Revista Historia

Franco, Vandellós y la bomba atómica española

Por Ireneu @ireneuc

Desde el estallido de Chernobil y el más cercano en el tiempo de Fukushima, la energía nuclear ha aunado en torno de sí más enemigos que amigos. La gran espada de Damocles que durante buena parte de la Guerra Fría se cernió sobre la humanidad en forma de guerra nuclear, no ayudó a enseñar las posibles ventajas civiles que tenía para generar electricidad en gran cantidad y de forma relativamente barata. No porque no se vieran, sino porque en la mayoría de veces la energía nuclear civil simplemente era la excusa para el desarrollo de armamento atómico. Un claro ejemplo lo tenemos en los recientes conflictos con Irán o Corea del Norte. Sin embargo, posiblemente lo que no sepa es que España, ese país en que hasta hace cuatro días se tiraban cabras desde un campanario y donde lancear toros se considera arte, estuvo mucho más cerca de tener la bomba atómica de lo que se puede imaginar. Y no solo eso, sino que sus ecos podrían llegar hasta hoy día.

En 1963, casi 25 años después de la Guerra Civil, España empezaba a levantar la cabeza económicamente hablando de aquella contienda fratricida ( ver La corrupta historia de los coches llamados "Gracias Manolo"). No obstante, en el ámbito internacional, las cosas pintaban bastos, dada la escalada militar cada vez más bestia entre Estados Unidos y la Unión Soviética por ver quién la tenía más larga. Esta situación, que había llegado al paroxismo en 1962 con la crisis de los misiles de Cuba, fue aprovechada por el régimen franquista -que sobrevivió a la caída del nazismo por su adscripción anticomunista ante los Aliados- para intentar desarrollar un arma nuclear propia. El hecho de que Estados Unidos permitiese la instalación en 1955 de la central de Zorita, primera en España de uso civil, abría la puerta a ello. Así las cosas, a partir de 1963, un grupo de científicos militares españoles empezaron de forma discreta a trabajar en el desarrollo de una bomba atómica "castiza".

Si bien el esquema de funcionamiento de una central nuclear es más sencillo que el mecanismo de un chupete, es decir, una máquina de vapor que en vez de quemar carbón quema uranio, el proceso para tener una bomba atómica no lo es tanto. Para ello, se necesita plutonio, que se obtiene como subproducto del combustible gastado de según qué reactores nucleares. El problema era que las dos centrales que en 1963 había en funcionamiento (Zorita y Garoña, las dos de tecnología americana) no lo producían, así que entraron en contacto con Francia, la cual había sido capaz de obtener un potente arsenal nuclear a partir de centrales nucleares de uso civil.

De Gaulle, por aquel entonces presidente francés, pretendía liderar un bloque que compitiera con la Unión Soviética y Estados Unidos, a la vez que se aseguraba las espaldas allí donde no llegaba la OTAN, es decir en el sur de Europa y el norte de África. Para ello, no veía mal que Franco dispusiera de cierto armamento nuclear que le ayudase a asegurar su frontera sur de las veleidades pro-soviéticas de buena parte de los países del Magreb. Así las cosas, de espaldas a EE.UU., Francia cedió la tecnología a España para construir una central nuclear de uso mixto civil y militar. Central que estaría ubicada en suelo catalán, es decir, en la tarraconense villa de Vandellós.

La construcción de Vandellós 1 en 1967, con sus 480 Mw de potencia, tendría la capacidad de crear suficiente plutonio como para, al ritmo de 5 unidades anuales, crear hasta 32 bombas nucleares -algunas de las cuales servirían como iniciadores de bombas termonucleares ( ver La Bomba del Zar, la bomba nuclear que asesinó a la Tierra)- antes de que los Estados Unidos y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) se dieran cuenta. Los investigadores españoles, que habían podido extraer los trucos de funcionamiento de las bombas atómicas gracias a los restos de las bombas caídas en 1966 en Palomares, no tenían trabas para conseguirlas, pero un error garrafal del ministro de Industria y que los americanos tenían la mosca tras la oreja, iban a echar el proyecto al traste.

