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Epicuro: Vida, pensamientos y obras

Por Alejandra De Argos @ArgosDe

Nacido en Samos en el 341 a.C., Epicuro fundó en Atenas una escuela filosófica basada en la amistad, el conocimiento sensible y la búsqueda de una vida libre de temores. Su pensamiento, a menudo malinterpretado como simple hedonismo, propone en realidad una ética de la serenidad: vivir sin dolor ni perturbación como camino hacia la felicidad.

Arrancó la vida de Epicuro en 341 a.C. en la isla de Samos. Aunque no por nacimiento, el futuro filósofo era ateniense por linaje, pues sus padres, Neocles y Queréstata, procedían de allí. Sin embargo, la primera vez que puso el pie en la gran ciudad de la Filosofía acababa de cumplir los dieciocho años y no tuvo ocasión de conocer mucho de su vida y costumbres, porque marchó enseguida a Colofón. Tras un periodo prolongado en la ciudad jonia, regresó a Atenas, ahora sí, para quedarse. Corría el año 306 a.C. y nuestro filósofo se deslizaba ya por la pendiente inexorable de la edad, próximo a culminar la cuarta década de su vida. No era, pues, un jovencito. Decidido a instalarse definitivamente en ella y no estando convencido del provecho que proporcionaban las escuelas filosóficas existentes en aquel momento, como la Academia, el Liceo o la Estoa, se animó a fundar una escuela propia. Con este objetivo adquirió una casita rodeada por un pequeño jardín, o huerto (kepos, en griego), y se instaló allí con sus tres hermanos, Neocles, Querederno y Aristóbulo. Este lugar presuntamente idílico sirvió durante años como centro de reunión de una pequeña comunidad filosófica. En ella no había un profesor que ofrecía lecciones a sus alumnos mientras estos iban tomando notas. Era más bien un espacio en el cual el maestro cultivaba la amistad con personas semejantes en carácter y con idénticos intereses

Retrato del filósofo griego Epicuro del artista italiano Agostino Scilla en el siglo XVIIjpg

Retrato del filósofo griego Epicuro del artista italiano Agostino Scilla en el siglo XVII.

Lejos del Jardín, Epicuro nunca adquiriría demasiada popularidad. Se ha dicho muchas veces que el cristianismo trató de destruir hasta casi conseguirlo la doctrina y la honorabilidad de este pensador griego. Hay verdad en ello, aunque la afirmación no sea del todo exacta. Lo cierto es que las críticas a Epicuro arreciaron ya antes de su muerte y continuaron siendo constantes en la Antigüedad. El escéptico Timón de Fliunte lo calificó como «postrero y desvergonzado; el más ineducado de los vivientes». Muchos filósofos antiguos lo consideraron un ignorante, un mentecato o sencillamente un plagiador de las obras de Demócrito y Aristipo. Nuestro filósofo dio motivo para estas críticas, aunque contienen una fuerte dosis de injusticia, como veremos más adelante. A su vez, el de Samos tampoco ahorró insultos a sus colegas: de Aristóteles solía decir que era un vulgar vendedor de droga, y a su maestro Nausífanes lo tildaba de estúpido por dedicarse al estudio de la retórica (Sexto Empírico, Adv. Math. I, 1-4).

Al igual que Platón, Epicuro despreciaba la retórica, pero a diferencia de aquel consideraba que la dialéctica consistía también en jueguecitos teóricos que llevaban únicamente a formular construcciones increíbles, tales como las Ideas. En ocasiones se ha dicho que Epicuro era una especie de predicador, pero este juicio no parece muy acertado. Más bien al contrario: su filosofía no pretende captar adeptos para obtener un fin mayor, como el buen gobierno de la ciudad (Platón) o el conocimiento científico (Aristóteles). Consiste en una plática amistosa que nos transporta suavemente hasta la felicidad. En el Jardín el diálogo entre maestro y discípulo no se entablaba con el objetivo de que este último se apercibiera de una verdad interior que ha de desvelarse a través de un diálogo mayéutico, sino con el de obtener placer espiritual a través de una conversación honesta y ponderada sobre los aspectos importantes de la vida.

