Revista Opinión

La estación a ninguna parte

Publicado el 16 junio 2012 por Carmentxu

Vivo junto a una estación de metro fantasma, desterrada hace tiempo del paraíso de lo real, el sueño deficitario de un Gobierno efímero que, al igual que la estación, tampoco llegó a ser nunca y que fue sustituido por otro, o quizá por él mismo, el mismo que lleva años aturdiéndonos y aletargándonos para luego amputarnos sin que nos rebelemos. La estación espera en silencio a algún viajero apresurado que la devuelva el sentido que perdió cuando el barco empezó a escorar y los bocetos del proyecto se deslizaron pendiente abajo por la mesa de caoba de algún despacho oficial.

La estación a ninguna parte
La estructura de acero y cristal que surge a la superficie es hoy un mausoleo de aquel proyecto enterrado que sirve de entrada a intrincados pasadizos hacia un andén conectado con otras estaciones igualmente vacías, apenas estructuras, esqueletos que son un monumento a lo inacabado que recuerda todo lo que quedó por hacer. Está custodiada día y noche por unos pocos operarios aburridos, inmigrantes que vinieron a trabajar a España hace mucho tiempo. Llevan tanto allí, dando patadas al polvo, que bien podrían ser de aquí y que el sol los haya oscurecido hasta convertirlos en impuros de una casta inferior.

La estación forma parte de una línea fragmentada de metro que durmió el sueño democratizador y despertó convertida en unos puntos suspensivos en un plano de metro. Los túneles, vacíos y oscuros, que conectan como cadenas a estos fantasmas han empezado a quejarse por las noches. Cada pequeña grieta, un desencuentro; cada gotera, una batalla perdida; cada desconchado, un desdén.

Porque ese es el sentimiento: el de olvido de esta gran estación equipada con la última tecnología en infraestructuras, materiales seguramente ecológicos, sistemas de refrigeración sostenibles y un diseño que buscaba integrarse en el entorno, no molestar. Hoy, su entorno es un descampado de una gran manzana de superficie, tierra y guijarros secos donde languidece, expuesta a la intemperie, la maquinaria sucia y ya con síntomas de oxidación, de la misma manera que languidece sin un lugar adonde ir el proyecto de un estado del bienestar, también democratizador, en una tierra árida y sin destino. En esta tierra han empezado a brotar aquí y allá pequeños matorrales, malas hierbas antisistema. Quizá no esté todo perdido y, a falta de adoquines y de cemento que la sepulten definitivamente, la naturaleza sigue a lo suyo.


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