Revista Cultura y Ocio

La carta

Por Mª Luisa López Cortiñas

LA CARTA
Hoy toca publicación de cuento en dos partes. Si alguien quiere conocer antes el desenlace es el segundo cuento del conjunto de relatos "Semana de prodigios".
La carta
I
En aquel valle asediado por la niebla, el sol siempre era recibido con alegría. Después de un invierno anegado en agua y viento, esos primeros días de primavera invitaban a los lugareños a dejarse besar por los primeros rayos, y allí estaban los dos, pertrechados de abrigo y bufanda, y sosteniendo con las dos manos sendas tazas de café con leche humeante.
Cualquiera que les viera, diría que están tomando el sol y perdiendo el tiempo, haciendo hora para preparar comida y siesta. Si el observador fuese un habitual, diría que hoy ríen más, se miran más, y hablan más de lo acostumbrado.
Si uno estuviera en sus cabezas o pudiera escuchar sus voces, sabría que están desenredando como nudos de cabello momentos de su vida juntos: los que se derriten como helados de chocolate, los que se atragantan como huesos de pollo, y los que, como agua, pasan sin pena ni gloria.
Para ellos hoy no es un día cualquiera, celebran cincuenta años de casados, y si en muchas ocasiones eran incapaces de recordar qué tenían en la nevera, hoy la memoria les regala un tiempo en el que los achaques y las flaquezas no existen.
—Estabas muy guapa.
—¿Te acuerdas?
¡Quién podía olvidar a la niña de las trenzas! Su hermano, el Juan, no hacía más que vigilarla, huérfanos de padre desde muy chicos, él se había tomado en serio el papel de cabeza de familia. ¡Pobre de aquel que mirara a su hermana!
Cuando empezó a cortejarla, se convirtió en su sombra. Cuando se casaron, ella con dieciocho años, él, veinticinco, para Juan fue la carta de libertad. Poco después fue él quien se echó novia con otros hermanos al acecho.
Galicia, en aquellos tiempos, como hoy, era tierra de señoritos y curas, sólo que ahora se perfuman más y la carcoma huele a rosas. Cuando uno quería salir adelante, lo mejor era atravesar los Pirineos. Ellos fue lo que hicieron. Les llevó más de tres días dejar esa España cateta y sin futuro, viajaron en trenes ruidosos y lentos, y en autobuses de recorridos cortos y evocadores.
Cuando llegaron a París, decidieron quedarse allí, los franceses siempre les habían parecido más agradables que los alemanes, además, Manuel ya les conocía por haber vendimiado en unas cuantas ocasiones. No era un mal lugar.   
Pronto encontraron trabajo en una gran casa del distrito VII. Conocían el campo de Marte y el de Trocadero como la palma de su mano.   
La ciudad nunca la disfrutaron demasiado, se reunían los domingos en torno al parque y junto a otros españoles añoraban ese país de miseria que dejaron atrás. Aunque a finales de la década de los sesenta, las cosas empezaban a pintar de otro color.
La mañana transcurre envuelta en recuerdos de una boda pobre y festiva, y de ese viaje en busca de un futuro que su país no les podía ofrecer.
Volvieron a España cuando Aurelia se quedó embarazada, no habían ahorrado todo lo que querían, pero sí tenían suficiente para comprar una casa con un pequeño huerto, y que quedara “un poco para un apuro”, decían.
Ella pone el agua a hervir, y él la ayuda pelando patatas y zanahorias, las cortará ella, que eso se le da mejor.
—¿Te acuerdas cuando compramos la casa?
—Sí, y sobre todo de los billetes, uno detrás de otro —responde él, haciendo el gesto con la mano de quien deposita algo.
En sus tiempos, aún era posible pagar una casa así, en efectivo, sin la lacra de las deudas. No las regalaban, no. Pero el cambio entre el franco y la peseta, favorecía esas compras hechas con esfuerzo y no sin pocas privaciones.
—Los chicos de ahora no pueden. ¡Hay que ver los años que están pagando!
—Fíjate la nena, veinte años por delante, y que no les vaya mal —contestó él.
—Han tenido mala suerte. Tendrían que hacer caso a los médicos y tener otro.
—¿Y si sale igual? Los niños de hoy día no vienen con un pan bajo el brazo, son un sumidero. Comen dinero.