En los más de treinta años que Epicuro condujo su escuela, redactó una obra inmensa que, lamentablemente, se ha perdido casi por completo. Resulta desolador comprobar que no conservamos sino pequeños fragmentos de los treinta y siete libros que integraban su principal creación, el tratado Sobre la naturaleza. Escribió muchas más, igualmente perdidas. Bajo la lava solidificada del Vesubio, los arqueólogos han conseguido rescatar algunos fragmentos de sus trabajos sepultados tras la erupción del año 79 d.C. Gracias a la tenaz labor de los papirólogos quizá en el futuro podamos disfrutar de algún texto más atribuido a quien sin duda fue uno de los filósofos más importantes de la Antigüedad. De momento hemos de conformarnos con tres cartas suyas transcritas por Diógenes Laercio en el Libro X de sus Vidas y opiniones de los filósofos ilustres: la Carta a Heródoto, en la que se expone, muy resumida, su física; la Carta a Pítocles, donde enumera hipótesis que tratan de explicar los fenómenos celestes; y la Carta a Meneceo, donde se nos presenta la ética epicúrea. Además, Diógenes transcribió un conjunto de cuarenta sentencias, conocidas como Máximas capitales, de contenido fundamentalmente ético. A finales del siglo XIX, un jovencísimo filólogo alemán, Karl Wotke, descubrió en la Biblioteca del Vaticano un conjunto de ochenta y un aforismos, también de contenido ético, que reflejan doctrinas epicúreas. Todo ello forma un corpus relativamente pequeño, el cual, unido a la tradición indirecta, esto es, a autores que se refieren a las doctrinas de Epicuro, como Cicerón, Plutarco o Sexto Empirico, resulta sin embargo suficiente para conocer los rasgos básicos de la filosofía que se profesaba en el Jardín.

Epicuro

Epicuro. Detalle en “La escuela de Atenas” (1512), de Rafael Sanzio.

¿Qué encontramos en estos textos? Ante todo, la doctrina de un filósofo que combate sin cuartel las creencias erróneas que generación tras generación persisten en la sociedad acerca de los dioses, el destino de las almas y otros aspectos de la vida. Como ha señalado muy acertadamente el filósofo francés Gilles Deleuze, para Epicuro «la inquietud del alma está hecha del miedo a morir cuando aún no estamos muertos, pero también del miedo a no estar todavía muerto cuando ya lo estemos. Todo el problema es el del principio de esta inquietud o de las dos ilusiones». Las preocupaciones por causa de estas creencias conducen al ser humano a la infelicidad, pues su mente tiende a elevarse más allá de la experiencia y a plantear problemas que no puede resolver. Por este motivo, el epicureísmo rechaza lo que se ha venido conociendo en la historia de la filosofía como intelectualismo platónico-aristotélico, esto es, el intento de elaborar definiciones para confinar la realidad mediante conceptos que tratan de explicarla.

Epicuro discrepa radicalmente de esta postura: para acceder al mundo que nos rodea bastan nuestros sentidos, que son el origen de todo el conocimiento humano. A través de aquello que percibimos, el alma fabrica preconcepciones, que son anticipaciones, opiniones correctas originadas por el recuerdo de aquello que se nos ha mostrado muchas veces desde el exterior. Nuestras imágenes mentales no son innatas, sino fruto de experiencias sensitivas previas. Por tanto, no es posible tener la imagen del caballo sin haber visto previamente uno. Para entender bien esta afirmación, es necesario explicar previamente cuáles son para Epicuro los componentes básicos de la realidad que nos rodea.

