Revista Espiritualidad

Happycracia o la Felicidad Impuesta

Por Av3ntura

La felicidad es una de esas grandes palabras que utilizamos para llenarnos la boca cuando nos empeñamos en jugar a ser más dignos que los demás. Discursos tan recurridos como el de "prefiero tener menos, pero vivir más feliz" han formado parte de nuestro ideario particular en alguno o muchos momentos de nuestras vidas. Pero, como todas las grandes palabras, la felicidad no deja de ser un constructo muy ambiguo, que da pie a incontables interpretaciones, tantas como las personas que habitamos este mundo.

Lo que a un ser humano le hace sentir muy feliz, a otro ser humano puede resultarle una terrible pesadilla, porque cada uno experimenta la vida e interpreta las emociones que cada momento le despierta según los aprendizajes que le han reportado sus experiencias anteriores. Del mismo modo que no hay una Paz estándar que le valga a todo el mundo, ni una única forma de experimentar y concebir el Amor, ni una senda exclusiva para que discurra por ella la Libertad, tampoco debería haber un decálogo oficial que nos enseñe a ser felices. Porque la felicidad, para cada uno de nosotros, puede adoptar una forma bien distinta.

Pero las grandes palabras, como todos los productos que genera la mente humana, están sujetas a lo que marcan las tendencias y las modas de cada momento histórico. Si, décadas atrás, hacer alegoría de la felicidad se habría considerado una cursilería o el despropósito de alguien no demasiado centrado, en el mundo de hoy parece que lo que no está bien visto es exhibir el sentido crítico.

Las redes sociales arden en contenidos donde sus protagonistas tratan de mostrar a todas horas su supuesta mejor versión. Todo el mundo sonríe y comparte sus mejores momentos en un escaparate donde todo rezuma tanto azúcar que, si nos pasáramos más tiempo de lo debido ensimismados en sus lindezas, correríamos el riesgo de sufrir una hiperglucemia.

Happycracia o la Felicidad Impuesta

Imagen encontrada en Pixabay

¿Qué es vivir: capturar todo lo que nos pasa en todo momento y pasarlo por el filtro que nos recomienda la happycracia o experimentar la vida con los cinco sentidos despiertos sin cámaras ni filtros de por medio?

En la vida no podemos estar todo el tiempo sonriendo, porque a lo largo de cada día somos bombardeados por montones de inputs que nos arrancan emociones bien distintas. Estar tristes, quejarnos de algo que nos ha pasado y con lo que no contábamos, dar nuestra sincera opinión sobre un problema, mostrar abiertamente nuestra desconfianza ante la implantación de determinado cambio en nuestros métodos de trabajo, enfadarnos con alguien que nos ha hecho daño o nos ha decepcionado de alguna manera, declarar nuestro cansancio y nuestro hartazgo ante una situación que nos desborda o, simplemente, no tener ganas de sonreír, no son motivos para tildar de pesimista a nadie. Pero, en el mundo de hoy, parece como si las personas que no filtran sus opiniones ni sus acciones según marca el decálogo de la happycracia, no fuesen bienvenidas.

Desde finales de los años ochenta, la cultura de la felicidad ha ido ganando terreno en nuestro país y en muchos otros. El fenómeno del New Age le abrió la puerta a una proliferación nunca antes vista de libros de autoayuda, a cuyo carro se subieron desde psicólogos y psiquiatras que se mostraban muy críticos con la ciencia convencional, hasta gurús de todo tipo, famosos del mundo del cine y de la televisión y oportunistas que, buscando su minuto de gloria, eran capaces de asegurar que todos llevábamos un superhéroe en nuestro interior capaz de hacer desaparecer cualquier enfermedad que padeciéramos, por incurable que fuese. Eso sí, ninguno de ellos nos explicó nunca cómo teníamos que hacer para llegar a darle la mano a ese supuesto superhéroe en los momentos en que nos sintiéramos caer al abismo.

