Revista Cine

John Ford tiene banquillo: Caravana de paz (Wagon Master, 1950)

Publicado el 22 febrero 2016 por 39escalones

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Tras el fracaso de la ambiciosa -tanto en lo formal como, para Hollywood, en lo relativo al argumento- El fugitivo (The fugitive, 1947), la compañía Argosy, integrada por John Ford y su socio, el cineasta, antropólogo, explorador y militar de carrera Merian C. Cooper (codirector, entre otras, de King Kong en 1933), se encontraba en dificultades financieras que ponían en riesgo su supervivencia. La solución para reflotar la compañía era relativamente fácil; consistía en que Ford retornara al género que le había reportado sus mayores éxitos de taquilla o al menos al tipo de películas que no le habían hecho perder dinero o le habían proporcionado una modesta ganancia: el western. Fruto de ello fueron las películas que Ford realizó entre 1948 y 1950, todas ellas westerns, y que incluyen su famosa trilogía de la caballería –Fort Apache (1948), La legión invencible (1949) y Río Grande (1950)- además de la célebre Tres padrinos (The three godfathers, 1948) y la semidesconocida Caravana de paz (Wagon Master, 1950). Se trataba, al menos en origen, de películas de presupuestos ajustados, cortos planes de rodaje (Ford siempre destacó por respetar los límites monetarios y por cumplir estrictamente, y a veces a la baja, los calendarios de producción) y filmados con un equipo artístico y técnico más o menos estable o al menos fácilmente intercambiable de título a título. En esta Caravana de paz puede decirse que es el equipo B de la compañía estable de John Ford la que tiene la oportunidad de actuar como protagonista.

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Escrita por Patrick Ford y Frank S. Nugent, la trama es tan sencilla como requiere el contexto financiero de la compañía. Ward Bond interpreta al cabecilla de una caravana de mormones que viaja hacia el Oeste para instalarse en el fértil valle californiano de San Juan, una especie de Tierra Prometida para su congregación. Por el camino contrata a dos jóvenes tratantes de caballos (Ben Johnson y Harry Carey Jr.) para que hagan de guías a través del territorio navajo. A las diversas aventuras, ya tópicas en el cine que trata sobre pioneros, se une el encuentro con un carromato de artistas ambulantes en el que viaja Denver (Joanne Dru, de la que se enamorará Travis, el personaje de Ben Johnson) y la llegada de los Clegg, una banda de forajidos compuesta por un padre y sus cinco hijos que, primero por las buenas y después mediante la coacción y la amenaza, intentan hacer de la caravana su tapadera para huir de las patrullas que los persiguen después de su último asalto a un banco. Un planteamiento conocido, de desarrollo previsible y con la conclusión esperada que, no obstante, cuenta con algunos momentos en los que se reconoce el mejor pulso de Ford en la dirección, y también sus temas favoritos y el humor del que gusta revestir sus historias.

Un detalle a destacar es que en esta ocasión sus queridos indios navajos de Monument Valley se interpretan a sí mismos, es decir, los navajos hacen de navajos y no como en otras ocasiones de las tribus que correspondan según el argumento (cheyennes, kiowas, comanches o apaches), y que su aparición no está difuminada como una simple amenaza asesina ni posee las connotaciones negativas, o directamente racistas, que a menudo se le achacan injustamente a Ford. Muy al contrario, en la línea de la previa Fort Apache, los navajos se limitan a vigilar y defender su territorio, acogen hospitalariamente a los recién llegados cuando estos manifiestan su voluntad de paz y sólo reaccionan airadamente y toman las armas para asegurarse de vengar la afrenta que una de sus mujeres ha sufrido a manos de uno de los Clegg (aparición estelar de María “Movita” Castaneda, la que fuera esposa de Marlon Brando y madre de dos de sus hijos). Por lo general, el argumento se mueve por las demarcaciones previsibles, incluyendo el cruce de las carretas en el río, el tránsito por la zona montañosa que pone en riesgo el paso de los carromatos (y acaba con uno de ellos destrozado y con sus ocupantes muertos), los problemas con el agua, la dureza de atravesar zonas desérticas, el choque de caracteres entre los hombres del campo y los pistoleros, la distinta forma de vivir la religión, y por tanto la vida, de los más creyentes respecto a los más mundanos… Pero también, como en toda película de Ford, adquiere gran importancia el ritual como clavo de civilización al que agarrarse en medio de ninguna parte, como salvación de la propia identidad individual al reconocerse en la colectividad, el ritmo que va marcando los tiempos de la vida y de la muerte, las ceremonias, los bailes, los festivos, las citas que se comparten como grupo, como entidad colectiva. Ford, como es habitual en él, invierte mucho tiempo del breve metraje (menos de hora y media) en reflejar con meticulosidad estos episodios, pero también en detallar minuciosamente el cortejo amoroso, la aproximación entre dos desconocidos que progresivamente van abriendo su intimidad al otro hasta hacer promesa de futuro común.

La eficaz dirección de Ford se limita a sacar lo mejor posible de la limitación de medios, en cumplir con el cometido de superar los esperados estadios de una cinta sobre pioneros añadiendo en clave de suspense en conflicto que supondrá finalmente la auténtica liberación de los peregrinos (inevitable asociación de esta idea con la imagen de los Estados Unidos como tierra de provisión para los millones de inmigrantes que hicieron de ellos su hogar, un tema también muy repetido y considerado en los westerns de Ford en esta época), el momento en que deben sacudirse el amenazante yugo de los Clegg, y que tiene lugar justo en el límite en que el valle de San Juan está al alcance de su mano. Aquí Ford sí deja constancia de su maestría en una secuencia de coreografía perfecta, vibrante y violenta, en la que hay espacio tanto para la compasión de “papá” Clegg por la suerte de sus hijos como para el ejercicio de una venganza casi divina sobre aquellos que han transgredido todas las leyes divinas y humanas, muriendo a hierro quien a hierro ha matado. Igualmente eficaces son las interpretaciones, aun tratándose de personajes de perfil bajo. Ward Bond, amigo personal de Ford y de John Wayne durante la mayor parte de sus vidas, interpreta al hombre religioso que, no obstante, pierde el control y se deja llevar fácilmente por el insulto y la blasfemia; Joanne Dru da vida a una mujer inadaptada, excluida, que no conoce conceptos como el de familia o el de sociedad; mientras que Johnson (antiguo campeón de rodeo, fue habitual del cine de Ford hasta que un desencuentro personal los separó durante décadas; sin embargo, es una de las caras típicas del género en títulos de un buen puñado de directores, incluido Brando en su única incursión tras la cámara) y Carey (hijo de Harry Carey, uno de los más carismáticos intérpretes de westerns en los años treinta y primeros cuarenta, amigo personal de Ford -como el resto de su familia, que aparece en muchos títulos del cineasta- e inspiración para John Wayne), son jóvenes despreocupados, alegres y vitalistas, que gracias al viaje descubrirán la importancia de hacerse con un hogar y una familia sobre los que asentar un futuro próspero, una vida tranquila. Sin duda todo muy fordiano y muy acorde con la visión de América que Ford tenía antes de la Segunda Guerra Mundial. Una idea de país que tras la guerra se fue enturbiando, oscureciendo, cubriéndose de matices y de reconvenciones, lo que, al margen de esta película en concreto, empezaba a verse ya en sus películas (como en la trilogía de la caballería, por ejemplo) hasta eclosionar en algunos de sus más importantes títulos de la década siguiente.


John Ford tiene banquillo: Caravana de paz (Wagon Master, 1950)

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