Revista Arte

Julia Alonso, una profesional en el olvido

Por Nuevemusas

1889 fue para México el año de consolidación del Porfiriato, durante el cual se continuó con la política de educar, hacer florecer la economía y la "buena sociedad", tanto como reprimir cualquier intento de oposición y la explotación del campesino y el obrero.

Ángela Peralta cumplía seis años de muerta y, por la reacción popular a su despedida, se sabía que para los mexicanos existían dos grandes pasiones nacionales: la política y la música. Durante el porfiriato, México se rigió por una filosofía positivista que estimuló el estudio de la historia, en parte como un discurso que permitiera la unión nacional.

Porfirio Díaz, a pesar de haber cometido muchos errores en cuanto a la diversidad social de México, invirtió convencidamente en la educación nacional, llevándola en términos muy modernos. La gestión de su gobierno la definió como laica, gratuita y obligatoria, como podemos comprobar por la Ley Reglamentaria de Educación promulgada en 1891. Esto no era totalmente su idea, la verdad es que seguía la política de Juárez, quien hizo que las universidades dejaran de ser pontificas y se convirtieran en laicas, además de buscar la independencia educativa de la religión. Todos estos fueron grandes aciertos para la época y muchos de esos resultados se vendieron como logros de la revolución de 1910, a pesar de haber sido ideas porfiristas y juaristas.

La miseria de los campesinos, casi esclavos de los hacendados, con una clase obrera creciente y una clase media educada pero incrustada en el gobierno burocrático, eran la base de una sociedad compleja y palpitante, que llenaba teatros, carpas y confiterías, pero también salones y sindicatos. La ópera era una actividad frenética, que llevaba espectáculos por todo el país, a pesar de los peligros de los caminos o de la vastedad del territorio nacional. A ella acudía lo más selecto de la sociedad mexicana y también lo más intelectual, y todo aquel que quisiera aparentar cualquiera de las dos cosas.

En ese contexto convulso, en una Oaxaca que no viviría el porfiriato como una dictadura, sino como un periodo de esplendor, nace una de las primeras profesionales de la música mexicana y la primera directora de orquesta de nuestro país: Julia Alonso (1889-1977), organista, directora de orquesta, compositora y pedagoga.

Julia Alonso, una profesional en el olvido

Veintitrés años antes de su nacimiento, en 1866, el Emperador Maximiliano inauguró el Conservatorio Nacional de México a pesar de que su imperio estaba en franca debacle y fue en esa institución donde Julia Alonso pudo graduarse en cuatro carreras musicales: Piano con Ernesto Elorduy (1854-1913), órgano con José Guadalupe Velázquez (1856-1920) y Aurelio Barrios y Morales (1880-1943), composición con Julián Carrillo (1875-1965) y dirección con Carlos Meneses (1863-1929). Cabe mencionar que obtuvo las notas más altas en los cuatro exámenes profesionales que presentó de 1911 a 1915. La joven tenía solo 26 años cuando recibió su último título.

Que una mujer pudiera laurearse en ese momento histórico en una sola carrera ya significaba un logro enorme, cuatro grados parece casi imposible. Este caso sobrepasa todas las expectativas que se podían tener de un estudiante, fuera hombre o mujer, de esta institución y no sólo entonces, sino ahora también.

En 1910, a pesar del hervidero social que significaba ya la naciente Revolución Mexicana, se hicieron las celebraciones del centenario de la Independencia mexicana. En esa ocasión y como parte de las festividades, se tocaron dos obras de Alonso en el concierto magno ofrecido en Palacio Municipal (hoy Palacio de Gobierno del Distrito Federal).

En 1912 dirigió la Orquesta del Conservatorio convirtiéndose con ello en la primera mujer directora de orquesta mexicana, también dirigió la Banda de Artillería y el Orfeón Popular. Al año siguiente figuró en el cuadro de honor del Conservatorio y fue electa administradora de la revista Música que coordinaba la sociedad de alumnos de esa institución.

Fue sucesora de su profesor José Guadalupe Velázquez en la cátedra de órgano del Conservatorio Nacional, la cual impartió hasta 1928. También trabajó profesora de solfeo en la Escuela Normal para Maestras (1914) y en el propio Conservatorio donde enseñó composición (a partir de 1914), órgano (desde 1915) y piano (en 1917). En 1943 fue nombrada profesora de órgano de la Escuela Nacional de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Como intérprete también tuvo una trayectoria interesante e internacional. Aunque nunca actúo fuera de América (recordemos que le tocaron las dos guerras mundiales en el periodo en el que hubiera sido lógica la internacionalización de su carrera), es sorprendente ver que tocó desde Canadá hasta Argentina. Además, fue organista titular en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria a partir de 1924, en cuyo puesto ofreció treinta y cinco conciertos.

Su labor como compositora incluye: dos sinfonías, dos cuartetos, dos suites, veinticinco temas con variaciones para orquesta y banda, además de múltiples obras pequeñas para piano. Pero la joya de la corona de su trabajo como compositora fue la ópera Tonanzin, una ópera que, por lo poco que se sabe, era de marcada influencia nacionalista, estructurada en cuatro actos, con libreto del coronel Picazo. El texto fue concluido en 1915 y la partitura en 1919, pero no se tienen noticias de su estreno. De hecho, no se conservan ninguna de sus obras.

Lo que sí sabemos es que la acción dramática de esta obra transcurre en el cerro del Tepeyac, que se refiere a las apariciones de la Virgen de Guadalupe o Tonanzin a Juan Diego en el siglo XV y que es la obra de una jovencísima y talentosa compositora de treinta años, que estaba viviendo en primera persona la caótica y terrible Revolución Mexicana mientras la escribe. El hecho de que lleve el nombre indígena de la diosa que se adoraba en el mismo lugar, nos deja ver el punto de vista que quiere abordar con la obra.

La revolución acabará con las prácticas porfiristas de salones y tertulias. Instigará la canción y el teatro popular y la crítica política. Será profundamente destructiva con muchas de las formas educativas ya creadas, pero también llevará a la liberación de las haciendas y de las minas.

Alfonso Miramontes (1880-1960), Rafael J. Tello (1872-1946) y Manuel M. Ponce son algunos de los compañeros de generación de Julia Alonso. Todos buscarán formas nuevas de expresión en una sociedad cambiante y convulsionada que tardará mucho en recuperar el equilibrio para poder volver a la atmósfera de creación que requiere el arte.

La Revolución Mexicana es ese fenómeno que los historiadores no acaban de definir su final. De hecho algunos consideran que aún no ha terminado. Así, la incertidumbre y la violencia se calmaron pero nunca desaparecieron. Los diputados y senadores acudían al parlamento armados, las autoridades siguen siendo el peor enemigo de la sociedad civil y la iglesia había peleado sus propiedades y despojos en las guerras cristeras.

Este fue el México que le tocó vivir a Julia Alonso, y el nuestro, es el que la olvidó.

Quizá porque parecía pertenecer al régimen porfirista y la Revolución no cuadraba con esa idea del arte, quizá simplemente, como dijo Vasconcelos, porque somos desmemoriados e irredentos, el caso es que perdimos su obra y hasta su imagen, como a tantos compositores y como a tantas otras mujeres que fueron tan brillantes como ella.


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