4 de Mayo de 2016
Querido escritor,
Por la presente misiva procedo a comunicarle mi renuncia voluntaria, e inminente, a las funciones que venía ejerciendo hasta la fecha como su musa.
Así, formalmente, sería el modo correcto de empezar esta carta, pero las musas no somos expertas en legalidades ni disponemos de un enlace sindical que nos detalle la lista de artículos de los convenios colectivos. Más bien somos parte de un idilio con los escritores del que muchas veces ni siquiera nos preguntan si queremos formar parte.
Desconozco la forma correcta de redactar el texto o si he de entregar copia en algún estamento público y tampoco poseo los datos sobre la extensión y contenido, pero imagino que ahora debo exponer todo aquello a lo que renuncio.
Renuncio a ser aquella que se oculta tras cada espacio, palabra y coma de tus textos, ya sean en poesía o en prosa. A ser el punto y seguido de las fantasías de tu pluma y el signo exclamativo de las emociones en tus frases cortas. No quiero ser la guerrera de tus relatos de historia ni la chica indefensa que se oculta de los seres de las sombras, tampoco la que te ve partir acallando un sentimiento ni la que se aleja gritando lo que siento. Renuncio a componer la melodía inexistente que acompaña a tus palabras escritas, a ser pentagrama y nota, y a sentirme importante en cada gota de tinta con la que intentas darme forma.
A ser solo un batir de alas rompiendo el silencio en tus paseos nocturnos, el susurro del viento que intentas descifrar tras la ventana o unas gotas de lluvia resbalando por tu espalda.
Renuncio a ser ese escalofrío que eriza tu piel sin siquiera tocarla y ese suspiro que alcanza tu nuca para, con delicadeza y dulzura, besarla.
A ocupar solo los resquicios de tu mente, a ser miel entre tus labios, el primer sorbo de tu copa, a perderme entre tus dedos y desconocer lo que es el tacto de tus manos o la locura de tu boca.
Renuncio a ser la ausencia que llena de presencia las arrugas de tus sábanas, la esencia que reconoces en todos los perfumes que hueles y la eterna respuesta a cualquier pregunta que desconoces. A ser la voz que llena el espacio de silencio entre tus canciones, quien de un soplido hace girar las hojas del libro que lees para que te percates de un detalle que te haga sonreír y que pasa desapercibido entre renglones y la que silencia el mundo cuando tus párpados ceden al cansancio y negocia con Morfeo para llenar tu noche con sueños que vives, pero no recuerdas al abrir los ojos de nuevo.
Expuestas las renuncias, es el turno de las razones y la única que existe es que no quiero ser solo parte de una ilusión, sino saberme mágica y sentir que vuelo, transmito y te estremezco sin hechizos ni mitologías. Que tus latidos me pertenecen tanto como tus letras y ser la mujer, no la musa, que desate tus pasiones. Quiero entender tus silencios y el mensaje oculto en tus palabras, que me grites que me quieres y me expliques todo aquello que de ti desconozco y te hechice el brillo de mi mirada enamorada al escucharte.
Necesito ser los dedos que llenan los huecos entre los tuyos y el cuerpo al que abrazas cuando la luz se vuelve tenue y es hora de la danza de almas. Aquella que llena todo sin apenas ocupar espacio en tu cama y a la que buscas alargando el brazo con la claridad del alba.
Y, sin más preámbulos, firmaré mi renuncia porque considero inhumano condenar a ser musa a quien se muere por saber que es la mujer que amas sin ningún atisbo de duda.
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