Revista Cultura y Ocio

La dama de los cuadernos

Publicado el 13 enero 2012 por Bibliotropismos
Las bibliotecas son como los bosques, pues en ellas podemos encontrar libros cuyas páginas se entrelazan, como las raíces de los árboles, con otros libros. Cuando leí la correspondencia entre Juan Benet y Carmen Martín Gaite, recordé muchas de mis lecturas pasadas de ésta última, del mismo modo que quise volver a releer otros, pero esas misteriosas conexiones me llevaron a la lectura de uno nuevo, La dama de los cuadernos, del escritor alicantino, aunque afincado en Málaga, Raúl Cremades.
LA DAMA  DE LOS CUADERNOS
El origen de esta novela lo podemos encontrar en el libro, del que también es coautor, Cuando llegan las musas, en el que se recopilan los tics de algunos escritores, sus pasiones, sus costumbres, en definitiva sobre el oficio de escribir. En el capítulo dedicado a Martín Gaite, ya adivinamos el germen de lo que luego será esta novela.
LA DAMA  DE LOS CUADERNOSLa dama de los cuadernos es una biografía novelada de la escritora salmantina. Cuando comenzamos a leerla, lo primero que nos llama la atención es la voz narradora, y lo cierto es que el autor ha arriesgado bastante a la hora de escoger a la propia Carmen Martín Gaite como relatora de su experiencia personal. Del mismo modo, había de elegir también un interlocutor idóneo. De todos es sabida la gran preocupación de Martín Gaite por encontrar ese interlocutor ideal, pues como dice en un momento de la novela, “Más o menos desde el año 75 venía yo buscando un interlocutor para contarle mis historias más verdaderas. En realidad, toda mi vida ha sido ha sido un búsqueda constante de interlocutores validos(p. 114); por lo tanto Cremades necesitaba imperiosamente encontrar esa persona a quien Carmen le pudiera contar sus vivencias, y quién mejor que su hija Marta, fallecida a la edad de 28 años. Sin embargo, lo que a simple vista pudiera parecer la perfecta elección, al principio resulta un tanto artificiosa y forzada, pues cuando la madre le va narrando a su hija sus recuerdos de niña, que viene a coincidir con la edad de su hija en ese momento, el autor hace demasiadas explicaciones que, aunque se trate de una niña, por lo obvias que son, resultan innecesarias y aburridas.
Ahora bien, a diferencia de la mayoría de las novelas donde según va avanzando la historia éstas empiezan a decaer, La dama de los cuadernos, por el contrario, cobra más fuerza. Esta evolución coincide, por una parte, con el crecimiento de su hija, cuya figura se va desfigurando, aunque siempre está presente a modo de pequeñas alusiones, “¿Ves Torci, lo mucho que me ayuda hablar contigo?” (p.105); y por otra, ya que cronológicamente coincide con el nacimiento de la vida literaria de Martín Gaite: su primer premio de relato corto Café Gijón por El balneario, el premio Nadal en 1957, su colaboración en Revista española, las tertulias con sus amigos Aldecoa, Rodríguez Moñino, Alfonso Sastre, y muchos más, todos ellos representantes de la Generación de los Cincuenta, o del Porvenir como a ella le gustaba llamarlos, y por supuesto, Sánchez Ferlosio, que luego sería su marido. Luego vendrá la publicación del resto de sus obras, las conferencias, los cursos en Estados Unidos, su tesis de doctorado sobre Macanaz, un ilustrado del XVIII a quien le restituyó su memoria… y admirablemente, a partir de aquí, la novela toma otro cariz. Cremades comienza a sentirse más cómodo en la voz de la propia Gaite. Se aprecia que conoce bien su obra y su vida, y  es ahora cuando la novela va ganando en naturalidad y sinceridad, convenciéndonos y trasmitiéndonos finalmente los anhelos de ambos autores, que en definitiva son los mismos: el amor por los libros, la pasión por la escritura y el placer de ir anotando retazos aislados de toda una vida en los cuadernos, pues parafraseando a Carmen, o a Raúl, qué más da,  la vida es igual que un cuaderno nuevo donde todo está por hacer, y en el que anotamos diversos asuntos, reflexiones sobre libros, pensamientos disparatados o sensatos, en definitiva un collage, de los que tanto le gustaba realizar a Carmen, sin orden ni concierto, pero que va configurando la cartografía personal de cada uno.

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