Un sol radiante y limpio devolvió la confianza a las falanges. Tras recoger su impedimenta y formar, prosiguieron la marcha. Muy pronto el camino ascendía con tal violencia que los oficiales repartieron gran parte de la carga transportada en carros entre la tropa, un peso que se sumaba al de sus propias pertenencias y armas. Las filas se fueron estrechando y alargando, adaptándose al terreno que pisaban. A media mañana, el frío se disipó, a pesar de que alrededor de los hombres grises las acumulaciones de nieve eran más frecuentes. La marcha se ralentizaba, y la columna dejaba atrás un reguero de charcos sucios, barro y hielo. Los abetos, sobre las laderas empinadas de los valles que cruzaban, sacudían la nieve de sus ramas, y durante buena parte de la marcha, los hombres de las llanuras se sintieron dichosos.
Alcanzaron un paso estrecho, un barranco de paredes negras. Los hombres lo cruzaban atentos a las alturas. Sobre la roca negra divisaron un centello dorado de mujer, que desapareció. Ciros también la vio. Cuando hubieron salido del desfiladero, el gran capitán se encaramó sobre la altura, acompañado del gobernador y de un puñado de soldados. Allí, en un pequeño llano, descubrieron una cabaña de paredes de piedra, rodeada de un jardín que el viento y la nieve no habían logrado abatir. Sobre un banco junto a la puerta, una mujer joven observaba unos narcisos en flor que relampagueaban, brillantes, bajo los rayos del sol. —¿Cómo es posible? —murmuró el gobernador. —Narcisos, rosales, claveles en flor. Es un milagro —afirmó el hermano del Conde, mientras se acercaban a la casa. La mujer seguía mirando sus flores, absorta. Parecía no haberse percatado de la proximidad de los hombres de acero, mustiando palabras a su vergel. —¿Habláis a las flores, señora? —inquirió Ciros, con una mueca divertida. La joven levantó la cabeza y miró a los recién llegados como si éstos fueran sus vecinos y no unos extranjeros. —Ellas saben que el invierno está aquí, pero aún no han decidido qué hacer. Cerrarse o seguir con los pétalos abiertos. —¿Acaso las flores pueden decidir algo cuando la tempestad acecha? —Eso es algo que también yo me pregunto —contestó—. ¿Habéis venido como invitados o como invasores? —¡Mujer deslenguada!¿Quién creéis que sois? —farfulló uno de los soldados, acercándose a la dama con la mano alzada. — ¡No! Hoy y aquí somos huéspedes —dijo Ciros.
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Genero Fantastico, Taonos