Después de aquellos años bajo el influjo de aquella pseudociencia, empezó a surgir la figura del coach, no sólo en terapia, sino también en los ámbitos empresarial y educativo. De repente, parecía que no podías ser nadie sin que te guiase un coach, como si todo el mundo se lo pudiese permitir. Incluso muchos programas de ciertos canales de televisión han llegado a incorporar en sus plantillas a estos profesionales, que se dedican a examinar en público sin un ápice de pudor el comportamiento de sus compañeros y de cualquiera que participe en algunos de sus espacios. La terapia ha dejado de ser un espacio privado entre el profesional y su cliente, para degenerar en un circo mediático en el que parece que todo vale, excusándose en que todo lo que se hace es por la promoción de la felicidad de las personas que se prestan a ser analizadas y corregidas en público.

Muchas grandes empresas se han sumado a esta nueva moda de la happycracia y han empezado a cambiar sus organigramas, de forma que ya no se habla de jefes, sino de GEFES (gestores de felicidad). Ya no hay una jerarquía en la que quede muy claro quién es el jefe y quienes los empleados, sino una serie de divisiones en las que cada responsable asume el papel de líder, con el cometido de sacar de cada uno de sus subordinados su mejor versión. Para ello se valdrá de herramientas de coaching, mindfulness, inteligencia emocional, motivación personal o resiliencia.

A nivel gubernamental, desde la gran crisis de 2008, cada vez más países han abogado por adoptar la felicidad como objetivo y criterio político para ejercer la toma de decisiones y la evaluación de políticas sociales y económicas, llegando incluso a establecerse un índice de felicidad interior bruto (FIB). A nivel mundial se calcula que la inversión en esta cultura de la felicidad es de 48 billones de dólares anuales. Aunque la cifra nos parezca desorbitada, no lo es tanto si la comparamos con el trillón de dólares anuales que supone el coste de los problemas de salud mental en el trabajo a nivel mundial.

Happycracia o la Felicidad Impuesta

Toda esta inversión en tratar de que la gente saque su mejor sonrisa y aprenda a ponerle al mal tiempo buena cara, lo que persigue, en realidad, es un aumento de la productividad en las empresas. Pero toda esta maquinaria que mueve los engranajes de la happycracia no es tan efectiva como intentan hacernos creer. Entre otras razones, porque carece de una base científica sólida.

¿Cómo és posible medir la felicidad? Cualquier científico nos podría responder que como se mide todo: con una escala adaptada al constructo que se pretende medir. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que las respuestas que dan los empleados ante esas baterías de preguntas se ajustan a lo que realmente sienten?

¿Cuántos empleados no caen en la trampa de la deseabilidad social y acaban respondiendo lo que creen que deben responder para conservar su puesto de trabajo y no lo que verdaderamente sienten y piensan?

Hay empresas que recurren al truco de dar un feedback falso a sus empleados, esperando que si les hacen saber que están trabajando muy bien, se sientan motivados a hacerlo incluso mejor. Pero esta estrategia no siempre funciona y puede llegar a ser incluso contraproducente.

En 2014, un estudio de José María Peiró, catedrático de Psicología Social de la Universidad de Valencia, evaluó las relaciones antagonistas entre los constructos de Felicidad y Productividad, llegando a la conclusión de que un empleado feliz no tiene porqué resultar más productivo que otro que no se sienta tan satisfecho con su vida. Porque todo va a depender del contexto y de las circunstancias en que se desarrolle el trabajo, del puesto que se ocupe, de las tareas a realizar, de la experiencia anterior del empleado en otros puestos, de su género y del sector social al que pertenezca.

A veces tendemos a cometer la insensatez de dividir las emociones en positivas o negativas y, al hacerlo, nos estamos obligando a intentar evitar por todos los medios experimentar las que consideramos negativas. No nos gusta estar tristes, ni enfadados, ni tener miedo, ni quejarnos todo el tiempo. Pero esas emociones son tan dignas, en realidad, como la alegría, la sorpresa, el entusiasmo o la motivación.

