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Idanha-a-Velha

Publicado el 22 diciembre 2014 por Eduardomoga
Hoy visitamos Idanha-a-Velha, una aldea de la que nos han hablado muy bien nuestros amigos Toña y José Antonio. Lo hacemos con Teresa y Javier, que han venido de Cáceres a pasar el día con nosotros. Nuestra exploración de la zona excede la Sierra de Gata y el Valle del Jerte, y se extiende por los aledaños de la Sierra de la Estrella, en Portugal, donde languidecen rincones milenarios, poco conocidos todavía, y donde, además, experimentamos la sensación de viajar en el tiempo: estas regiones de Portugal, encantadoras por tantos motivos, me recuerdan a la España de mi infancia, a la vieja y pobre España de hace cuarenta años. Ya al otro lado de la frontera, pero antes de dirigirnos a Idanha, comemos en O Paladar, en Monfortinho, uno de nuestros restaurantes favoritos. Hoy, sin embargo, no disfrutamos como otras veces. En el restaurante no hay calefacción -muchos portugueses no pueden pagarla, y no la encienden- y hacemos una colación a la esquimal. El calor de la chimenea a la que el dueño nos anima a remitirnos no llega a la mesa donde nos ha sentado, y tampoco funciona la solución de emergencia que nos propone en portuñol: "Tudo e psicológico. Si faz frío, uno pensa: ¡tenho calor! e ja non faz frío". El tío está de chunga, claro, pero el frío, no: el frío va muy en serio. Devoramos el arroz con pulpo y el bacalao a la dorada, y nos propinamos una botella de vino verde, con la esperanza de que las calorías ingeridas combatan la gelidez, pero solo lo conseguimos a medias: de rodillas para abajo seguimos sintiendo las feroces caricias de diciembre. No tardamos en pagar e irnos. De Idanha nos separa apenas media hora de conducción. Junto al aparcamiento que ha dispuesto el ayuntamiento para acoger a los turistas, contemplamos los restos de la muralla romana. En Idanha, como en tantas otras localidades de la zona, ha habido asentamientos humanos, es decir, civilización, desde el neolítico: a los poblados iberos siguieron las villas y fortificaciones romanas; a estas, los enclaves suevos y visigodos; luego llegaron los árabes y, por fin, los cristianos; y judíos los ha habido siempre. Y todos construían sobre los cimientos de quienes les hubieran precedido. El lienzo de muralla que se conserva en Idanha sorprende por su excelente restauración y por sus dimensiones: lo que hoy es una aldea de apenas 80 habitantes, hace dos milenios era una importante colonia de Roma. Rotundos sillares de granito -que, acumulados, alcanzan un grosor sobresaliente-, jalonados por no menos imponentes torres de defensa, impedían que los guerrilleros de Viriato -la guerra de guerrillas no es una invención española, sino portuguesa, es decir, lusitana-, que campaban por estos pagos, les rebanaran el pescuezo a los legionarios y a los colonos que enviaban lana, aceite y vino a la metrópoli. Cuando se atraviesan las murallas y se accede al pueblo actual, nos atrapa un cierto sobrecogimiento: la pobreza y la soledad siempre sobrecogen, sobre todo cuando se está poniendo el sol y una oscuridad helada se cierne sobre las casas. No obstante, pronto apreciamos signos de vida, gestos de vecindad: hay muchas coladas tendidas a las puertas de las casas -tendidas desvergonzadamente: bragas y camisones se exhiben sin disimulo-, e infinidad de gatos -uno de ellos con el hueso de la cola pelado, a la vista- recorren las callejas. En lo que debe de ser la plaza mayor, observamos un enorme montón de leña frente a la iglesia. No será para ninguna hoguera, pensamos: si esta pira se enciende, arderán la iglesia y el pueblo entero. También hay un picota medieval, que proyecta aún una sombra ominosa en las casas circundantes. Desde la plaza subimos a la torre de los templarios, construida bajo el mandato de Gualdim Pais, gran maestre de la Orden del Temple en Portugal, en 1229. Solo sobrevive su mitad inferior: el resto ha desaparecido. Suponemos que la población habrá aprovechado, a lo largo de los siglos, las piedras de la torre para erigir sus propias casas. Y recuerdo el castillo, también templario, del pueblo de mi