El todo está compuesto por unas partículas elementales, los átomos, que se alojan en un inmenso espacio vacío. De hecho, átomos y vacío son infinitos. De manera que las cosas que percibimos por los sentidos estarían integradas por combinaciones distintas de estos dos elementos. Epicuro lo explica de manera muy gráfica en la Carta a Heródoto:

«El todo consiste en átomos y vacío. Pues la existencia de cuerpos la atestigua la sensación en cualquier caso, y de acuerdo con ella le es necesario al entendimiento conjeturar lo imperceptible, como ya antes he dicho. Si no existiera lo que llamamos vacío, espacio y naturaleza impalpable, los cuerpos no tendrían dónde estar ni dónde moverse, cuando aparecen en movimiento. Más allá de esto nada puede pensarse, ni por medio de la percepción ni por analogía con lo percibido, en el sentido de que posea una naturaleza completa, que no sea predicado de esto como propiedades o accidentes de las cosas Por lo tanto, de los cuerpos los unos son compuestos y los otros aquellos [elementos] de los que se forman los compuestos. Éstos son indivisibles e inmutables, so pena de que todo fuera a destruirse en el no ser, y permanecen firmes en las disgregaciones de los compuestos, al ser ellos compactos por naturaleza, de forma que no tienen manera ni lugar de disolverse. De ahí que es forzoso que los principios indivisibles [los átomos] sean los elementos originales de los cuerpos. Además, el todo es infinito. Pues todo lo limitado tiene un límite. Y este límite se percibe al lado de lo otro. De modo que (ya que al margen del todo no se percibe nada), no teniendo límite, no tiene final, y no teniendo final, ha de ser infinito y no limitado. Y es infinito, desde luego, por la multitud de los cuerpos y por la magnitud del espacio. Pues si el espacio fuera infinito y los cuerpos limitados, en ningún sitio permanecerían los cuerpos, sino que serían arrastrados por el vacío infinito dispersos, sin encontrar algo que los sostuviera y los relanzara mediante los impulsos de choque. Y si el vacío fuera limitado, no tendrían dónde estar los cuerpos infinitos» (Carta a Heródoto, 39 – 42. Trad. Carlos García Gual).

Epicuro tomó los rasgos fundamentales de su ontología del atomismo de Demócrito, que volcó casi por completo en su filosofía. Así, el todo está compuesto por infinitos elementos, simples y minúsculos, que se mueven a través de un espacio vacío igualmente infinito en el que eventualmente chocan por azar unos con otros formando las cosas que nos rodean. Estas se generan y se corrompen, pero la cantidad de átomos y vacío es siempre la misma. De manera que si adoptáramos la posición de un dios y observásemos el todo sub specie aeternitatis, esto es, desde el punto de vista de la eternidad, descubriríamos una sucesión infinita de mundos derivada de las incalculables combinaciones de átomos y vacío que en él se produjeron y se producirán. Una idea muy atractiva que ha tenido algunos seguidores en la historia de la filosofía.

Sentadas estas bases, Epicuro formula los dos axiomas de su filosofía: el primero afirma que «el todo ha sido, es y será siempre tal y como es ahora», que ha de entenderse como la constatación de que la pluralidad de los mundos posibles se forma siempre con los mismos elementos: átomos y vacío, que no cesan de engendrar combinaciones singulares. El segundo se deriva del anterior y concluye: «al margen del todo no hay nada», que es otra manera de formular el principio parmenídeo según el cual «lo que es, es y no puede no ser», único camino posible en la búsqueda de la verdad.

Ahora sí estamos en condiciones de entender qué quiere decir Epicuro cuando asegura que nuestras imágenes mentales (eidola) solo pueden existir si hemos tenido experiencias sensitivas previas de las cosas. Todo conocimiento es posible gracias a que de la superficie de los objetos emanan átomos sutiles que viajan por el aire y penetran en nosotros por las ventanas abiertas de nuestros sentidos. Una vez dentro, las imágenes formadas por los átomos se alojan en el alma, la cual construye las prenociones a las que antes nos hemos referido. Estas imágenes son siempre verdaderas, pues provienen del exterior y son el trasunto de las cosas. En consecuencia, los sentidos nunca mienten, aunque los juicios y opiniones que nos formamos a partir de lo percibido sí pueden estar equivocados. Por esta razón, Epicuro previene contra las precipitaciones a la hora de moldear nuestros juicios: mientras no tengamos una buena percepción sensorial (porque estemos lejos del objeto, por ejemplo) debemos permanecer «en expectativa» y evitar conclusiones arriesgadas.

