Pero nunca faltan aquellos que, ya desde muy niños, aprenden a hacerse trampas al solitario. Son aquellas personas que, pase lo que pase, parece que siempre caen de pie, igual que los gatos. Independientemente de que sean más o menos inteligentes y de que tengan mejor o peor suerte en la vida, ellos siempre le darán la vuelta a todas las situaciones que les comprometen para que parezcan justo lo contrario.Estas personas son aquellas que, cuando suspenden un examen, siempre es porque las preguntas estaban mal formuladas o porque el profesor les tiene manía. Es igual que sepan que no habían estudiado lo suficiente, porque nunca lo reconocerán. Ellos no fracasan. Son los otros quienes les obligan a fracasar. Lo mismo les pasa cuando tienen problemas en el trabajo por su actitud con los compañeros o con sus superiores, o por su falta de aptitud para llevar a cabo las tareas que se le encomiendan. Siempre será culpa de los demás. Y, en su ambiente doméstico y familiar, siempre será su pareja la que se llevará los problemas del trabajo a casa y la que acabará pagando sus propias frustraciones con él o con ella, o serán los hijos los que sólo se le acercarán para ver si pueden sacarle algo, o los suegros los que se aprovechen de su buena fe. Nunca admitirán su parte de responsabilidad en sus problemas o diferencias con los demás porque nunca cuestionarán su modo de conducirse por la vida.Mentirse a uno mismo es decidir transitar por un camino que sólo puede conducirnos al cinismo y a una pseudorealidad que corre paralela a la realidad de los demás, pero que nada tiene que ver con ella.A veces, en lugar de permanecer pegados a la imagen idílica de nosotros mismos que creemos ver en el espejo o en los maravillosos muros de nuestras redes sociales, sería preferible que nos tropezásemos violentamente con la realidad y nos diésemos un baño de humildad para tratar de despejarnos.La vida tiene momentos muy duros de sobrellevar y acostumbra a situarnos en encrucijadas que tienen difícil salida y que siempre nos obligan a tomar decisiones complicadas que, a su vez, implican renuncias importantes. No podemos tenerlo todo ni tampoco serlo todo. Pero, dentro de lo que podemos tener y de lo que podemos ser, deberíamos aprender a aceptar que todos podemos equivocarnos y que a veces perdemos nuestras apuestas. Somos meros aprendices en este oficio que es estar vivo e intentar seguir estándolo. No tratemos de creernos superhéroes invencibles ni nos sintamos más dignos por pasear nuestra prepotencia con una altivez impropia de seres mortales. Bajemos a la tierra, ensuciémonos las manos con ella y dejemos de comportarnos como niños en medio de una rabieta. La madurez que dan los años debería servirnos para responsabilizarnos de las personas que somos en realidad, con nuestras luces, pero también con todas nuestras sombras. El azar puede influir en nuestras vidas al sorprendernos con aquello que no esperamos, pero somos nosotros los únicos que podemos decidir qué hacemos con la sorpresa que ese azar nos ha traído. Y, en esa decisión, de nada nos servirá que optemos por disfrazar nuestras emociones ni tampoco que escondamos la cabeza debajo del ala. La realidad es la que es y hacernos trampas al solitario, sólo servirá para que nos la escondamos a nosotros mismos, nunca a los demás.Estrella PisaPsicóloga col. 13749
