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Hacia el fin del Che: esbozos desde La Higuera (I)

Por Avellanal

¿Para qué sirve escribir? Me lo pregunta Julia, una niña que no me llega siquiera a la cadera, pero que sobrepasa con amplitud mi capacidad de reacción cuando, acompañada a todo momento por una inequívoca sonrisa, me lanza la pregunta, que sólo contesto a medias, esforzándome en dar con una respuesta decente, fácil de entender para sus cinco o seis años y, sobre todo, que la deje conforme. No estoy seguro de haber satisfecho ninguna de las tres consignas. Intuyo que la libreta de notas que celosamente llevo conmigo, la indujo a consultarme sobre las bondades de la escritura. Pese a que ascendemos, el calor que inunda el ambiente, sumado a las nubes de polvo revoloteando entre las humanidades que por el sendero caminan, y que por instantes hasta dificultan la visión del horizonte, se me antojan comparable al descenso a los infiernos dantescos. Sin embargo, resulta evidente que este peregrinaje únicamente provoca molestias en mí, pues algunos lugareños van descalzos, y en ningún momento escucho quejas de algún tipo; es menester constatar que los más de dos mil metros sobre el nivel del mar, las horas de caminata al rayo del sol, los mosquitos que no brindan ni un suspiro con su exasperante zumbido, y las ronchas en la piel producto de inevitables roces con espinillos, son escollos de verdadero peso para quien no está acostumbrado a tales trajines. Con todo, no resultan sino meros inconvenientes que se ahogan en el olvido de forma automática cuando Julia me satura con variopintas interrogaciones o, su padre, a regañadientes, larga algunas anécdotas sobre Fernando.

¿Qué representa haber recorrido el sur de Bolivia, haber contemplado ciudades y poblados de un país con diez millones de habitantes que tienen un poder adquisitivo per cápita menor al que ostentan los ciudadanos de Angola o Camboya? Las respuestas y sus derivaciones podrían ser múltiples, pero la única certidumbre que de momento se me revela, axiomática, es que viajar puede llegar a ser una escuela de humildad y sabiduría; como afirma uno de los mayores escritores vivos del mundo, el italiano Claudio Magris: (viajar) nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgar a otra.

Hacia el fin del Che: esbozos desde La Higuera (I)

Aun sabiéndose casi acorralado por una compañía de rangers locales, entrenados por el ejército estadounidense, bien entrada la madrugada, Fernando decidió cesar la marcha de la columna guerrillera. En medio de una triste noche que preanunciaba lo inevitable, entre la frondosidad casi impenetrable de los montes de espinillos, cada paso adelante se hacía más complicado. Le preocupa además la situación del Chino, un compañero de origen peruano, que durante el fragor diurno había perdido sus indispensables anteojos. Fernando, nombre de guerra que había adoptado el Che, escribió mientras sus camaradas descansaban: A las 2 paramos a descansar pues ya era inútil seguir avanzando. El Chino se convierte en una verdadera carga cuando hay que caminar de noche. El ejército dio una rara información sobre la presencia de 250 hombres en Serrano para impedir el paso de los cercados en número de 37, dando la zona de nuestro refugio entre el río Acero y el Oro. La noticia parece diversionista.

El padre de Julia, junto a los demás aldeanos, comenta con un registro vocal apenas por encima del mutismo, que a lo largo de varias décadas prácticamente nadie visitó La Higuera, pero que de un tiempo a estar parte comenzaron a proliferar oleadas de turistas –sobre todo “gringos”– que tan sólo quieren fotografiarse al lado de la escuela pública. “Luego desaparecen”, musita. En ese instante me percato que no llevo cámara de fotos, aunque se debe a un olvido no deliberado. Me da la sensación que ellos perciben que no pretendo únicamente un elemental recuerdo basado en una imagen que ha devenido simbólica, con el exclusivo objetivo de exhibirla, orgulloso, ante familiares y amigos que ven en la figura del Che nada más que un objeto de consumo. Tal vez la circunstancia de que sea sudamericano, y más precisamente argentino, al igual que el Che, los estimula a guardar menor distancia conmigo. Una solo cantimplora con agua fresca pasa de mano en mano, de boca en boca, hasta que llega mi turno.

Hacia el fin del Che: esbozos desde La Higuera (I)

La Higuera es un poblado minúsculo, perdido en medio de las altivas sierras que le rodean, y le otorgan, asimismo, una dimensión majestuosa y trascendente, que definitivamente no poseería si no se erigieran allí mismo, tan cerca del cielo. Por un momento pienso en Macondo, pero desecho con rapidez esa analogía, pues la localidad imaginada por García Márquez tenía diferentes relieves y ocultaba tras de sí otros secretos, incomparables con los que, con toda probabilidad, celan los higuereños. La población permanente apenas roza el centenar, y la mayoría de las personas que consulté, aun pernotando en tugurios a medio acabar, se muestran orgullosas: consideran un privilegio desarrollar sus vidas en la latitud exacta donde se forjó un héroe que trascendió fronteras; Jon Lee Anderson, uno de los más prestigiosos biógrafos de Ernesto Guevara, asegura que éste no se convirtió en mito sino hasta el momento de su expiración, tejiendo con ella la mitología del mártir, del hombre que se enfrentó con la muerte y entregó su vida por una causa más grande que él.

Días antes, Eustaquio había llorado copiosamente, cual niño desconsolado, por la falta de un buche de agua. Benigno acarreaba una herida supurada, y era el Che quien lo curaba con paciencia clínica. Se internaban en bosquecillos ralos, descansaban bajo la sombra devuelta por las higueras, exploraban quebradas siguiendo pequeños cañones en procura de un arroyuelo que nunca aparecía. Mitigar la sed suponía ya una quimera. Ernesto, por su parte, también caminaba con una herida a cuesta, y con el indómito fantasma del asma siempre en estado expectante. Atrás habían quedado, escondidos en campamentos clandestinos en medio de los montes, algunos de los libros que llevó consigo a las tierras “descubiertas” por el conquistador Diego de Almagro; entre esos títulos, según el inventario, se incluían las Memorias de la guerra de Charles De Gaulle, El desarrollo del capitalismo en Rusia de Vladimir Lenin, la Lógica de Aristóteles, El príncipe de Maquiavelo, el Romancero gitano de Federico García Lorca, Humillados y ofendidos de Fiódor Dostoievski y Todos los fuegos, el fuego de Julio Cortázar. Urbano, uno de los guerrilleros que logró escapar del asedio militar boliviano, afirmó que de no haberse detenido aquella fatídica noche, el grupo entero habría sorteado el cerco que los soldados les tendieron. Pero el Che estaba convencido de que las novedades que llegaban por radio eran sólo noticias diversionistas, y optó por interrumpir el nocturno transitar de la columna.


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