dejado ir, perdiéndome de esa pura amistad y de lo que  hubiera podido llegar a ser junto a ella? 

La niña guía reapareció fugaz detrás de unos árboles desde donde espiaba el juego de María de Jesús y siguió su camino hacia el mar, donde habría de perderse eternamente. Entonces comprendí que se trataba de mi hermanita, camino a su destino. No traté de detenerla, hubiese sido inútil. Su casa estaba en el fondo del océano junto a los barcos hundidos, los que nunca  completarían su viaje al puerto, con las olas meciendo su pelo de algas, junto a la risa extraviada de mi padre y a la salud, que nunca regresó, de mi madre, como su propio universo de cosas perdidas. Sonreí al entender que sólo por amor había salido de su mundo oceánico para conectarme a mi propio universo… La habíamos buscado durante días interminables, en la  espera irracional de que una ola la devolviera, escupiendo agua, pero viva. La ilusión se fue muriendo con el reventar incesante de las olas eternas que no trajeron ni su ropa, ni su cuerpo. 

La voz de mi abuela me llevó a despedirme de mi hermana como nunca lo había hecho antes; hice con descuido, como algo natural,  eso que antes no podía  revivir ni en sueños.  

La escuché abajo junto al caney. Sabía lo que iba a pasar porque lo había vivido y lo había sepultado como todo lo trágico en mi vida. Contemplé  al cabrito blanco, pequeño, suave, tierno y juguetón tanto como yo misma, al que había visto nacer, dar los primeros pasos, con el que había jugado en las tardes eternas. 

Abuela apremiaba al abuelo: “Debes hacerlo, está creciendo mucho”  -decía arrimándole el afilado cuchillo-. Abuelo, que había prolongado sus días por lástima pura, se sintió arrinconado en su hombría de proveedor. No presencié lo que ocurrió pero pude adivinarlo al ver su piel de muñeco de felpa tendida al sol, el blanco interrumpido por las gotas púrpura. Abuelo limpiando su cuchillo. El estómago del cabrito, rebosante de su última cena, colgado cerca de la chimenea puesto a secar. Cuando crecí, abuela me explicó que este acto bárbaro, que se repetía en mis pesadillas de infancia, fue el que me alimentó del queso de cabras más delicioso que se preparaba en la casa. Al cabrito señalado había que dejarlo tomar mucha leche de su madre antes de matarlo, su estómago lleno y puesto a secar serviría de cuajo para hacer el queso.  Sin sacrificio no habría beneficio.  Aunque entendí con el tiempo el sentido de lo ocurrido, aquel día perdí mi inocencia para darle paso a lo práctico. 

La mujer del rostro borroso que se hacía cada vez más nítido me invitó a  entrar en una última estancia. Allí había un banco de terciopelo con una llave encima y un espejo de cuerpo entero. Tomé la llave, entendí que era la del cofre con mis diarios escritos, mis cartas y otros documentos. Lo abrí y encontré el libro de recetas de mamá. Con él podía labrarme el destino que siempre había deseado en el negocio de los restaurantes. Había encontrado la solución del laberinto. Mi bitácora estaba en ese libro que había paladeado desde niña.  De mis diarios y cartas perfumadas se desprendieron por fin miles de palabras, las que conformaban mi historia personal y cuya ausencia limitó lo que había sido hasta ahora.  Me dejé arropar por ellas como en un manto de oraciones vividas y me dejé acariciar por las frases compartidas. 

Entonces entró la mujer de rostro borroso y se paró frente al espejo. Llena de curiosidad me coloqué junto a ella y… era yo misma reflejada. Nos fundimos en lo único que éramos: ella, mi lado perdido, mi pasado, mi sombra encontrada. Yo, mi presente y mi futuro. 

Nos reflejamos ambas en el espejo como la mujer que había sido y la que ahora era, en esa comprensión final de haber tenido que perderme para encontrarme definitivamente.


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