Revista En Femenino

La empatía

Publicado el 27 septiembre 2012 por Hogaradas @hogaradas

Por Hogaradas
Busco en la Wikipedia el significado de la palabra “empatía”, y me encuentro con esta definición: “sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra.”
Es evidente que la seńora directora de la entidad bancaria que visité ayer por la mańana,no tuvo la suficiente participación afectiva en la realidad que me afecta, o lo que es lo mismo, pasó olímpicamente ni de contemplar siquiera la más mínima posibilidad de quitarme una comisión que se había cargado en mi cuenta, y la cual, a día de hoy, y con la correspondiente carta que lo acredita, sigo considerando un abuso.
Durante casi toda mi vida profesional me he visto obligada a lidiar con personas de todo tipo, tanto del género femenino como del masculino, y creo que la experiencia ha hecho que sea capaz de percibir la existencia o ausencia de empatía casi al vuelo.
Ayer me sucedió, aunque quizás por el tiempo de calma en el que me veo inmersa desde hace unos meses, no le di demasiada importancia a mi intuición, y me senté delante de la susodicha extendiendo la bandera blanca, o lo que es lo mismo, con mi DNI y la carta en cuestión que acreditaba que si me había tomado las molestias de esperar durante más de veinte minutos a que me atendiera, era porque tenía la esperanza de que ese tiempo de espera no fuera en balde.
Nunca la había visto con anterioridad, y mientras esperaba que me atendiera, tras una mampara, solamente pude escuchar su voz y la cordialidad con la que trataba a quien en ese momento se sentaba frente a ella para efectuarle su consulta, una voz de la que, a priori, no saqué ninguna conclusión, ni buena ni mala. Lo que sucedió después fue lo que me hizo comenzar a sospechar que nuestro encuentro, al menos para mí, no iba a ser del todo satisfactorio, ya que tras salir de su escondite para hacer unas fotocopias y después de verme, se tiró otro buen rato extra charlando animadamente con su contertulia, de temas completamente ajenos a la actividad bancaria o a cualquier consulta relacionada con ella, por lo que pude intuir que le importaba un auténtico cuerno tenerme esperando a pie firme al otro lado de la mampara.
Aun así, repito, me senté enarbolando la bandera blanca, aunque eso sí, un rato después salí de allí con el cuchillo de guerra entre los dientes.
Tras explicar el motivo de mi visita comprobé inmediatamente que me había encontrado con un muro infranqueable, tanto, que ni tan siquiera se dignó a coger el ratón, entrar en mi cuenta y echar un vistazo, a pesar de que la invité incluso en dos ocasiones a hacerlo. Pero estaba claro que la seńora directora, sentada en su maravilloso trono de oro y haciendo alarde de todo el poder que el mismo le otorga, no tenía ni la más mínima intención de echarme un cable, pusiera como me pusiera.
En vista del éxito, de que aquello era un diálogo para besugos y de que mi tensión comenzaba a subir acusadamente, decidí tirar la toalla y retirarme, como me gusta y suelo hacerlo, discretamente, en esta ocasión no a mis aposentos, sino a la calle, donde afortunadamente lucía el sol y podría desahogarme a gusto, tal y como lo hice, mientras se lo contaba a mi marido.
No tenía ganas de discutir, le dije, estamos hablando, me dijo ella, en fin, que unas veces se gana y otras se pierde, pero esta vez para celebrar mi derrota, una vez cancelada la cuenta, por supuesto, y siguiendo a rajatabla la letra de la canción, me iré de comilona y a los postres, con la copa en la mano diré aquello de: “quiero brindar, brindar, brindar, por mi amarga derrota”
Va por usted, seńora directora.


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