El proyecto de armamento nuclear español, conocido como " Proyecto Islero" (por el toro que mató a Manolete, el detalle cañí que no faltase) era caro -unos 60.000 millones de pesetas de la época- por lo que necesitaba financiación. Fue entonces que el ministro de Industria, Gregorio López-Bravo, cometió la torpeza de permitir la entrada de las eléctricas de capital privado FECSA y HECSA en la construcción de Vandellós (hasta entonces participada exclusivamente por las empresa estatal española ENHER y la estatal francesa EDF) comprometiendo el secretismo hispano-galo del proyecto nuclear español.

Vandellós, a pesar de todo, entró en servicio en 1972 y, con ella, la única central de España con la posibilidad de producción de plutonio militar con la excusa de la producción de electricidad de uso civil. No obstante, las pesquisas de la CIA, que descubrieron los planes de construcción de varias centrales nucleares ( ver Central Nuclear de Lemóniz, la historia de una sinrazón) y plantas de enriquecimiento de uranio, junto con el ascenso a presidente del Gobierno a Luís Carrero Blanco -anti-yanqui confeso y pro-nuclear acérrimo-, pusieron en alerta las autoridades norteamericanas. Alertas que se dispararon del todo cuando España se negó a firmar el Tratado de No Proliferación de armas nucleares (TNP) y cuando el secretario de Estado Henry Kissinger, tras una durísima reunión con Carrero Blanco el 19 de diciembre de 1973, se da cuenta de que la amenaza no era baladí. Casualidad o no, al día siguiente, el coche de Carrero Blanco volaba 40 metros víctima de un atentado terrorista reivindicado por ETA.

Pese al mazazo, primero el presidente Arias Navarro y, tras la muerte de Franco, Adolfo Suárez después, intentaron poner de nuevo en marcha el Proyecto Islero como forma de presión ante el gobierno norteamericano (que tenía pendiente la renovación de las bases militares en suelo español). Sin embargo, las presiones de éstos para que firmara el TNP se hicieron insostenibles y el riesgo de enemistar el gobierno español con el estadounidense en un momento crítico de la Transición ( ver El Caso Scala o las oscuras cloacas de la Transición) hicieron que, en 1981, España dejase que la OIEA revisase sus instalaciones nucleares y, en 1986, firmase finalmente el Tratado de No Proliferación. El Proyecto Islero, de esta forma, quedaba definitivamente descartado y encerrado con llave en el baúl de los olvidos.

Sea como fuere, Vandellós 1, a la que acompaña Vandellós 2 desde 1981, siguió funcionando como central nuclear de uso civil para creación de electricidad hasta 1989, en que un grave incendio en la sala de turbinas obligó a suspender sus actividades. Incidente que, debido a las importantísimas inversiones que debían acometerse para actualizarla, obligaron a iniciar su proceso de desmantelamiento, encontrándose actualmente en la segunda fase de las 3 que debe seguir para su eliminación. No obstante, dada la situación de inestabilidad actual del conflicto independentista en Catalunya, y si jugamos a hacer política-ficción... ¿qué pasaría si, en una hipotética Catalunya independiente, se revirtiera el desmantelamiento de Vandellós 1? Efectivamente, en ese supuesto, Catalunya dispondría de una instalación pensada para obtener plutonio militar con la cual construir bombas nucleares. O lo que es lo mismo que se daría la paradoja de que un proyecto de Franco para conseguir la bomba atómica española habría servido para asegurar la independencia de Catalunya. ¡Toma ya giro de guion!

Es posible que usted crea que esto es absolutamente imposible (y sin duda que así es) pero, pondría la mano en el fuego y no me quemaría, si aseguro que mentes pensantes de uno y otro lado han dado vueltas a esta cuestión. Al fin y al cabo, parafraseando el conocido lema francés del Mayo del 68... "sed realistas, pensad en lo imposible ".

...y el accidente de Fukushima también era imposible.


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