Revista Cultura y Ocio

La ciudad posee esencia de eternidad, Francisco Casavella

Publicado el 14 febrero 2024 por Kim Nguyen

Prefiero situar la acción de mis historias en lugares en los que he vivido o que he frecuentado muy a menudo. Es decir, Barcelona o entes espaciales menos concretos que han ido formando una especie de aluvión merced a imágenes recordadas o soñadas. En el caso de que fuera sujeto a un interrogatorio policial, tendría serios problemas para responder a la existencia de una vaga Península Ibérica, un vago Madrid o una vaga Galicia, lugares nada exóticos, pero que de un modo u otro surgen en los trayectos de mis personajes. Aunque, de hecho, mis personajes no se mueven mucho de Barcelona. ¿Y qué Barcelona es esa? Pues “Barcelona”. Y dentro de “Barcelona”, el imaginario, más metafórico que simbólico, que ha ido surgiendo tanto de mis magras andanzas vitales como de mi ya no tan breve oficio literario. Así, con mejor o peor fortuna, he levantado lugares entrecomillados que existen, pudieron existir o no han existido nunca, pero a los que me he esforzado por dar un aire de verosimilitud y hasta cierto relieve metafísico, pueden ser “el parque”, “Montjuic”, “La zona alta” o “El barrio marítimo”. Bien poca cosa fuera de contexto, esa es la verdad.

Me gustaría explicar el porqué de ese “relieve metafísico” que he mencionado antes y al que doy tanta o más importancia que a la verosimilitud. Aunque las ciudades tengan una existencia entre su fundación y su ruina, es evidente que podemos fantasear con la idea de su inmortalidad. Para nosotros, al menos para mí, la ciudad, pese a sus transformaciones, a sus construcciones y derribos, a su dinamismo, posee una esencia de eternidad mayor que el cielo o el mar, ya que éstos se funden en aquélla. Supuesta condición inmortal (y siempre sin que se note demasiado) la ciudad acoge a los personajes, y los personajes, aunque nunca se mencione en el texto, la ven como un dios colérico o generoso, y pasean su alegría o su pena, son víctimas o actores, en un marco que les supera. Aunque sepamos que las transformaciones de la ciudad sean obra de las fuerzas económicas y sociales, la sentimos, o al menos yo y alguno de mis personajes podemos sentirla, como ese receptor inmutable pero vivo más allá de nuestra existencia y nuestro destino.

Otras circunstancias que se van haciendo evidentes en las sucesivas apariciones de esa “Barcelona” en mis novelas, son la existencia de otras “Barcelonas” y, algo más importante, el desgaste, aunque yo prefiero llamarle estilización, que va sufriendo mi “Barcelona”.

En cuanto a la existencia de otras “Barcelonas” no hay mucho que decir. Para bien o para mal, en este siglo XX Barcelona parece haber sido una ciudad muy sugerente para muchos de los autores nativos y alguno foráneo. Desde Josep Maria de Sagarra en Vida privada, en mi opinión la primera novela en que la ciudad vive, actúa, se transforma y sigue, otros escritores han ubicado sus narraciones aquí. Lo importante es que el buen sentido y el oficio te enseñan que uno, como la mujer de César, aunque tenga su propia “Barcelona”, tiene que esforzarse en aparentar que es suya.

Me parece más importante el asunto de cómo, a la hora de describirla, tu “Barcelona” se va estilizando. Cuando uno empieza a escribir, o al menos ese era mi caso, le pasa con su ciudad lo mismo que con todo lo que conoce o aparenta ser conocido: quiere contarlo. En el caso de la ciudad, uno, en su afán, parece un registrador de la propiedad: no hay calle de la que no cite su nombre (y hasta el porqué de ese nombre), no hay plaza que sea descrita en todos sus bancos, fuentes, esculturas y ancianos. Con el tiempo, y no es asunto de táctica narrativa, sino de mero cansancio, cuando un o pasea a sus personajes por los mismos lugares, ya no le apetece contar que la fuente de la plaza tiene un chorro potente o flojo, si los niños juegan más o menos o cualquier otro tipo de enumeración que permita revivir el lugar. Es como si la descripción física de la ciudad ya hubiera sido hecha y, volver sobre el asunto, no fuera sino repetirse. De ahí que mi “Barcelona” se vuelva a veces “espectral”, como me ha dicho algún lector. No hay tal espectralidad, amigo, sólo es aburrición. También es verdad que uno, con la edad, ya no disfruta (o sufre, nunca sabe) de súbitos arranques de plenitud (o histerismo). De ahí, aunque no creo que responder a eso esté en mi mano, esa espectralidad, esa distancia, se corresponde bastante con los personajes, con la acción, con el tema y con ese atributo definitivo que todos los novelistas sabemos que existe y es tan difícil de nombrar como crear. Algunos le llaman vida, otros gracias, otros arte.

Francisco Casavella
«La ciudad posee esencia de eternidad»
La cocina literaria
Editorial: Ciervo

Foto: Francisco Casavella, por Marceli Sáenz Martínez


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