Revista Cultura y Ocio

La Dama y el Estudiante

Por Revistaletralibre
La Dama y el Estudiante
Por Rafael Antúnez
Antúnez es narrador, ensayista y traductor de origen mexicano. Autor de la novela "La isla de madera", de los libros de cuentos "La imaginación de la vejez", "Mentía usted mejor en París" y "Bajo la pálida luz de neón". Es autor del libro de ensayos "Nostalgias de un fumador" y de una biografía del poeta Jaime Sabines: "Mide mi corazón la noche". Como traductor ha vertido a nuestra lengua el "Bestiario de amor" de Richard de Fournival, "La noche misteriosa de Ledo Ivo", "El mar, el amor y la muerte" (Antología de novelas cortas italianas), "El escarabajo y otros cuentos" de Dino Buzzati, una antología de ensayistas ingleses, "El arte de la tentación" y "El cordero vegetal" de Henry Lee. El cuento siguiente se denomina "La Dama y el Estudiante" y es tomado de "Bajo la pálida luz de neón" (UNIEDICIONES, Colección Zenócrates, 2018), libro que reúne casi en en su totalidad los relatos escritos hasta la fecha por el autor.

Vine a la ciudad de México porque Roberto, a quien siempre consideré una persona seria, todo propiedad, juró, luego pedirme una fuerte cantidad a préstamo, que me presentaría con el maestro.
Él fue quien me invitó a la fiesta, pues sabía de mi admiración por Orozco y lo mucho que deseaba conocerlo. No pensaba en otra cosa que en verlo y en decirle cuánto lo admiraba: «usted es el mejor pintor de México, a su lado Siqueiros y Rivera no son sino unos embarratelas, pintores de brocha gorda». Estaba seguro de que no me sería difícil lograr su amistad y, más tarde, convencerlo para que me hiciera un retrato. ¿Conocen el de Rosa Flores de Orozco, los de Lupe Marín o el de Cardoza y Aragón? Bueno, pues algo así soñaba que el maestro hiciera con mi rostro, que lo dotara de toda esa fuerza que hay en su arte.
Cuando llegué, la fiesta ya estaba en su apogeo. Crucé el amplio salón en busca de alguna cara conocida, pero no hallé a nadie. Por fin, luego de dar varias vueltas, vi a Roberto cerca de la barra. Él, que siempre se dijo amigo de todo el mundo y a quien, hasta esa noche, siempre consideré una buena persona, me había jurado y perjurado que me lo iba a presentar. Me acerqué sonriendo hacia él y lo saludé de la forma más cordial que pude. A su lado estaba una vieja cargada de joyas, quien a juzgar por sus ojos y lo poco que aún no deformaba en su rostro la gordura, debió ser bastante bonita hace uno o dos siglos. Roberto me la presentó como a una de sus más grandes y queridas amigas (¡el muy hipócrita!). Y en cuanto vio que le estaba estrechando la mano (una mano rechoncha y sudada), se disculpó y dijo que regresaba en cinco minutos, que los dos estábamos en buenas manos (el muy cabrón me abandonaba en las garras de un monstruo y tenía el descaro de decir que estaba en buenas manos).
–¿Es usted estudiante de medicina?
–No, estudio leyes, pero la verdad es que no sé a qué me voy a dedicar...
–Pues ya está usted bastante grandecito para no saber qué hacer con su vida. ¿No cree?
–Pues sí, pero siempre he sido indeciso. Es mi principal caratterística.
–Oiga..., me parece..., yo he oído esa voz..., tenía una amiga de juventud incapaz de decir, por ejemplo "distracción", siempre decía "distratción"..., sólo he conocido a una persona que tuviese ese defecto, y era ella; ahora, el otro es usted. ¿Será posible que tuviese algún parentesco con Pilar Bermúdez?
–Es mi madre.
–¿Así que es usted hijo de Pilar Bermúdez? –me dijo–. Yo la conocí en el colegio francés, ¿nunca le habló de mí?
–No que yo recuerde.
–Comprendo que no lo haya hecho. Apenas y nos conocimos, por supuesto ella es mucho más grande que yo. Mi padre era embajador en Madrid y fue trasladado a Austria a principios de 1897. Al principio, para mí fue una desgracia. ¿Imagínese? –me decía la gorda entre trago y trago, con una familiaridad que a mí, francamente me desconcertaba–. Si nunca quise irme a Madrid... En ese tiempo yo era muy tímida, así que ya se imaginará lo que sentí cuando papá nos ordenó alcanzarlo en París, para llegar juntos a Austria. No se puede imaginar lo que lloré. En París me la pasé encerrada en el hotel. Pero cuando llegué a Austria, a pesar de no haber cumplido aún los quince años, empecé a asistir a las fiestas y recepciones que constantemente se ofrecían en la embajada. Y fue ahí donde la conocí.