Busto de Epicuro del Museo Metropolitano de Arte

Busto de Epicuro del Museo Metropolitano de Arte.

Sensaciones y preconcepciones son criterios de verdad, pero no los únicos ni los más importantes. La posición de mayor dignidad la ocupan las afecciones, que constituyen el criterio último y definitivo de una vida verdadera y feliz. Las afecciones son dos: el placer y el dolor. El primero es connatural, mientras que el segundo es extraño a los individuos. Por este motivo se revelan como el criterio más auténtico para nuestras elecciones y rechazos.

Sensaciones y afecciones serían imposibles si en los seres vivos no existiera un cuerpo habilitante, que Epicuro llama alma. La filosofía epicúrea es abiertamente materialista: el alma es un cuerpo formado por átomos de gran sutileza que a su vez forma parte de un complejo orgánico igualmente material (lo que nosotros llamaríamos cuerpo). Epicuro no concede al alma humana un estatuto privilegiado respecto a la de otros seres vivos. En consecuencia, como todos ellos, el ser humano afronta la muerte como la «salida» de ese cuerpo constituido por átomos sutiles de su específico complejo orgánico. De nuevo hallamos aquí la idea que antes mencionábamos: átomos que se dispersan y conforman nuevos cuerpos en un itinerario constante hacia una pluralidad inagotable de mundos futuros.

En todo este entramado dominado por partículas infinitesimales, ¿dónde quedan los dioses? Epicuro desplazó la figura de la divinidad a un mundo de placer y felicidad, tan lejano de los humanos que le inhabilita cualquier contacto con ellos. Su existencia no puede negarse, pues nuestra alma alberga una imagen de ella, ciertamente difusa como resultado de la distancia que media entre ella y nosotros. El efecto más relevante de esta separación es la indiferencia divina respecto de los asuntos humanos, que nos vacuna contra cualquier creencia sobre premios y castigos por las acciones que ocurren en la tierra.

El azar guía nuestras decisiones y debemos asumir sus consecuencias sin esperar intervenciones de entes mágicos o sobrenaturales. Azarosa es también nuestra existencia y, de la misma manera que hemos nacido gracias al choque fortuito de unos átomos con otros, un día cualquiera estos se dispersarán y moriremos. No hay que temer este desmantelamiento sobrevenido de nuestros complejos atómicos, pues la muerte es solo esto. Por tanto, cuando nosotros estamos ella aún no ha llegado, y cuando finalmente llegue, nosotros habremos dejado de existir. Epicuro erige así una imagen de indudable belleza que, sin embargo, brinda un pobre consuelo y una esperanza exhausta. Esto se debe a que nuestro filósofo desplaza la inquietud por la muerte en favor de su interés por la vida: el problema fundamental de todo individuo es el de vivir bien. Para ello, resulta imprescindible, en primer lugar, eliminar todos nuestros temores; solo después es posible alcanzar un determinado tipo de placer, la afección más perfecta que nos sea dado sentir: una vida ausente de dolores.

Muchos críticos del epicureísmo han tratado de tergiversar esta doctrina calificando a Epicuro de vulgar hedonista, preocupado únicamente por su bienestar personal. Como todas las tergiversaciones, también esta posee trazas de verosimilitud, aunque escasas y sesgadas. No se puede negar que cuando Epicuro habla de placer está pensando en el individuo concreto que valora la propia satisfacción sobre todo lo demás, como cuando afirma que la amistad verdadera es aquella que produce placer; o cuando proclama que se ha de vivir ocultamente y evitar inmiscuirse en los asuntos colectivos, porque estos constituyen la más segura fuente de dolor. El epicureísmo presenta una ética profundamente individualista, pero su hedonismo no nos guía hacia el desenfreno ni hacia el solipsismo.

