Revista Cine

Huellas verdes y blancas

Publicado el 14 abril 2018 por Jesuscortes
No son cuantiosos los asesinos en serie y los psicópatas en Wisconsin, cerca de la frontera con Canadá, pero sí camparon por allí, en distintas épocas, dos de los más funestamente afamados, Ed Gein y Jeffrey Dahmer. Gein había llamado la atención de Alfred Hitchcock a finales de los años 50, cuando el maestro alumbró la idea argumental de la que germinaría "Psycho", coincidiendo con las revelaciones de su caso. Poco queda en el film de las peripecias que dejaron al país estupefacto y son apenas unas pocas notas las que llegan desde los lagos del norte en que el viejo Ed emparedó a su madre tras su muerte y perdió la razón, hasta la árida Arizona donde vino al mundo Norman Bates. La tosquedad rural del policía que investiga, un par de diálogos absurdos, un secundario con esa lógica de pueblucho incomunicado... Muchos años después se le ocurre al oriundo James Benning mirar a la misma historia y precederla de otra mucho más discreta protagonizada por Bernadette Protti, una asesina de una única víctima, "de poca monta" en el abultado historial delictivo estadounidense, que había cobrado fugaz notoriedad en el 84, más que nada porque había conseguido engañar al detector de mentiras de la policía durante un tiempo. "Landscape suicide", de 1986, acontece mientras el arriba mencionado Dahmer seguía actuando, pero, ciertamente, en un momento en que ya habían caído la gran mayoría de celebridades nacionales del crimen no organizado: hacía muy poco que habían terminado su andadura en la interestatal 35 la pareja formada por Henry Lee Lucas y Ottis O'Toole, el verano anterior detuvieron al más temible de los merodeadores, Richard Ramírez y desde finales de los 70 ya no desfiguraban la iconografía americana ni John Wayne Gacy, ni David Berkowitz, ni Ted Bundy, por no mencionar a Richard Speck.
HUELLAS VERDES Y BLANCAS HUELLAS VERDES Y BLANCAS   HUELLAS VERDES Y BLANCAS  HUELLAS VERDES Y BLANCAS Consumado paisajista, uno de los grandes observadores y compositores de imágenes, Benning escoge sin embargo una opción complicada para combinar sus estáticas tomas, la de utilizar actores para interpretar a los atribulados asesinos y así poder mirar a dos abismos, el de la culpa y el del imposible entendimiento de los hechos, tan imposible para quien escucha como para quien habla.
La América de un film anterior suyo, pura nostalgia, "American dreams: lost and found" (1984), aquel país de gestas deportivas y de baladas para después de la guerra transmitidas por la radio, apenas se intuye en los exteriores californianos de "Landscape suicide", enrarecidos, tocados por el viejo influjo de "Blow up" de Antonioni, ni destino ideal ni lugar de paso seguro, inquietantes con una simple alteración del tiempo de exposición o de los sonidos de fondo, ese terreno que ha batido a fondo David Lynch.
En plena era del AOR, las melenas crepadas y Michael Jackson, cualquier apacible rincón de esta suerte de proverbial tierra prometida, resulta mucho más desasosegante que las heladas estampas del norte donde nació Benning y donde deambuló Ed Gein.
En Wisconsin, tierra de cazadores - antaño expertos - y opresivo e indefectible horizonte para cuantos no puedan escapar a las grandes ciudades cercanas, la locura de nuestro protagonista es paradójicamente una más de las señales de vida emitidas por cada encuadre, bello mientras esté fuera del tiempo, que no necesita, que no quiere invitados de ninguna clase.  
HUELLAS VERDES Y BLANCAS  HUELLAS VERDES Y BLANCAS  HUELLAS VERDES Y BLANCAS  HUELLAS VERDES Y BLANCAS Las confusas respuestas de Gein, con esa extraña amabilidad producida por la amnesia, las enfrenta Benning a una serie de planos que parecen un "ensayo general" para un film posterior, el igualmente excepcional "Deseret" de 1995 y a un ritual, el del desollamiento de un ciervo, eviscerado por un cazador que no es otro sino el hermano mayor del cineasta, John.
Ninguna violencia ni repugnancia quiere comunicar con ello James Benning, ninguna comparación con las indecorosas costumbres "forenses" de Gein, ninguna revelación acerca de la salvaje "verdad" de un hecho, como Jack Chambers hizo en varias discutibles ocasiones, una de ellas al menos, célebre, "The hart of London".
De alguna manera, filmar y cerrar con esos planos, restituye la normalidad a un entorno, los bosques de su infancia y a unos recuerdos, que dejan de ser privados justo en ese preciso instante.

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