–¿A mi madre?
–No, por supuesto que no. ¿Qué iba a hacer su madre en Viena? Si la pobre por ese entonces no tenía ni en qué caerse muerta. No, yo me refiero a la persona que mayor importancia ha tenido en mi vida: Frida... ¿Cómo que cuál Frida? Por supuesto que no es la puta en la que está usted pensando. No me extraña que lo ignore. Me refiero a Frida Uhl. La incomparable Frida. Ella siempre dijo que conocerme le había dado buena suerte. Lo decía porque ese fue el año en el que pudo obtener su divorcio del monstruo. Y mire que digo monstruo con respeto y con asco. Porque August era un monstruo, un gigante en el arte, pero para Frida, y para buena parte de los que lo conocimos, Strindberg era un monstruo. Sí, sí, sé que exagero. A él no se le podía conocer, a menos que se estuviera a su nivel. Pero ¡¿quién podía estarlo?! Bueno, déjeme decirle unos cuantos nombres (aunque imagino que usted no ha de conocer a ninguno): Nietzche, Ibsen, Hamsun y, por supuesto, mi adorado Edward. ¡Claro que hablo de Munch! ¿Pero en qué mundo vive usted? Eso es lo triste de México: aquí nadie sabe nunca nada. Todo mundo es tan ceporro y tan zafio.
–¿Usted conoció a Strindberg? –dije sin poder creer que esa barrica de manteca enjoyada y medio ebria, hubiese llegado a conocerlo realmente.
–¿Pero no se lo acabo de decir? ¡Sólo unos cuantos pudieron conocerlo! Los demás, los simples mortales como nosotros (déjeme aclararle que cuando digo nosotros, no incluyo a los pendejos, sino a los que, como yo, nacimos con gran sensibilidad para el arte). Le decía, nosotros, sólo pudimos vislumbrarlo, acercarnos a él por sus obras. Y eso porque él lo quiso así. A veces sospecho que siempre lo supo, que estaba totalmente consciente de que no era comprendido, de que estábamos imposibilitados para entenderlo. Si no, ¿por qué cree usted que toda su obra no es sino una transposición apenas disimulada de su vida? Toda su obra no es más que un desesperado intento por mostrarse, un inmenso y desgarrador autorretrato del monstruoso genio incomprendido que era él. Y por favor no me venga con esas estupideces de que estaba loco. ¡Era un genio!, sí, pero también, y quizá muy a su pesar, un monstruo y un grandísimo hijo de puta. Era alto y hermoso, sus ojos de un azul brillantísimo, capaz de desarmar a cualquiera con una mirada... Pero, y estoy segura de que usted lo ignora, en el fondo no era más que un hombre temeroso, algo tímido y con una inmensa necesidad de amor y de paz. Un hombre lleno de temores. ¡Y todos perfectamente justificados! No sabe usted las que pasó con esa piruja de Siri Von Essen. El pobre hombre. Toda mi vida he buscado a Dios y sólo me he topado con el diablo, escribió en un libro del que estoy segura usted no conoce ni el título.
Y la muy perra estaba en lo cierto. Lo poco que sabía de Strindberg era porque había ayudado a una amiga a traducir un artículo sobre él, y porque todo el que llegaba de París, llegaba hablando maravillas de sus obras. Pero yo nunca olvido un nombre, menos si es el de un escritor famoso. Eso me evita leerlos y me basta con asentir a lo que se dice a favor o en contra de ellos, para que todo el mundo crea que los he leído. Y por supuesto que no iba a dejar pasar la magnífica oportunidad de enterarme de vida y milagros de un autor al que los exquisitos de Xalapa siempre traían en la boca y del que esa vieja despreciable parecía saberlo todo.
–Porque aquí en México –dijo–, y nunca me canso de repetirlo, a lo ignorante de todo el mundo hay que sumarle lo pendejo que son. Sí señor. Aquí es el paraíso de los pendejos... Siempre lo he dicho. Y no veo porque alguien habría de ofenderse si es la verdad. Aquí no hay quien no se suba a un ladrillo que no se maree.