Adoran a su nieto, pero es una negra sombra sobre sus hombros. Se llama Óscar, tiene ocho años, es un cielo, autista, y un futuro genio de la música. Está bien atendido, pero es una fuente de gastos y tiempo inagotable. Todos los meses, de su exigua paga, destinan doscientos euros a su educación. Si hubiera sido como todos, se divertirían consintiéndole caprichos como ven hacer a todos sus amigos. Pero en su caso, esas extravagancias no serían bien recibidas ni por el niño ni por sus progenitores, y todos temen sus “retrocesos”. En realidad, con el niño siempre es igual, un paso hacia adelante, cinco pasitos hacia atrás.
Mientras Aurelia acaba con el puchero, Manuel acaba de poner la mesa.
—Voy al buzón, hoy han dejado alguna cosa.
Manuel vuelve con cuatro sobres, nada interesante seguramente. Hay una de la Seguridad Social pero ya la leerán cuando sea.
Comer, siesta y a las siete tienen una reunión de vecinos. Les ha insistido mucho la mujer del alcalde en que vayan. Ríen. La mujer es una auténtica petarda, pero recados, sabe dar recados. Es la correveidile oficial de la pedanía. Doscientas almas juntas, separadas del pueblo principal por poco más de un kilómetro por la carretera nueva que hicieron cuando la burbuja esa.
Siguen conservando la independencia, y por muchos años. Les gusta reunirse y tomar las decisiones importantes de las cosas que les afectan, y con el descalabro general de la economía, han comenzado a recibir a bastante gente joven. Las reuniones son en una nave avícola sin uso que pertenece al alcalde. Da igual cual sea el orden del día, las reuniones siempre son divertidas.
Recorren el camino que lleva a la calle principal, cuando llegan a la nave se respira ambiente festivo y cuando entran en ella comienza a sonar a toda pastilla una canción del viejo Tom Jones.
—¿Tú sabes qué se celebra hoy?
Ella le mira con cara de no tener ni idea, ya les informarán.
Cuando llevan cinco metros a la espalda, comienzan a ser conscientes de que ellos son los agasajados. En la aldea les aprecian, saben de sus sacrificios, y simplemente quieren darles un par de horas de fiesta por sus bodas de oro.
Lloran emocionados y reciben algunos presentes, no son ricos, pero les agasajan con algunos detalles, aparte ofrecen una cena de picoteo informal en la que el colesterol y la sal son protagonistas obligados.
Han hablado con todos, bailado con todos, y regresan a casa con un bolso nuevo y dos batas ella, y él, con un nuevo monedero. Un elegante monedero de piel. Es piel de verdad, de la buena, se nota en el tacto y en la suavidad con la que abre el portamonedas.
Llegaron a casa abrumados y agotados, han hecho un despliegue de energía de la que no andan sobrados.
Al día siguiente, se levantan un poco más tarde de lo habitual, y deciden desayunar atendiendo la correspondencia que han recibido el día anterior. No entienden nada de la carta de la Seguridad Social, tiene algo que ver con el tiempo que Aurelia estuvo trabajando en Francia, pero a poco más llegan. El lenguaje de esas comunicaciones siempre es un críptico casi imposible sin la ayuda de un entendido.
Llaman al alcalde, para que pase por su domicilio cuando sea posible y les explique de qué va aquello. No les gusta, no les gusta nada esa carta.
El alcalde es un hombre de mediana edad, con piel morena curtida por el aire. De joven estudió para abogado, hasta que su padre descubrió que en seis años de estancia en Santiago no sólo no había acabado, sino que todavía estaba en segundo curso. El hombre se informó y no, no era lo habitual estar seis años para hacer apenas seis asignaturas. Regresó al pueblo con el hijo de las orejas, y haciéndole trabajar de sol a sol para recuperar el dinero invertido. Nadie dudaba de que el chico se lo había pasado en grande, pero lo cierto es que para estas cosas de las cartas del banco, los panfletos de la luz, los líos de hacienda, algo sabía, y todos los ancianos lo consideraban su hombre de confianza para estos menesteres. La que no les gustaba era su mujer, una tía cotilla que miraba a todos por encima del hombro pero que cagaba en cuclillas como los demás.
Luisa L.Cortiñas
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