Todo en la vida ha de guardar un cierto equilibrio para no desmoronarse. Nuestras emociones también. No podemos seleccionarlas y quedarnos sólo con las que nos interesen, porque se necesitan las unas a las otras para que todo funcione y tenga sentido.

¿Qué pasaría si, de repente, el día se impusiera a la noche y tuviésemos 24 horas de luz diarias? Los primeros días, quizá nos haría hasta gracia, pero pasada la euforia inicial, nos descontrolaríamos por completo, porque nuestro cerebro, como todo organismo viviente, se rige por los ciclos de luz y oscuridad.

Las personas que exhiben mayor optimismo se muestran más comprometidas con las tareas difíciles, porque se las plantean como un reto. También tienen mayor facilidad para entablar relaciones interpersonales y para trabajar en equipo. Pero, por contra, son menos persistentes ante el fracaso, asumen riesgos innecesarios y suelen tener mayor tendencia a la depresión y la frustración ante objetivos no alcanzados, cuando sienten que sus expectativas no se cumplen. También son más dependientes de los halagos. Necesitan refuerzos positivos continuos para motivarse.

Pero, pese a estos datos, las empresas siguen suponiendo que los trabajadores "felices" les resultan más baratos.

Ocho de cada diez españoles se declaran infelices en su trabajo, sintiéndose insatisfechos y quemados.

La happycracia está resultando útil para desviar la atención de la importancia de las condiciones de trabajo hacia la responsabilización excesiva del trabajador de su propio bienestar y de su malestar laboral. El estrés y la ansiedad que se experimentan en entornos laborales continuamente cambiantes, en los que la sobrecarga laboral, la precariedad, la competitividad y las multitareas son el pan de todos los días, dejan de entenderse como la consecuencia de condiciones laborales deficitarias, para recaer sobre el tejado del propio empleado. Con mensajes cómo "no es lo que te pasa, sino cómo lo percibes e interpretas tú".

Se fomenta una cultura empresarial en la que prevalecen la aquiescencia y la conformidad, y en la que se minimiza cualquier signo de negatividad, queja o desacuerdo. El sentido crítico, tan útil para alejarnos del pensamiento único y para generar creatividad, se considera ahora un factor de disidencia y los empleados que lo enarbolan pasan a ser considerados "tóxicos".

Si tiempo atrás las relaciones entre empresa y empleados se basaban en la lógica del intercambio: "tú trabajas tanto y yo te pago tanto", ahora se basan en la "retórica del cuidado", que vendría a decir algo como: "todos remamos en la misma dirección", "si tú creces, yo crezco". Los intereses de l empleado se confunden con los intereses de la empresa, de forma que no se sientan dirigidos desde arriba con métodos coercitivos, sino que sean ellos mismos los que interioricen las normas y objetivos.

Pero la realidad es que lo que hace felices a las empresas no necesariamente tiene que coincidir con lo que hace felices a los empleados y viceversa,

Estamos rodeados de muestras de happycracia por todas partes. Parecer feliz está de moda y son muchos los que sucumben a esa imposición como si no hubiese un mañana. Porque las modas están para seguirlas, aunque en el fondo sepamos de antemano que algunas no nos sientan nada bien. El sentido del ridículo, como el sentido crítico, nos los tragamos y a veces se nos indigestan. Y aceptamos salir a la calle disfrazados de aquellos que ni somos ni nunca seremos en realidad, porque por mucha democracia que creamos tener, por mucha libertad que creamos disfrutar, lo que nunca cambia es que sigue mandando quien nos paga y, si nos indica que a partir de ahora todos debemos subirnos al carro de los happy flowers, tendremos que hacerlo sin osar cuestionarnos nada más. Porque la disidencia, todos lo sabemos, nos puede salir muy cara.

Estrella Pisa

Psicóloga col. 13749

Bibliografía consultada: Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vida, de Edgar Cabanas y Eva Illouz- 2019- Paidós.


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