Revista Cultura y Ocio

Entre bambalinas – @Patryms

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

[ Escrito con @Zaida_LM ]

Silencio. Todo está en silencio. Apenas un soplo de luz entra por una fina ranura entre la pared y el techo.

Pasa la mayor parte del tiempo a oscuras y sola; su escenario, tachonado de esmalte dorado y arabescos grabados en la madera, es pequeño y mullido. Tras de ella un espejo en forma de semicírculo y a sus pies, el terciopelo rojo resalta sus zapatillas y los filos del tul blanco. Sola. Con las puntas estiradas y el tu-tú plegado. Ideando su próximo baile…

Los brazos bien arqueados, relevé y ¡PIROUETTE! Creo que interpretaré ese. Se me da bien. ¿O quizá debería pensar en otro? 

En realidad no tenía nada que decidir. Seguro que tendría éxito. Aquella función llevaba sesenta años en escena y nunca había fallado.

Shhh. Escucha. Alguien viene. Quizá se acerque la hora de salir. Prepárate, ¡que nadie piense que estos viejos huesos ya no sirven para bailar!

– ¿Ves, pequeña? Hay que darle cuerda a esta llavecita.

– ¿Y para qué, abuela?

– Es la forma de encender las luces del teatro, de dar tiempo al acomodador para acompañar a cada persona a su asiento, alumbrando el camino con su linterna, de conceder a la bailarina unos segundos de preparación extra y…

– Abuela, es solo una cajita vieja.

– ¿Estás segura? Cierra los ojos y escucha.

La niña obedeció. Acababa de cumplir 6 años y su abuela había decidido que era el momento ideal para regalarle su preciado tesoro, igual que había hecho la suya con ella hacía ya tantos años y que recordaba como si hubiera sido ayer.

Con cariño, colocó la caja de música en esas pequeñas manos y empezó a darle cuerda. Lentamente, sin prisa, sintiendo con cada vuelta la misma emoción que aquella primera vez, con una mezcla de nerviosismo e impaciencia por verla salir y descubrir qué expresión aparecería en la cara de su nieta.

– Todos corren tras el telón haciendo los últimos retoques —empezó a contar la abuela, sin dejar de dar cuerda, con una dulce y suave voz que no podía ocultar la experiencia de los años vividos—; una tela que se ha caído, el crujir agitado de la madera que anuncia que ya es la hora,  las poleas que chirrían a la orden del tramoyista, el lago que adorna la parte trasera del escenario y que brilla esperando mas luz… la bailarina que hace algunos ejercicios de estiramiento totalmente ajena al bullicio que la rodea. Y la joven apurada que se acerca a Maya —ese era el nombre con el que la había bautizado— y sofocada le recuerda que quedan 30 segundos para que suba el telón.

Los brazos bien arqueados, relevé y ¡PIROUETTE!  Estoy preparada.

-Ahora. Abre los ojos —susurró al oído de la niña en el instante en que la llave llegaba al tope.

La música empezó a sonar, Romance de l’Amour, al tiempo que la tapa de la caja se abría y aparecía una preciosa bailarina con su tu-tú rosa, el pelo recogido en un impecable moño, los brazos formando un perfecto arco sobre la cabeza y girando sobre las puntas de sus pies como si quisiera desafiar a la gravedad.

Los brazos bien arqueados, relevé y ¡PIROUETTE! ¡PIROUETTE! ¡PIROUTTE!

Hacía ya rato que la pequeña se había transportado, de forma mágica, al lugar que le había descrito su abuela. Sentada en primera fila, disfrutaba de la música y de las interminables e hipnóticas vueltas que daba aquella bailarina sin marearse.

Cuando la música cesó, bajó la tapa muy despacio, siguiendo el ritmo del telón que caía en aquel fantástico teatro. La bailarina iba desapareciendo de escena en una eterna reverencia de agradecimiento a los aplausos que atronaban en la sala. Miró a su abuela con una sonrisa y le dijo:

– Abuela, quiero ser bailarina: como tú.

Maya escuchó las palabras resonando entre bambalinas. Orgullosa, no pudo evitar pensar que, una vez más, su baile había sido un éxito…

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