Mientras la mayoría de los turistas pasaba apurada rumbo a la playa, o se desesperaba por llegar primeros al buffet, yo iba mirando para el otro lado. Es increíble la cantidad de aves que pueden aparecer en esos pequeños rincones donde casi nadie presta atención.
La cigüita recorría el barro y las raíces del manglar con esa forma tan particular de caminar que tienen las especies del género Parkesia: siempre inquieta, revisando cada hoja caída, cada charquito y cada tronco en busca de insectos, pequeños crustáceos y cualquier otro bocado que encontrara. Es un ave migratoria que pasa el invierno boreal en el Caribe y buena parte de América tropical, por lo que para esas especies estos ambientes costeros representan una escala fundamental en su largo viaje, y para nosotros los turistas observadores de aves nos brindan una interesante oportunidad de registrar especies que hasta en esa zona no están durante todo el año.
No será el ave más llamativa por sus colores, pero verla moverse entre las sombras del manglar y poder llevarse unas cuantas fotos fue uno de esos pequeños premios que suelen regalar los rincones menos transitados.