De pronto, a nuestro lado, apareció el maestro acompañado por un hombre al que yo no conocía. Ambos saludaron a la vieja con gran familiaridad y ella, para mi sorpresa, los trató con cierta indiferencia.
–¿Sigues dibujando pirujas, Clemente?
–¿Quieres que te haga un retrato? –le respondió el maestro. Era el momento que tanto esperaba, por lo que estaba en esa fiesta y el muy cabrón de Roberto que no aparecía y la vieja que no se daba por enterada de que yo estaba a su lado muriéndome de ganas por ser presentado. Reuní valor y ya me disponía a decirle al maestro lo mucho que lo admiraba, cuando él reparó en mí y dirigiéndose a la gorda, le dijo:
–Pero hemos interrumpido tu charla con el joven y es algo que, conociéndote, no me puedo perdonar. Tino, dejemos a Gertrudis con el joven.
Y sin decir más, se alejaron de nosotros. La gorda me miró furiosa y me dijo:
–¿Ya ve? Por su culpa he perdido la oportunidad de platicar con Fernández y con Clemente. Esto me saco por hablar con gente que ni conozco. ¿Quién nos presentó, en dónde nos conocimos?
–Roberto, fue Roberto Ruiz, hace una media hora.
–¡Ay sí! perdóneme mi querido joven, pero si es usted. Eso es lo malo de que aquí haya tanta gente. Uno se confunde. En Europa las cenas nunca hay tanta gente. No que aquí, fíjese, no invitaron a las sirvientas de Peralvillo porque Dios es grande.
Vaciaba las copas de champaña con una facilidad asombrosa y no dejaba de ver para todos lados, cazando a los meseros cuando pasaban a su lado con las charolas de los bocadillos. Era todo un espectáculo verla comer. Desaparecía los canapés a gran velocidad, para después hablar pestes sobre la calidad de los mismos. Y lo más asombroso era que el champaña, al parecer, no le afectaba demasiado.
–Le puedo jurar, mi estimado joven, que en el pub más miserable de Londres se puede hallar mejor comida que en esta fiesta.
–Sin duda debe ser por la guerra. No ha de ser fácil encontrar...
–¡No mencione la guerra! –de pronto las aletas de la nariz le empezaron a latir con fuerza y pequeñas gotas de sudor perlaron su frente–. Es la causante de todas mis desgracias. ¿Usted cree que yo hubiese vuelto a México voluntariamente? ¡Ni loca!. Sería lo penúltimo. Pero esos perros... ¿Sería tan amable de traerme un par de canapés?
Tomé varios en un plato y se los llevé, sólo para comprobar que esa maldita elefanta estaba rematadamente loca. En vez de agradecerme el favor, exclamó indignada:
–¿Pero usted cree que yo estoy en engorda? Fui muy clara al decirle que sólo deseaba «un par de canapés». En fin, mi educación me obliga a darle las gracias. Aunque le confieso que no son sinceras.
¡Vaya con la muy perra! Dejó de hablar y se puso a devorar los canapés sin ningún miramiento. Y el muy cabrón de Roberto que no aparecía por ningún lado. La gente se me quedaba mirando y cruzaban sonrisas burlonas. Saludaban a la gorda con gestos cordiales, pero nadie era tan tonto para detenerse. ¿Por qué Orozco y Fernández sí lo habían hecho?
–¿Y hace mucho que usted conoce a Orozco?
–Pues sí, se puede decir que sí. Yo le hice algunos encargos cuando nadie daba un centavo por él. Recuerdo la cara que puso cuando le mostré unas tintas de Munch. Se quedó de una pieza. ¿Quizá usted haya oído hablar de él?
–¡Claro que he oído hablar de él! Yo mismo –mentí–, he traducido algunos ensayos sobre su obra. No entiendo por qué se empeña usted en tratarme como un ignorante.
–¡Claro que no lo entiende, nadie me entiende! Con todo y que mi vida es un libro abierto, nadie en este guarro país puede leerlo.
–¿Está escrito en francés?
–No sea usted tonto ni vulgar. Está escrito en buen gusto, en alta cultura. Los dos idiomas que este país no ha aprendido a hablar todavía. En cambio en Austria... Porque aquí donde me ve, yo me he codeado con grandes personalidades. En mi casa, cuando ni siquiera en Austria era conocido, comió Artur Schnitzler, sí señor. Era tan fino y dueño de un sentido del humor tan delicioso... y también Von Hofmansthall. Años más tarde, logré que Strauss me vendiera el libreto original de El caballero de la rosa...
–¿Y Strindberg también fue a su casa?
