Revista Arte

Entre el Impresionismo y el Realismo se deslizaría un atisbo de sensibilidad muy humana.

Por Artepoesia
Entre el Impresionismo y el Realismo se deslizaría un atisbo de sensibilidad muy humana.
Cuando algunos impresionistas quisieron expresar la realidad deformando solo la atmósfera del conjunto, no así los detalles, obtuvieron una semblanza casi románticamente realista. Pero, otra cosa que estos díscolos impresionistas lograron fue dar un cariz más principal al ser humano que a cualquier otro asunto, fuese éste el paisaje u otras formas representadas en él de las cosas del mundo. En su inspirada visión del Palacio de Westminster londinense, el pintor italiano Giuseppe de Nittis (1846-1884) crearía una composición muy afortunada artística y socialmente. En dos planos adyacentes pero alejados privilegiaría la visión de unos hombres frente al extraordinario, pero desdibujado ahora por la niebla, relieve arquitectónico del gran palacio londinense. Y para no desentonar con el más afamado sentido comercial de su obra lo titularía Palacio de Westminster, aunque de ese palacio solo veamos a lo lejos apenas ahora unas afortunadas sombras fantasmagóricas. Sin embargo, las figuras de los hombres apoyados en el puente es ahora aquí tan realista y determinada como impresionista o fugaz es justo la contraria. Pero esos seres que están ahí observando todo menos la visión más impresionante o conocida del paisaje, son ahora los personajes menos favorecidos de esa sociedad, para nada figuras aristocráticas o incluso burguesas de aquella contrastada época del mundo.
Porque estamos en el año 1878, el momento de mayor esplendor de la sociedad industrializada de entonces, cuando los seres humanos padecerían sus efectos y, descoloridos, formaban así el decorado insustancial de una amalgama superflua, mucho más que el sentido principal de cualquier escenario estético relevante. Pero, ahora, cuando el pintor italiano viajase a Londres y compusiera su curioso lienzo impresionista, lo transformaría todo eso con un sutil alarde muy emotivo. Porque ahora le ofrecerá el color, el relieve y hasta el plano más principal de su conjunto a los seres humanos. No así a cualquier otra cosa representada. Hasta el estético sol ocultado ahora entre las nubes altas es insignificante aquí. Hasta la torre poderosa de ese mismo palacio afamado y conocido es irrelevante aquí. El pintor no la caracteriza ahora sino más que como un simple esbozo, como un decorado sin fulgor ni perfilamiento destacado. Todo esto lo dedicaría, sin embargo, a los seres humanos, a esos seres marginados que nunca antes habrían tenido tanto protagonismo, ni estético, ni social ni figurativo, frente a un paisaje tan reseñable. El contraste es tan poderoso como el que las dos tendencias artísticas suponían por entonces. El Realismo había sido ya encumbrado cuando el Impresionismo triunfara pocos años antes de componer de Nittis este cuadro. Para el Realismo, sin embargo, sí habrían sido los seres humanos retratados claramente en el Arte. Pero el Realismo no emocionaría estéticamente tanto como consiguiera hacer luego el Impresionismo. Y esta última tendencia, a cambio, no situaría al hombre muy destacado ahora frente a una naturaleza más poderosa. 
Esa es la especial sensibilidad y genialidad que logra conseguir de Nittis en esta obra. Tenía que vender el cuadro, tenía que ofrecer el pintor la semblanza típica -la niebla londinense- del ambiente más retratado, tenía también que mostrar los rasgos característicos de un Impresionismo rompedor. Pero, además, el pintor incorporaría, sutilmente, ahora un mensaje despiadado. Que el mundo debía estar más para los seres humanos y no éstos tanto para aquél...  Expresarlo por entonces con belleza estética era algo muy complicado. O favorecías la belleza o destacabas la realidad. Si hacías una cosa tendrías más admiradores que compraran el cuadro, si hacías lo contrario te arriesgabas a no gustar ni venderlo. Pero hacer ambas cosas en su obra fue el reto extraordinario de Giuseppe de Nittis. Sólo apenas un cuarto de la superficie del cuadro está ahora representando a los seres de esa humanidad. El resto, la práctica totalidad del lienzo, es un paisaje nebuloso donde el Impresionismo mostraría sus virtudes estéticas más elaboradas. ¡Qué maravilloso cielo seccionado ese entre un desvaído sol y las nubes más poderosas de la oscura atmósfera londinense! ¡Qué extraordinario murmullo visual el de las aguas de un río que difiere ahora muy poco aquí del resto del paisaje, como el Impresionismo preconizara con su novedosa técnica. Fue todo esto un alarde plástico de composición pictórica muy logrado y muy apreciado por entonces. Contrastes evanescentes, sombras débiles, siluetas mortecinas, paisaje desolador o colores ahora desplegados y atenuados por la bruma. Todo ese virtuosismo estético fue muy conseguido para una obra de Arte que manipulaba así el tiempo y el espacio para hacer ahora una cosa tan fascinante: expresar artísticamente el Impresionismo. Sin embargo, la otra pequeña parte creativa de la obra, ese otro escenario limitado del parapeto de un puente donde, ahora, unos hombres se apoyarán sin deseos, sin admiración alguna de ese fascinante paisaje o sin ninguna vinculación estética con éste, es justo lo que el creador mucho más destacaría en su ambigua obra. Nada puede ser más relevante en una iconografía, sea impresionista o no, que la representación emotiva de un ser humano tan solo por el hecho de serlo. No por ser una parte o un elemento más de un decorado impresionista, sino por ser el trasunto fundamental de la representación pictórica más emotiva de un cuadro. 
(Obra impresionista-realista del pintor italiano Giuseppe de Nittis, Palacio de Westminster, 1878, Colección privada.)

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