Epicuro se distanció de estas ideas, representadas en la Antigüedad por la escuela cirenaica. Uno de sus valedores, cierto discípulo de Sócrates llamado Aristipo, había definido el placer como un movimiento agradable (placer cinético) y el dolor como un movimiento violento que nos abruma. Para él no existía un estado intermedio de quietud salvo en el sueño, pero poco placer -decía- puede reportarnos una circunstancia en la que estamos privados casi totalmente de sensibilidad. De manera que, para Aristipo y los demás cirenaicos, el placer se condensaba en una relación sexual placentera, en una buena comida o en un paseo agradable tras un agitado día de trabajo.

En cambio, Epicuro pensaba que los placeres cinéticos, aun siendo agradables, resultan insuficientes, pues están sometidos al paso del tiempo, que acaba devorándolos. Frente a ellos, abogaba por un tipo de placer que no requería movimiento y que, en consecuencia, no debía renovarse; un placer que consistía sencillamente en permanecer libre de perturbaciones, ajeno a todo dolor. Es el placer catastemático, el cual, una vez alcanzado permanece por siempre. Además, no es un placer sujeto a las preferencias de cada uno, sino algo natural en el ser vivo, quien de manera indubitable huye del dolor.

El placer catastemático se cultiva satisfaciendo los deseos naturales y necesarios del ser humano, tales como comer cuando se tiene hambre, beber cuando se tiene sed o dormir cuando se está cansado. Es un placer al alcance de todos aquellos que actúan con prudencia en cada momento de la vida. En definitiva: es un placer que no puede ser devorado por el tiempo, porque una vez alcanzado ni se incrementa ni disminuye, y al no existir nada más perfecto, logra que el temor a la muerte se desvanezca, pues nada mejor puede esperarse ya de la vida.

Epicuro y la filósofa Leontion por Ludwig Gottlieb Portman 1803

Epicuro y la filósofa Leontion por Ludwig Gottlieb Portman (1803)

El sabio lo es por haber alcanzado el placer catastemático. Los dolores físicos propios de la vida no pueden perturbarle, porque sabe que, si son intensos, serán breves y, si son prolongados, soportables. Conservamos un fragmento de la carta que Epicuro envió a su amigo Idomeneo, uno de los asiduos a las reuniones del Jardín, horas antes de morir. En ella dice: «al tiempo que pasa este feliz y a la vez último día de mi vida […] me siguen acompañando los dolores de vejiga y del vientre, que no disminuyen el rigor extremo de sus embates. Pero contra todos ellos se despliega el gozo del alma, fundado en el recuerdo de las conversaciones que hemos tenido» (Diogénes Laercio, Vidas…X, 22). Por estas palabras conmovedoras y por el fascinante poder de sus enseñanzas, el poeta romano Lucrecio le dedicó los siguientes versos:

Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada bajo el peso de la religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego osó el primero elevar hacia ella sus perecederos ojos y rebelarse contra ella. No le detuvieron las fábulas de los dioses, ni los rayos, ni el cielo con su amenazante bramido, sino que aun más excitaron el ardor su ánimo y su deseo de ser el primero en forzar los apretados cerrojos que guarecen las puertas de la Naturaleza. Su vigoroso espíritu triunfó y avanzó lejos, más allá del llameante recinto del mundo, y recorrió el Todo infinito con su mente y su ánimo. De allí nos trae, botín de su victoria, el conocimiento de lo que puede nacer y de lo que no puede, las leyes, en fin, que a cada cosa delimitan su poder, y sus mojones profundamente hincados. Con lo que la religión, a su vez sometida, yace a nuestros pies; a nosotros la victoria nos exalta hasta el cielo (Lucrecio, Sobre la naturaleza de las cosas, I, 63-79. Trad. de E. Valentí Fiol).

Bibliografía:
Deleuze, Gilles, Lógica del sentido. Paidós, 2005.
Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Alianza Editorial, 2007. Traducción, introducción y notas de Carlos García Gual.
Epicuro, Obras completas, Cátedra, 1995. Traducción y edición de José Vara.
García Gual, Carlos, Epicuro, Alianza Editorial, 1981.
Lledó, Emilio, El epicureísmo, Taurus, 1984.
Mas, Salvador, Epicuro, epicúreos y el epicureísmo en Roma, Ediciones UNED, 2018.

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