–¡Claro que no! El no vivió en Austria, en ese año. Es algo que usted debería saber, si es cierto eso que dice de haber traducido sus obras.
–Pero usted me dijo que en ese año se había divorciado de Frida Luth...
–¡Uhl, Frida Uhl! Y ciertamente, dije que ese año ella obtuvo el divorcio de August, pero nunca, óigalo bien, nunca dije que él estuviera en Austria en el mismo año que yo. El estuvo un poco antes, para ser exacta, en 1896. Le conocí en París, recién salido de aquella profunda crisis. Cuando supo que yo era amiga de Frida, su actitud, casi siempre hosca hacia las mujeres, cambió radicalmente. Conmigo fue siempre un caballero. Aunque si he de serle franca, si algo le sobraba a August eran motivos para despreciar a las mujeres. Cualquier hombre que hubiese padecido la desgracia de vivir con Siri von Essen, tenía todo el derecho de volverse misógino. Y sin embargo August no lo era, no del todo. Cuando conocía períodos de tranquilidad, era un gran conversador. Le gustaba tocar el piano y dar largos paseos. Si no fuera por la guerra, yo estaría en este momento en mi casa de París y podría mostrarle las dedicatorias de su puño y letra. Así como lo oye, de su puño y letra. Incluso el bosquejo de un cuento que no sé si llegó a escribir. Bueno eso sí puedo mostrárselo cuando quiera, porque mis cartas siempre las cargo conmigo.
–¿De veras?
–¡Pues claro!, ¿Acaso está usted insinuando que soy una mentirosa?
–Perdón, no quise decir eso.
–Entonces, ¿qué quiso decir?
–Sólo fue una etspresión.
–Se dice expresión, mi querido joven. Le aconsejo que si no puede superar ese defecto, nunca se pare en París, porque nadie le va a entender una palabra.
Cada vez que la vieja me hacía una de las suyas, renegaba del mal nacido de Roberto. Por su culpa estaba yo ahí, perdiendo la oportunidad de conocer a Orozco y de pilón a Justino Fernández. Y si me quedé oyendo toda la noche a la gorda, no es como luego el desgraciado de Roberto anduvo contando, por una tinta de Munch que ella me prometió, sino por oír el cuento de Strindberg, que al parecer, por lo que Usigli me contó después, sí era un inédito, pues esa anécdota no se encontraba ni en sus cartas ni en ninguno de los libros de cuentos que dejó publicados, y además Strindberg la menciona en dos cartas (Usigli me las tradujo del sueco). Y si yo anduve contando que la vieja era una mentirosa, fue porque la muy cabrona nunca me dio un dibujo que me había prometido. Y no era de Munch, sino de Orozco, a quien esa noche volví a ver platicando muy animado con, sí, no es difícil adivinarlo, con el infeliz de Roberto, y el muy cabrón, cuando se dio cuenta de que los estaba mirando, se hizo el disimulado. Y cuando más tarde le reclamé, tuvo el descaro de decirme que el maestro, al verme y enterarse de mis intenciones, le había dicho que ni loco iba a pintar a alguien con cara de gaznápiro como yo, que nunca rebajaría su arte a las alturas de mi rostro. Lo cual no es sino una de las muchas mentiras, que por años, Roberto (quien por cierto nunca me pagó) anduvo diciendo de mí. Porque si bien es cierto que él me presentó a la mala foca de Gertrudis, no es verdad que yo le haya rogado esa noche para que se fuera conmigo. Porque la muy cabrona, cuando se dio cuenta de que me estaba muriendo de ganas por sonsacarle lo del cuento de Strindberg, no hizo otra cosa que darme evasivas. Que si Paul Morand, que si Lazo, que si Villaurrutia, que si Siri von Essen le puso los cuernos a August con hombres y con mujeres, que si lo quiso meter en un manicomio, que si esto y lo otro, pero del cuento de Strindberg ni una palabra, hasta que ya muy tarde, cuando casi no quedaba nadie en la fiesta y ella estaba completamente borracha, soltó la prenda.
–Pero antes, prométame que nunca lo divulgará.
–Se lo prometo.
