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Juan Carlos Onetti entrevista a Joaquín Torres García: La exposición que nunca visitó

Publicado el 29 junio 2012 por Lilik
Juan Carlos Onetti entrevista a Joaquín Torres García: La exposición que nunca visitó
Esta entrevista fue publicada en el Nro 14 de Marcha, el 22 de setiembre de l939. Juan Carlos Onetti acababa de abandonar un fantasmal trabajo en un comercio y otro un poco más gratificante de boletero en el Estadio (donde no tenía más remedio que quedarse con los vintenes del vuelto de las entradas que la gente se olvidaba de recoger en la ventanilla) para asumir la secretaría del heroico semanario fundado por Carlos Quijano. Allí llegó a hacer literalmente de todo, porque hasta vivía en una pieza del fondo del local, casado por segunda vez.
“El señor Onetti quería periodismo y le dieron con cierta exageración”, le escribe en 1939 en una carta recientemente encontrada al escritor argentino Julio E. Payró, que también era muy amigo de Torres García: “Todas las traducciones, todas las correcciones, toda la armada. Y el relleno, maldito sea. Y las notas que se hacen pero no se cobran. Bueno, no me haga caso porque estoy particularmente malhumorado. A mitad de semana me entusiasmo, vuelvo a entusiasmarme como un imbécil y no me quejo por nada”.
Y en una carta anterior le comenta a propósito del maestro constructivista: “Estuve en el salón de artistas independientes y estuve con Torres García. Le confesé mi error: él tenía razón. Algo ha hecho y sigue haciendo; tiene copiadores fieles y, también, gente que sigue pintando como Dios le muestra y dentro de las leyes de estructura torresgarcianas. Alguna vez le hablaré largo de esto, que es interesante. Le di sus saludos y los de su familia, a 300 días vista. Me invitó a su casa, para hablar de todo y de usted”.
Torres García había llegado en 1934, y después de fundar la Asociación de Arte Constructivo estaba afrontando uno de los desengaños más grandes de su bombardeada vida. Rodeado mayoritariamente de esnobs hambrientos de esoterismo escandalizador y no de pintura cósmica, ya maduraba la posibilidad de fundar un recomienzo tajante y con gente muy joven, virgen del uruguayismo con cielorraso.
En 1890, a los 17 años, el casi quijotesco y casi utopista maestro-profeta había convencido a su padre de que a la familia le convenía radicarse en Europa. Y lo hizo porque se dio cuenta de que él había nacido pintor (como está contundentemente explicitado en Historia de mi vida) y acá no tenía la menor chance de formarse de verdad. El problema es que a los 60 años no pudo soportar la galopante desespiritualización europea y se resolvió a reinstalarse en su patria (palabra que él amaba sin hipocresía) para construir una escuela universalista y con raíces latinoamericanas específicas en el país de las vacas gordísimas.
En esta primera entrevista, entonces, tanto el todavía joven Onetti como el ya viejo Torres García están muy malhumorados.

¿Qué podría decirnos, maestro, de la actual exposición de arte francés?
Aunque no he visitado ni visitaré esa exposición -y por razones que yo me sé- aun algo puedo decirle, ya que todos o casi todos los cuadros que allí se exhiben me son conocidos de larga fecha, y si no esos mismos, otros muy parecidos, de esos mismos pintores. He oído muchos comentarios que se hacen, y esto me ha recordado tales obras. Y viendo lo alejados que estamos aquí de lo que verdaderamente debe llamarse “pintura” me parece que debe decirse algo a fin de orientar la opinión en ese sentido y también alentar a la juventud a tomar el mejor camino. A decir verdad, no me interesa aquí ya hablar de nada, visto lo poco o nada eficaz que es, pero lo hago sólo en gracia a esta oportunidad.
¿Cree usted que la actual exposición puede reputarse por buena?
Con sólo que hayan tres buenos cuadros en una exposición puede considerarse salvada, y en la actual muestra hay más de cinco que pueden juzgarse obras de gran calidad y estilo. El admirable lienzo de Mauricio Utrillo, de su mejor época, es una de ellas, y podría orientar magníficamente a nuestros paisajistas urbanos. Augusto Renoir, con el exquisito retrato de las dos niñas, sin ser de lo más representativo del gran maestro, es una obra fuerte pictóricamente hablando, admirable de luz y de detalles sensibilísimos, donde se realiza plenamente el concepto de la “Peinture peinture” que ha hecho la gloria de “L’école de Paris”.
