Revista Cultura y Ocio

Ensayo y error

Publicado el 23 junio 2016 por María Bertoni
El fantasma del científiclo loco asoma detrás de las declaraciones de algunos miembros del gabinete nacional.

El fantasma del científiclo loco asoma detrás de las declaraciones de algunos miembros del gabinete nacional.

“Estamos aprendiendo sobre la marcha”, reconoció ayer miércoles el ministro de Energía y Minería Juan José Aranguren ante los senadores que lo convocaron para pedirle explicaciones sobre su gestión. Con esas palabras, el funcionario retomó el speech que los altos mandos del actual gobierno argentino pronuncian cuando ni siquiera los medios oficialistas pueden/quieren silenciar o minimizar el descontento ciudadano.

Mauricio Macri instaló ese discurso al mes de haber asumido la Presidencia de la Nación. “No nos sentimos infalibles” advirtió en la primera conferencia de prensa que brindó en la Casa Rosada. “Sentimos que aprendemos en el hacer, en la acción, en los errores”, agregó el Primer Mandatario para ampliar su respuesta a las preguntas sobre la escandalosa captura de tres prófugos condenados por el triple crimen de General Rodríguez.

A principio de junio, Rogelio Frigerio también habló de “errores”. Tras admitir que se filtraron en el cálculo de las nuevas tarifas de los servicios públicos, el ministro del Interior aseguró que el Gobierno ya estaba corrigiéndolos.

Diego Capusotto y Pedro Saborido crearon el personaje Juan Domingo Perdón para ridiculizar esta retórica burda, y sin embargo con llegada a parte de la ciudadanía, incluidos algunos referentes de la oposición responsable. Recordemos las declaraciones elogiosas que la diputada nacional por el GEN, Margarita Stolbizer, hizo en mayo: “Estamos frente a un Gobierno que tiene la capacidad de rectificar errores”.

Los simpatizantes de la alianza Cambiemos entienden que sus sinceros y probos dirigentes hacen públicas sus limitaciones y equivocaciones porque tienen la humildad que les faltó a los arrogantes de la gestión anterior. Por supuesto hay quienes despliegan cierta mirada crítica, por ejemplo Juanita Viale: según transcribió Clarín también en mayo, la modelo, actriz y nietísima de Mirtha Legrand dijo que “está buenísimo aceptar errores” pero que “gobernar un país no es para estar probando; hay que saber; no se puede estar experimentando“.

En la reunión de gabinete ampliado que encabezó en abril junto a la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, Macri definió a los miembros de su gabinete como “el mejor equipo de los últimos cincuenta años” (en la Argentina, queremos creer). Utilizó la misma expresión pocos días antes de asumir la Presidencia, cuando los presentó formalmente en el Jardín Botánico. De esta manera retomó las declaraciones que Domingo Cavallo hizo en marzo de 2015, cuando anunció que el entonces candidato del PRO estaba “armando el equipo más serio para gobernar”.

La superioridad y seriedad que mencionaron Macri y el ministro de Economía de Carlos Menem seducen a los argentinos convencidos de que nuestro Estado trabaja de manera eficiente sólo cuando lo administra gente formada y fogueada en el sector privado (si es en universidades extranjeras y corporaciones multinacionales, mejor todavía). Como bien señaló Alfredo Zaiat en su artículo ‘La CEOcracia’, estos compatriotas entienden que el mercado y la actividad privada son garantía de productividad, eficiencia, transparencia, honestidad. En cambio consideran que el sector público se especializa en engendrar funcionarios inoperantes, ociosos, oportunistas, corruptos.

En aquel artículo publicado por Página/12, Zaiat también recordó que esos lugares comunes allanaron el camino hacia la privatización de nuestras empresas públicas en los años noventa. Como en aquel entonces, ahora también se idealiza a los referentes del sector privado nacional y extranjero: sus desmanejos son infrecuentes y, en el peor de los casos, desaciertos atribuibles a la naturaleza humana, por lo tanto imperfecta.

Cuando Macri cumplió su primer mes de gestión presidencial, el sociólogo chileno Alberto Mayol le dedicó -también en Página/12– una serie de recomendaciones inspiradas en el pasado reciente de su país. El académico escribió:

La aparición de los CEOs en el gobierno de (Sebastián) Piñera implicó dos fenómenos altamente corrosivos para su gestión: el conflicto permanente entre el criterio técnico y el político, por un lado; y las dificultades de puesta en escena de autoridades neutrales frente a casos donde sus intereses estaban ostensiblemente en juego. Es decir, hubo conflictos entre miembros del gobierno por quién y cómo se impone el criterio; y hubo conflictos de las autoridades específicas con su propio pasado o presente, inoculando así incompetencias obligatorias en ciertas temáticas y sospechas de la población. ¿El resultado? La desconfianza en el modelo político aumentó radicalmente y la desconfianza en las empresas privadas hizo lo propio, al punto de crisis de legitimidad de la élite“.

Más allá de la experiencia chilena con Piñera, Mayol sostuvo que la confianza depositada en los Chief Executive Officers perdió todo sustento real a partir de 2008. Ese año “los economistas no vieron la crisis (o la ocultaron, pues estaban en el negocio de especular)” y “las evaluadoras de riesgo dijeron que ciertas acciones eran tan ciertas como una barra de oro, cuando no eran nada”.

Cuando compareció ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos en octubre de 2008, Alan Greenspan reconoció errores que contribuyeron al estallido de la mencionada crisis. Según El País de España, el presidente de la Reserva Federal norteamericana entre 1987 y 2006 dijo que no fue capaz de anticipar la amplitud y severidad del “maremoto crediticio” que jaqueó al sistema financiero mundial. “Estoy conmocionado”, agregó.


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