Revista Deportes

La casta

Por Malagatoro

Bravura

Del post “En defensa de la casta” publicado por Rafael Cabrera en su blog:

“Decíamos que la emoción nace del riesgo, de la autenticidad de la fiesta. Y es que la fiesta se basa en ese toro que embiste y que puede coger, y un torero que lo evita con valor, técnica, clase, arte, estética y gusto. De ahí nace la emoción, y no el aburrimiento. Las sugestiones, por más colectivas que sean, son otra cosa. La materia prima de la fiesta es ese toro y un torero. Probablemente a muchos críticos les guste más el toro ñoño e inválido, ese que sale día sí, día también, el que se mueve de forma sumisa y borreguil ante el engaño, el que se cae sin cesar durante toda la lidia y apenas puede con el rabo, el que se mueve penosamente entre la muerte súbita y el derrumbe estrepitoso, el que entra al paso como a cámara lenta, el que anda –cuando lo hace- arrastrando pies y manos. Ese es el toro que se canta como prodigioso tantos días, y a ese -apenas semoviente- se le hacen esas mil faenas portentosas que aclaman y proclaman tantos. A nosotros, sin embargo, nos gusta el toro en su integridad y el torero honesto que puede con él, lo domina y somete al mandato de su muleta, y añade las imprescindibles gotas –o torrentes cuando así se poseen- de clase, arte y estética. Pero siempre con la verdad por delante; con el toro de lidia y no con la babosa borreguil indecente y medio muerta.

De ahí que nos dolamos de la principal de las carencias del momento: la casta, la acometividad, esas ganas de pelea, su repetición incesante pese al castigo recibido, pese a la merma de facultades en la lidia. Como no tomemos –todos- medidas en este aspecto la fiesta va a acabar por estrellarse contra el duro pavimento de la falta de interés y de las críticas de los antitaurinos.

Se ha buscado un toro tan cómodo para el torero, que no le moleste y exija tan poco en su embestida, que entre a una velocidad tan exigua y moderada –siempre sin excesos-, que se ha ido fabricando el antecesor directo del toro manso y descastado. En los propios estudios genéticos de la Unión de Criadores, para valorar la bravura, la movilidad y la acometividad –dos de las características en las que se funda la casta- son condiciones casi antagónicas a la toreabilidad y nobleza, ambas ya muy próximas al carácter de mansedumbre. De ahí que muchas vacadas hayan dado ya ese nefasto paso al frente; y basadas en desechos más o menos selectos –más bien menos- de ganaderías dulces y bobaliconas, se han convertido en un semillero constante de reses sosas, mansas, sin casta, sin acometividad, que deslucen cualquier corrida y a las que sólo algunos escogidos son capaces de sacar algún partido, precisamente aquéllos dotados de una sensibilidad fuera de norma y unas cualidades estéticas excepcionales. La fiesta de los toros, con ello, va camino de un aburrimiento infinito, cambiada desde su misma concepción, de lid en tratamiento terminal de un pobre e indefenso animal preagónico. En las manos de los buenos ganaderos está la única solución: la búsqueda incesante de casta y de bravura y el destierro de ese nefasto término que han dado en llamar “toreabilidad” y que sólo esconde borreguez insulsa en las más de las ocasiones.”


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