Mucho hay que aprender, también, en el húmedo paisaje del “pére” Corot, pintor ciento por ciento y que si era un enamorado de la naturaleza, era también un prodigioso maestro de su oficio. Sabía él bien cuáles eran los recursos de su arte y aquello que era esencial, y lo ponía con la elegancia de un virtuoso. Por esto, para bien comprenderlo, no basta una mirada superficial, hay que estudiarlo a fondo. No menos atención merece el rústico y austero paisaje de François Millet. Terruño, olor a yerbas, campo… Pero, además, estructura de planos, penumbras y luces, equilibrio. Obra netamente plástica. ¡Y qué ejemplo de respeto por la realidad y por el oficio! Ni un alarde ni un arranque destemplado, ni truco, ni descuido, sino una devoción casi sublime, del alma del pintor. De manera que si nos da un ejemplo de arte, tanto más nos lo da de su profunda fe artística que no pudo admitir jamás el contemporizar con la insinceridad ni el éxito fácil. Tenemos pues mucho que aprender de tal ejemplo.
Con Cézanne fueron más afortunados los de la vecina orilla, ya que tuvieron la suerte de ver una de sus obras más fuertes: su autorretrato. Pero esos países marítimos de la Provenza, tan suyos y de tan dulce armonía, ¡qué otra lección! Nada de artificio: emoción pura de pintor. Monet: ahí está el auténtico impresionismo, en esas rocas. Toda la teoría de los complementarios, magistralmente dada. Y detrás, la vida, la naturaleza. Y con esto puede verse que aquí, entre nosotros, no hubo jamás impresionismo. Sisley: plata. Una joya de la pintura. Y si ahora que esto vemos no hacemos pintura al fin… es que no servimos. Sí, ahora ya hay que exigir a nuestros pintores eso, pues ahí están los maestros. Y también están los ejemplos a no seguir, de los viejos y de los contemporáneos: David, Ingres, Delacroix. Y van Donguen, Seginzac, o Bonnard. Delante del paisaje nevado de Vlaminck, que no piense cualquiera que ha de comenzar por ahí. Antes, el maestro, pasó mucho tiempo ensayando hacer árboles y paredes, pacientemente. Y sin pretensiones de pintor. La espátula, pues, ya correrá cuando tenga que correr. No hay más que decir, que frente a su obra estamos frente al pintor más “pintor” de hoy.
¡Gauguin! ¡Con cuánto respeto debe pronunciarse ese nombre! Perfume de flor exótica, su pintura es música a la vez y poesía, hija de la preocupación de su tiempo. Todo, en ese hombre, está ya en embrión. De ahí que los bobos digan que es decorativo. Ejemplo pues, peligroso, si se toma por ahí. En Gauguin hay la preocupación, como en Seurat, de los complementarios; la preocupación geométrica de Cézanne, y su mayor preocupación, la del primitivismo como verdadera expresión del arte. Talló maderas y esculpió piedras, interpretó mitos y trató de penetrar lo profundo de la vida y de la naturaleza. ¡Qué gran alma de artista! Que no se le manosee, pues, haciéndolo un vulgar decorador. Braque, Picasso y Degas, no pueden aquí ponerse como ejemplos por no estar bien representados. ¿Por qué no se trajo una seria obra cubista de Braque? ¿Por qué a Picasso se le representa con una modalidad suya sin importancia, y además con obra tan mediocre? Degas no está más que a medias con ese retrato de Martelli. ¿Es que se pensó en un público suramericano? Es posible. Pero yo añado que bien merecido lo tenemos. Sinceramente pienso que era tiempo perdido mandar cosa mejor. Me dicen que el Rouault es bueno, y también el Matisse. Es posible. Y son dos buenos ejemplos de pintura de pintor, quiero decir sin literatura.
¿Qué influencia cree usted que puede tener aquí tal exposición?
No me hago ilusiones, y más por la influencia perniciosa de algunos mentores que procurarán que la juventud no descarrile. Luego, ¿dónde quedarían ellos? Aquí, la cuestión es que no se vea claro, aparte de que esos jamás han “visto”. ¡Hay que mantenerse en la mediocridad a toda costa!
Pero, aparte de eso, ¿cree usted que con esas pocas obras que ha señalado podría producirse una renovación en nuestra pintura?
Sí, sinceramente, lo creo. Creo que basta con lo que hay para que al fin se pueda “tomar tono”. Pero, ¿tantos no fueron a Europa, y allí se estuvieron años, y no vieron eso? Por eso antes dije que no me hacía ilusiones, Pero, si tal oportunidad pasa sin dejar huella, y si al fin no se ve lo falso en que se ha vivido con respecto a valores de arte, ¿cabrá ya tener más esperanza? Y no me pregunte más de pintura ni de pintores, pues estoy en otra cosa. Con la mejor voluntad y comprensión, ¿qué podrá hacerse con estos ejemplos, que no sea una imitación o un reflejo de Europa? Hay que hacer otra cosa. Y lo primero, pensar que estamos en América y que esta tiene una tradición.