–En una ocasión, cuando Strindberg tenía dieciséis o diecisiete años, acudió a ver a su padre (fue una de las pocas veces que lo visitó), cuando éste estaba ya muy grave. Durante todo el camino se había ido repitiendo que nunca tendría otra oportunidad mejor para decirle que lo odiaba, que no lo iba a perdonar. Imaginaba la escena y se deleitaba con ella. Pero al estar frente a él, no pudo decirle nada. El viejo, totalmente acabado, le confesó que siempre había sufrido, por causa de su madre, ya que ella nunca lo aceptó totalmente, pues siempre había sido más fuerte que él. ¡No quiero litigar contra tu madre –le dijo–, pero te juro que te estoy diciendo la pura verdad! ¡Como lo oyes! ¡No sabes lo que me han atormentado, siendo inocente, esas mentiras durante tantos años! No quería perturbar tu paz mental, te veía tan joven y nunca quise sembrar en ti dudas sobre la verdad y sobre la bondad de tu madre, y por eso me callé, pero créeme que he sido su víctima durante toda nuestra vida de amantes, cargando todas sus faltas sobre mis espaldas, pagando las consecuencias de todos sus errores, hasta que acabé considerándome yo mismo el culpable. ¡Y no tardó ella en creerse, primero, irreprochable, y en seguida la víctima! «Echame la culpa a mí» solía decirle yo cada vez que se metía en algún lío. ¿Y ella me la echaba!, ¿y yo? ¡aguantaba! ¡Pero, cuanto más me debía, tanto más me odiaba con el odio inmenso del agradecimiento, y acabó por despreciarme, para darse a sí misma fuerzas con la idea de que había sabido engañarme! ¡Y, por si esto fuera poco, te enseñó a ti también a despreciarme, porque necesitaba un apoyo en su debilidad! Yo creía y esperaba que su alma mala, pero débil, moriría cuando murió su cuerpo, pero el mal vive y medra como la enfermedad, mientras que lo sano se para en un cierto momento y comienza a ir para abajo. ¡Y así, por ti, me convertí en un desgraciado, siendo bueno como era; en una bestia, siendo sensible; en un granuja... Y ahora comprendo tu odio, y comprendo que no desees perdonarme ni creerme, pero yo he cumplido con decirte la verdad.
Ya te podrás imaginar lo que el pobre de August sintió. Porque en ese momento quiso arrodillarse y pedirle perdón, pero no pudo y salió a la calle, odiando a las mujeres, desconfiando de ellas, sabiendo que no se puede confiar en nadie, porque si uno evita una trampa, es para caer en la siguiente. Y ahí lo tiene otra vez de cuerpo entero, buscando a Dios en todo momento y a cada momento topándose con el Diablo. Yo lo comprendo muy bien. Y usted, si algo bueno quiere sacar de esta noche, acompáñeme a mi casa.
Y claro que acepté. Yo había venido con la ilusión de conocer a Orozco, ¿y a quién vine a conocer?, a esa barrica de grasa, embustera y mentirosa, que bajo la promesa de darme un dibujo del maestro, me engatusó, me utilizó y nunca me dio nada. Y para colmo, Roberto se reveló como lo que es: un soberano cabrón, mentiroso e hijo de puta. No hicimos de llegar a su casa, que ella en írseme encima. Y al día siguiente, tuve que oír sus ronquidos, respirar su aliento alcohólico, sus pedos, sentir su cuerpo grasoso y fláccido junto al mío, ver su vientre: horriblemente surcado por estrías, mientras esperaba a que se despertara, para pedirle lo que me había prometido.
No hizo de oírme, que ponerse a gritar como loca. Me acusó de haberme aprovechado de que ella había bebido una copa de más, para saciar mis bajos instintos.
–Usted no es un caballero.
–Pero, si usted me lo prometió.
–¡Yo!, ¿qué te prometí?
–Usted me dijo muy claramente que si algo bueno quería sacar esta noche, que la acompañara a su casa. Yo creí que me iba a dar el cuento de Strindberg o la tinta de Orozco. Usted dijo...
–Será mejor que te vistas.
–Pero y...
–Con todo, yo soy una dama y no puedo dejar que te vayas con las manos vacías.
Por un momento creí que la vieja iba a cumplir con su promesa y me vi en Xalapa, presumiendo de poseer una de las primeras tintas de Orozco o, de perdida, una carta manuscrita de Strindberg.
–Grábatelo muy bien. Ya que dudo mucho que vayas a leer a Strindberg, por lo menos recuerda estas palabras suyas: ante lo imposible no queda más que la desesperación–me dijo y me acompañó hasta la salida. De un empujón me echó a la calle y cerró la puerta. Y entonces yo, que sólo vine por conocer a Orozco y que nunca en mi vida había leído a Strindberg, supe lo que era andar buscando a Dios y toparse con el diablo.

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