“Hasta luego”, decía en grafía de posdata y sin ganas de permanecer unos silencios más. Esas palabras no dicen nada, estaban escritas con hielo y sin rima de posibilidades. Su estrategia de despedida es tan absurda y monótona.
Me quedé atónita, perpleja y con suspiros que van de la boca de mi estómago hasta sus labios. Tal vez quiso decir “hasta pronto”, “hasta siempre”, “hasta nunca”. Me dejé caer y nadie estaba para levantarme, me dejé a solas con las hojas entre su dorso y mi pecho. La escribió con escaso sentido de constancia y poca seguridad.
Tal vez, sólo tal vez y ojalá sea todo lo contrario a lo que no me dice.
Subí a lo más alto de su ego, noté rápidamente el vértigo y el abismo del no ser. Bajé en cuclillas, sin ruido, en silencio. Me avisó prontamente las nulas intenciones de no seguir con aquello que a los dos nos secaba; todo eso que te jactas de llamar felicidad continúa siendo una cortina de humo.
Sus palabras atribuidas al inconsciente son propias, es claro, y no lo pienso entender. Es cobarde quien se despide para siempre con un “hasta luego”, me deja viva la esperanza, las ganas de ser todas suyas.
Rompí la carta, la hice pedazos, la puse en el centro de la mesa pero tengo toda la evidencia dentro.
Ya hice de nuestro pasado algo dominante, veré el día con mejores ojos, dejaré la puerta medio abierta y la cena a medio cocinar. Nuestra habitación estará lista, la cama y el espejo en su sitio. Dejaré todo eso a medias, por si tu “hasta luego”, estaba mal escrito.
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