CONVERSANDO DE PINTURA
Esta segunda entrevista fue publicada en el Nro 17 de Marcha, el 13 de octubre de 1939, (21 días después que la primera) y queda toda la sensación de haber sido registrada -libretita y lápiz en mano y que salga lo que salga y después lo pulimos- durante la misma visita realizada por el autor de El pozo al fundador de La Escuela del Sur.
Dos meses después, ya publicada la nouvelle angular de la narrativa latinoamericana contemporánea, Onetti le escribe a Payró: “Aquí tiene el primer libro de su amigo que sale al mundo. Usted lo conoce y no tiene, pues, obligación de releerlo. Sobre todo cuando me han dicho tantos horrores de estas humildes cien paginitas. Amoral y degenerado fueron los adjetivos más reproducibles cosechados hasta ahora. Sin embargo, a Torres creo que le gustó mucho y de verdad. Entiéndalo como pueda”.
No era verdad. Eso nos lo contó Manolita Piña de Torres García: “Torres recibía esos libros horrendos de Céline o de Onetti y los guardaba en la mesa de luz y después comentaba que le habían gustado muchísimo”.
Pero si seguimos revisando la recién desenterrada colección de cartas dirigidas a Julio E. Payró, descubrimos que los dos capitanes del vuelo se incomprendían y se respetaban con una conmovedora lucidez intuitiva de la grandeza del otro. “Torres García está bastante bien” había diagnosticado Onetti muy poco tiempo antes, cuando le alabó el constructivismo a Torres García en pleno salón de los independientes: “Por lo menos de salud. Indescriptiblemente loco, desdiciéndose cada tres frases. Ahora condena la abstracción y proclama un arte realista. Su última divisa: Debemos pintar la calle del siglo XX. No aseguro, en realidad, que sea la última. Hace ya una semana que se la oí. Lo que lamento es no tener tiempo para seguirlo de cerca. Todo esto, va sin decir, dejando a un lado la admiración y el cariño que le tengo. Pero sucede que el amor y el camarada Stalin son imperialistas y uno quisiera que las personas queridas fueran un poco a imagen y semejanza de la idea que uno se hace de ellas”.
Claro que si el narrador recién subido al ring hubiese podido “seguir de cerca” el vapuleadísimo proceso de adaptación de Torres García al Uruguay, hubiese comprendido lo que Guillermo Fernández terminó por explicar magistralmente en los años 90: cuando Torres disuelve la Asociación de Arte Constructivo y enfila hacia un taller formado por jovencísimos artistas, les enseña la pintura visual y les exige rabiosamente que compitan y no se dejen marginar por un ambiente que no está capacitado para asimilar las últimas referencias de la modernidad. Y fue por eso que no tuvo más remedio que contradecirse a cada rato y volver a pintar él mismo retratos y paisajes. “Qué vachaché” gruñía Discepolín cuando trataba de que el pueblo bailara en tres minutos (y sin darse cuenta) los arquetipos dostoievskianos como remedio para la mishiadura de amor rioplatense.
Quisiera pedirle su opinión, maestro, con respecto a nuestro Salón Nacional de Bellas Artes.
Con el mayor placer, pero entonces bajo ciertas condiciones. En primer término dirá que aunque yo hablo ahora para Marcha, nada tengo que ver con su actuación polìtica en cualquier sentido. Porque, además ni entiendo ni jamás me ha interesado la política, ni nunca he pertenecido a partido alguno…
No hay inconveniente. Dejaremos eso bien destacado…
En segundo término, que no admito eso de “maestro”. Yo soy un pintor y nada más. Además aquí hay demasiados “doctores” y “profesores” y “maestros”, y así habrá uno menos.
Conformes.
Entonces pregunte.
Sencillamente: ¿qué piensa usted de nuestro Salón Nacional y de la actuación del jurado, Comisión de Bellas Artes, etc., sin olvidar la innovación del ticket indispensable para entrar…?
Pero es que yo no he visitado ni éste ni los otros salones de arte, ¿y cómo voy a meterme en eso?
Es lamentable.
