Hay objetos que su representación en nuestro interior es siempre la misma. Esto se consigue sólo con el arte. Pero no basta sólo el objeto, se necesita un punto desde donde mirar, una luz para envolver y un ángulo desde el cual el objeto es visto. Tres condiciones que junto a lo representado configuran la belleza, algo que sólo podemos entender percibiéndola. Y ésta no cambia a pesar de las modas que la configuran, lo único que cambia es la representación exterior, el impulso del corazón humano para describirla. Es como si lo que evolucionara es nuestra forma de entender esa representación, unas veces como el reflejo exacto que de la luz emiten los objetos y otras como reflejo exacto de lo que nuestro cerebro interpreta.
Revista Arte
Hay objetos que su representación en nuestro interior es siempre la misma. Esto se consigue sólo con el arte. Pero no basta sólo el objeto, se necesita un punto desde donde mirar, una luz para envolver y un ángulo desde el cual el objeto es visto. Tres condiciones que junto a lo representado configuran la belleza, algo que sólo podemos entender percibiéndola. Y ésta no cambia a pesar de las modas que la configuran, lo único que cambia es la representación exterior, el impulso del corazón humano para describirla. Es como si lo que evolucionara es nuestra forma de entender esa representación, unas veces como el reflejo exacto que de la luz emiten los objetos y otras como reflejo exacto de lo que nuestro cerebro interpreta.
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