madre, Chalamera, que en sus buenos tiempos era tributario del de Monzón, y del que hoy no quedan ni los cimientos: la gente se lo ha llevado todo, y aún pueden reconocerse en las fachadas de algunas casas los bloques del castillo, con las inscripciones de los canteros: nuestra vecina Aurelia, por ejemplo, luce un hermoso sillar encima de la puerta. (Por lo demás, también hubo una guerra civil, y mi madre recuerda camiones de soldados desmontando los muros del castillo para llevarse las piedras con las que construir trincheras y casamatas). De la torre templaria pasamos a la catedral visigoda, aunque advertimos en ella influencias mudéjares y góticas. En su interior se conserva, milagrosamente, un fresco: está en una capilla lateral, protegido por la penumbra. Alrededor de la basílica hay una enorme acumulación de sarcófagos y estelas funerarias, las mejor conservadas o más significativas de las cuales se han dispuesto en una instalación adyacente, en forma de pasadizo, donde los carteles explicativos están solo en portugués e inglés, aunque buena parte del turismo sea aquí español. La mayoría son romanas: algunas están en mármol, y los epitafios de casi todas aluden a la identidad del muerto y de los hijos o sucesores que las hicieron esculpir. Como en el caso de las murallas, sorprende la amplitud de la necrópolis y, por lo tanto, de la población a la que daba acogida. El siguiente paso de la visita es la antigua almazara, hoy reformada y sede de la oficina de turismo, en la que un solitario empleado se entretiene jugando al solitario en el ordenador. La obra es espléndida, pero carente de información. Los urbanitas como nosotros desconocemos el funcionamiento de estos ingenios rurales, y no alcanzamos a imaginar cómo se ponían en movimiento los gigantescos troncos que debían de aplastar las aceitunas para extraer el aceite. Cuando nos dirigimos al último punto de interés del pueblo, el puente, también romano, sobre el río Ponsul, un vecino, apostado en el medio de la calle, destapa una fuente de una mesita que tiene a su vera, y nos da a probar el renombrado queso de Idanha. Andamos todavía digiriendo el pulpo y el bacalao del iglú de O Paladar, y no nos apetece añadir colesterol al proceso. Observamos también que a muchas casas no se accede directamente desde la calle, sino que hay que subir unas escaleras para entrar: imaginamos que el frío y la humedad del suelo, como en los hórreos, justifican la distancia y el esfuerzo. El puente del Ponsul es maravilloso: una construcción sinuosa de poderosísimas pilastras, que contrastan con el caudal más que moderado del río: hace dos mil años, deducimos, debía de bajar mucha más agua. A pesar del frío, remoloneamos en el puente un buen rato, observando el agua limpia, el cauce enmarañado, la vegetación de las orillas, los últimos reflejos del crepúsculo en el granito. Subimos por fin al pueblo en busca de un bar donde entrar en calor. Los encontramos cerca de la plaza mayor: apenas un par de parroquianos están echando allí la tarde, absortos en la televisión, donde dan, subtitulada, Náufrago, la excelente película de Tom Hanks. Nuestra necesidad de calor se ve nuevamente defraudada: tampoco aquí encienden la calefacción. Pedimos tres tés y un café, pero hemos olvidado cómo son los tés a la portuguesa: sin té. La señora que atiende el establecimiento nos sirve sendas tazas de agua, con dos cortezas de limón, pero sin bolsita. Nos lo tomamos sin rechistar: al fin y al cabo, el agua caliente sirve para calentarse, y, por si fuera poco, la señora ha tenido el detalle suntuario de añadir limón. Pagamos ochenta céntimos por el té sin té, y nos refugiamos en el coche. Allí tendremos ocasión de recuperarnos del frío, porque, una vez encendida la calefacción, el GPS nos tendrá más de una hora siguiendo una ruta inverosímil, por pueblos minúsculos y carreteras no muy distintas de caminos forestales, para volver a casa. Acabaremos en Valverde del Fresno. Yo tenía fe en el GPS -una fe inquebrantable, al decir de Teresa-, pero esta excentricidad ha sido demasiado. Quizá también estuviera helado, como nosotros.

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