¡No se aflija, algo puedo decir! Por ejemplo, se habla por ahí, en relación a ese salón, de que es una impertinencia eso de hacer pagar para visitarlo. Se habla, también, de lo exiguo de los premios. Pues bien, a mí, por ser pintor, nada de eso me interesa, ni creo que pueda interesar a los verdaderos amateurs de la pintura. Lo importante es que haya o no pinturas verdaderas. Por otra parte, ¿qué selección puede hacerse? Yo no veo eso factible. Entre Z y X, ¿qué diferencia hay? Ahora recientemente, ha podido verse buena pintura. Pues bien, hay que llegar por lo menos a ese nivel, y entonces podrá hacerse una selección. Sinceramente: yo me contentaría con una docena de buenos plagiarios de la buena pintura contemporánea, pues al menos allí habría ya una comprensión. Y usted sabe que yo creo que no hay que copiar más a Europa, y hay que tratar de hacer algo propio. Y que para esto trabajo.
Aquí nos haría falta algún marchand, como por ejemplo el viejo Level o Vollard, y algún crítico como Waldemar George o Reynal. Sería mejor eso que traer a cualquier profesor de arte. ¡Cómo olfatean la pintura, y qué juicio más certero! También nos falta eso. Porque hay críticos aquí que se acaloran y discuten todo eso, y escriben artículos y citan nombres. Pero me parece que no se trata de eso, sino de descubrir un poco de pintura. Hay, por ejemplo, dos maneras de ver a Goya: como pintor y como otra cosa, pero lo fuerte está en lo primero. Ahora, para el público en general, que busque tanta literatura como quiera en los cuadros. Y así he visto que se habla de pintura en otros centros de artes y también entre pintores. La calidad de las obras (calidad plástica) suele ser el tema más frecuente.
¿Y de los premios?
Aquí los pintores se contentan pronto con lo que hacen y piden premio. Yo no sé si se fijan que el mejor premio es llegar a hacer pintura. Eso al menos es lo que yo he visto en otras partes. Un día oí decir a uno de nuestros escultores: “Rodin hizo alguna cosita, pero lo mío es mejor”. ¡Claro! ¿Quién es capaz de dudar de eso? Pero entonces uno tiene que dudar de sí mismo.
Permítame que le pregunte por qué siendo usted pintor, se ausenta de las exhibiciones de pintura.
Varias son las razones que me inducen a ello…
Sí, comprendo, usted está en el constructivismo y ya no le interesa otra cosa…
Disculpe, pero esta vez erró el tiro.
¿Entonces?
Ya le he dicho que son varias las razones… Usted sabe que yo tampoco fui a la Exposición de Arte Francés, y eso que aquí había piezas de primer orden. Tampoco es porque esté encerrado en el constructivismo… Justamente he terminado con eso.
¡Cómo…! ¿Usted repudia el Arte Constructivo?
Nada de eso, amigo, lo reservo para mi uso particular.
¿Quiere explicarse?
Pues sencillamente: que después de insistir durante más de cinco años, tengo que persuadirme de que tal cosa aquí no tiene andamiento. Además ha habido incomprensión o falta de entendimiento. Se ha tomado por una teoría cerrada y personal, lo que es tan sólo un retorno a la concepción antigua del arte, basada en una unidad fundamental. De igual modo, al querer yo llevar el concepto de la pintura a algo concreto, como es el plano y el tono, por creer, como Leonardo, que la pintura é cosa mentale, es decir, visión de lo real profundo, tampoco nadie ha querido seguirme. Y en vano he hecho ver eso en los maestros clásicos y aun en los de hoy. Por tal razón, pues, viendo inútil mi empeño, no insisto más. Vuelvo a mi pintura.
¿Volverá, pues, a trabajar?
Ya lo estoy haciendo. Vea usted…
¡Ah…!, pero eso ya es otra cosa.
Sí, y no. Entre yo y el espectador, he tendido un puente: la realidad de todos los días. Pero dentro del ritmo, que es número, orden, y dentro de la ley frontal. Lo esencial se ha salvado. Tiene esto referencia con la ley fundamental de unidad, pero estamos en el mundo. Vea usted: calles, personajes, objetos… todo lo que vemos a diario. Pero toma sentido trascendente, por entrar en plano geométrico constructivo y en lo absoluto de los valores plásticos.
Me parece verdaderamente extraordinario.
Volviendo, pues, a lo que decíamos, con respecto a mi retraimiento, obedece éste, sobre todo, a esta concentración en que estoy y que no quiere ser estorbada por nada. Aparte de mis conferencias semanales aquí en la asociación, no veo a nadie, y ni me permito lecturas ni espectáculos en beneficio además del necesario descanso.
A propósito, ¿y sus discípulos, seguirán esta nueva vida?
Ellos harán lo que quieran. Los que me han seguido a través de esos cinco años de estudios (con una fidelidad que yo les agradezco) tienen suficiente repertorio en cualquier sentido para manifestarse en un arte personal.
Fuente: elmontevideanolaboratoriodeartes.blogspot.com

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