La nostalgia es como un grano en el culo, por más que a uno le avergüence no puede evitar que aparezca de forma molesta e inesperada.Como ahora, conduciendo mi coche por el camino de entrada a la vieja casa de campo de mis padres. Mi mujer está dormida a mi lado, y el silencio que acompaña el tránsito por lugares tan familiares aviva los recuerdos.
Lugares que mi mente había borrado hasta hace bien poco y que parecen haberse quedado congelados en el tiempo, el viejo molino, el pueblo, la escarpada carretera sin asfaltar que conduce a estas casas apartadas...
Aparco el coche y mi mujer se despereza preguntando si ya hemos llegado, le contesto afirmativamente mientras contemplo por fuera la vieja casona en la que el paso del tiempo y el abandono sí parecen haber hecho mella.
De inmediato, como pequeños fantasmas, me parece vernos jugando y correteando por los alrededores, recuerdo a Héctor trepando a aquella higuera, veo a Juan lanzando piedras a los gatos, me observo a mí mismo con nueve años blandiendo una rama a modo de mortífera espada y por supuesto veo a Pablo...
Pablo, mirándonos embobado con esos ojos ávidos tras sus enormes y horrendas gafas.
Mi mujer se pone en marcha de inmediato alegando que hay mucho que hacer, hacía años, quizá siglos que no pisaba esta casa. Nos mudamos hace mucho y mis padres murieron sin volver a pisarla, hace unas semanas nos llamó un promotor interesado en comprarla y por eso estamos aquí. En realidad no sé porqué estamos aquí, mi mujer insistió en que había que adecentarla un poco y llevarnos lo que encontremos de valor antes de venderla. No sé si se cree que mis padres guardaban un tesoro o algo parecido.
Los recuerdos se me agolpan, la pandila de mi niñez, cuántos juegos y trastadas habremos llevado a cabo por los terrenos de esta casa. Héctor el fuerte, el valiente, el decidido, el líder de nuestro grupo. Juan, el fiel, el buen amigo, siempre sonriendo y dispuesto a nuevos juegos y nuevas aventuras. Yo, algo más taciturno y soñador, siempre me dejaba llevar un poco, y gustosamente, por ellos.
Y luego estaba Pablo.
Pablo, a pesar de tener nuestra edad parecía ser mucho más pequeño, era enclenque y tan frágil que a veces al verlo andar pareciera que fuese a romperse en añicos como el jarrón de porcelana de mi madre tras el balonazo de Héctor. Era débil, tímido, tartamudeaba un poco y tenía cara de ratón con dos enormes palas por dientes y las inconmensurables gafas de culo de vaso. Era el peor en todos los juegos; era lento corriendo, no tenía fuerza ni habilidad, cuándo jugábamos al fútbol con otros niños siempre lo elegíamos el último. Pero si algo se le daba mal era el juego del escondite. Era un juego al que nos encantaba jugar, sobre todo por las oportunidades que el paisaje nos brindaba, las casas de nuestros padres grandes y espaciosas separadas por hileras de arbustos y todo el terreno del que disponía cada una. Existían miles de sitios en los que esconderse, miles de posibilidades. Sin embargo Pablo siempre elegía los peores y más evidentes lugares y lo encontrábamos a la primera. Si le tocaba buscar a él era casi peor porque podíamos estar delante de sus narices que no había modo alguno de que nos encontrara.
Con todo eso era fácil imaginar que Pablo era objeto constante de nuestras burlas e incluso de las iras de Héctor. A veces nuestros juegos se basaban en insultarle y burlarnos de él hasta ver cuánto aguantaba antes de irse llorando a casa. Pero al día siguiente siempre volvía sonriente como si nada hubiese ocurrido dispuesto a que le dejásemos jugar con nosotros, Juan y yo intercedíamos un poco con Héctor y volvíamos a aceptarlo.
Entro en el viejo granero que mi padre tenía adosado a la casa y que le servía más bien como almacén de trastos, ya que sólo tuvo animales unos pocos años al principio. La puerta está desvencijada y encajada pero consigo abrirla con algún esfuerzo. Mi padre guardaba aquí varias herramientas que quizá podrían servirme o venderlas aparte. Lo cierto es que el sitio está hecho un asco, nada más entrar me invade un fuerte olor, como de animal muerto. Más que un almacén esto es una especie de trastero repleto de objetos inútiles, utensilios pasados de época, bicicletas viejas, ruedas, hierros, azadas...con razón mi padre no quería que entráramos aquí sin su permiso, temía que nos hiciéramos daño.
No puedo evitar pensar en el día en que ocurrió todo. Estábamos jugando al escondite y sorprendentemente Héctor ya nos había encontrado a todos menos a Pablo. Buscamos y buscamos en vano hasta que comenzó a anochecer. Héctor, que ya había gritado y amenazado a Pablo para que no hiciese de las suyas, estaba verdaderamente enojado diciendo que cuándo lo encontrara lo iba a matar. Juan y yo pensamos que seguramente se habría asustado ante tales amenazas y habría vuelto a casa.
Pero no fue así, no había rastro de él, de modo que tuvimos que avisar a nuestros padres con la consiguiente bronca por parte de estos. Al no hallarlo por ningún sitio llamaron a la policía, se hicieron batidas por el bosque cercano, se pusieron carteles, se dragó el río, pero no hubo manera. La búsqueda siguió durante semanas, alguien del pueblo dijo haber visto a un tipo raro merodeando con una furgoneta negra por los alrededores y todos dedujimos lo peor.
Jamás volvimos a ver a Pablo y jamás volvimos a ser los mismos. Tanto Juan como Héctor como yo no podíamos evitar mirarnos a la cara sin culpabilidad. A los pocos meses le ofrecieron a mi padre un trabajo en la ciudad y nos mudamos. Aunque mi padre siempre decía que volveríamos algún verano, nunca lo hicimos y ya nada más volví a saber de mis amigos de la infancia. En la ciudad comencé una vida nueva, nuevos amigos, un nuevo y exigente colegio, comenzó mi interés por las chicas y pronto me olvidé del pueblo, de la casa y de Pablo, hasta ahora.
Estoy quitando unos hierros oxidados que parecen haber caído sobre mi antigua bicicleta, oprimiéndola contra el suelo. Me gustaría restaurarla y regalársela a mi hijo, cuándo por fin llego hasta ella la levanto y el pestilente olor se hace más intenso. Debe de haber alguna rata muerta, observo que debajo de la bicicleta y los hierros hay una trampilla, recuerdo que era una especie de habitáculo estrecho en el que antiguamente se echaba el grano y que conduce a una gran tubería que va subiendo por arriba hasta salir por un costado ya molido y directo a los contenedores.
Al abrirla me invade un violento hedor y noto algo moviéndose dentro, al principio me parece un animal pero pronto me doy cuenta, aterrado, de que se trata de un hombre. Desnudo, completamente sucio y con el pelo y la barba larguísimos y enredados, rodeado por excrementos y restos de pequeños animales como roedores y aves que se esparcen por el minúsculo suelo. Me mira con unos ojos sonrientes, ávidos y familiares, descubro a su lado unas enormes gafas de culo de vaso y emite una especie de gruñido que entiendo perfectamente:
—Esta...vez...gané...
