










En la tarde del 29 de julio de 1773 se produjo un movimiento sísmico en la antigua capital de la colonial Capitanía General de Guatemala. La fuerza del terremoto fue tan grande que acabó destruyendo muchos de los edificios e iglesias de la ciudad, que ya fue llamada desde su fundación como ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Según cuenta la Historia, cuatro días después del terremoto, el Capitán General, don Martín de Mayorga, presidió una Junta General para tomar las decisiones que ésta determinara sobre los daños habidos en la ciudad. Acudieron las autoridades civiles y eclesiásticas, estando ésta última representada por el entonces arzobispo de Guatemala, don Pedro Cortés y Larraz, nacido en Belchite, Zaragoza, en 1712.
Don Martín de Mayorga era partidario de desmantelar y abandonar la ciudad, trasladándola a otro lugar lejos de allí. Pero se encontró con la dura, tajante e inflexible determinación del arzobispo Cortés. Como resultado de esa reunión se decidió comunicar al rey Carlos III y al Consejo de Indias de la situación peligrosa de las edificaciones, y de la necesidad de levantar otra ciudad en otro valle, lejos de los volcanes que rodeaban a la antigua población; y a los que se les hacía, además, responsables de aquella tragedia. En diciembre de ese mismo año hubo una repetición sísmica, lo que reforzó la posición de los que apoyaban el traslado. En enero de 1774 se acabó aprobando por el Consejo de Indias un traslado interino, eventual, hacia aquel otro valle de toda la ciudad y de todos sus requerimientos. Ahora ya no se trataba sólo de levantar una nueva ciudad a decenas de kilómetros de allí, lo que se cuestionaba era ya, realmente, la supervivencia de la antigua población. El arzobispo luchó durante años enviando misivas a Madrid, a la corte, a los obispos, al Consejo, a todos, para tratar de evitar el desmantelamiento de lo que quedaba de aquella hermosa y antigua ciudad, fundada ya por el año 1543.
En 1777 don Martín de Mayorga tan presionado estaba ya por el obispo Cortés, que llegó a escribirle al mismísimo rey: Difícil es describirle a su Majestad los estragos que ocasiona la inflexibilidad de este caballero, y el empeño que ha contraído para atraerse a los demás a su causa. Sin embargo, el arzobispo, don Pedro Cortés y Larraz, tuvo que acabar abandonando su ciudad con destino a España, ante la resolución firme y definitiva de la Corona. Acabó sus días en la diócesis de Tortosa, falleciendo al final en Zaragoza, en 1787. En el año 1779 el nuevo virrey de Nueva España, Bernardo de Gálvez, ordenó el desalojo y la total demolición de la ciudad antigua. Afortunadamente años después esas órdenes no acabaron por cumplirse del todo. Y, con el tiempo, la antigua ciudad se convirtió en un enclave mantenido y conservado por algunos criollos y colonos nacidos allí, lo que permitió que siguiera existiendo a unos cuarenta kilómetros de la Nueva Ciudad de Guatemala, la actual capital del país. En 1979, casi doscientos años después de aquellos hechos, la vieja ciudad, la llamada ahora Antigua de Guatemala, fue declarada por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad.
En Filosofía se entiende por identidad la relación que mantiene cada entidad consigo misma. Sobre todo la identidad cualitativa, la esencial, la que tiene que ver con sus elementos más intrínsecos, con lo que es en sí, sin tener en cuenta la simple y superficial apariencia. Sin embargo, cuando se define una igualdad, cuando dos cosas son idénticas, en matemáticas por ejemplo, se acepta que los dos miembros deben ser iguales. Pero, también, cuando en una misma organización sus miembros cambian, son otros, aquélla sigue siendo la misma, sigue teniendo su identidad. A esta curiosa paradoja se le ha dado en llamar Paradoja de Teseo. Al parecer, el famoso barco en el cual el héroe mitológico Teseo regresó de Creta con los jóvenes rescatados del Minotauro, fue conservado durante años por los atenienses. Éstos mantenían el barco reponiendo las tablas estropeadas por otras nuevas. Entonces, algunos filósofos discutieron sobre la identidad de las cosas. Mientras unos argüían que el barco seguía siendo el mismo, otros defendían que ya no lo era. La cuestión parecía de este modo: si se hubiesen sustituido todas las tablas del barco, ¿estaríamos ante el mismo barco de Teseo? Y, si las maderas antiguas, las sustituidas, después de haberse almacenado, se hubiesen utilizado para hacer otro barco, ¿cuál sería, de serlo alguno, el original, el auténtico barco de Teseo?
Un escritor británico, Douglas Adams (1952-2001), escribió en 1991 su obra Mañana no estarán: en busca de las más variopintas especies de animales al borde de la extinción. En ella relata: Una vez, en Japón, fui de visita a un templo en Kyoto y me sorprendí al observar lo bien que el templo había resistido el paso del tiempo, desde que fuera construido en el siglo XIV. Entonces me explicaron que el realidad el edificio no había resistido, ya que había sido quemado dos veces hasta los cimientos en este siglo. Entonces pregunté, ¿o sea, que no es el edificio original? Al contrario, por supuesto que es el original, contestó sorprendido. ¿Pero no se incendió?, insistí. Dos veces, respondió. Pero, entonces, ¿cómo es posible que sea el mismo edificio? Siempre es el mismo edificio, contestó. Y tuve que admitir que era el mismo edificio. La idea del mismo, su finalidad, su diseño, son conceptos inmutables, son la esencia del edificio.
Con los seres humanos es parecido. Cuando nos reflejamos en un espejo, ¿qué vemos realmente?, ¿nuestra identidad o lo que parece que es ésta? Lo que somos, lo que verdaderamente somos, no tiene nada que ver con la apariencia. Por esto, las rozaduras del tiempo no deben ajar la esencia auténtica de cada uno. Lo que parece y vemos no tiene por qué ser ni la identidad, ni el valor, ni la justificación de una vida. En arquitectura además, sobre todo, se ha discutido mucho sobre la conveniencia o no de reformar las ruinas históricas y artísticas de la antigüedad. En algunos casos sí se ha hecho. Por ejemplo, con el histórico Puente Romano de Córdoba (España). En otros casos las ruinas, como Antigua, San Juan del Duero en Soria, Itálica en Sevilla y Belchite en Zaragoza, se han mantenido tal y como el deterioro del desamparo de los años las han dejado.
En Belchite nació el arzobispo don Pedro Cortés, el mismo que luchó por no abandonar a su suerte su antigua ciudad centroamericana. Casi ciento sesenta años después una guerra destruyó su pueblo natal. Y aún hoy así sigue. En Belchite se llevó a cabo en 1937 una de las batallas más sangrientas de la guerra civil española. Fue declarado el pueblo ruina nacional en conmemoración de aquella batalla. Hoy, como un monumental pueblo fantasmal, nos demuestra las contradicciones de las identidades, de las preservaciones y de las falsas maneras de consagrar un patrimonio cultural que, sin embargo, siempre, siempre, debe ser conservado, disfrutado y habitado.
(Cuadro barroco de Rubens, El aseo de Venus, 1615; Cuadro del pintor ucraniano actual Michael Garmash, Belleza intemporal, figuración; Óleo de Paul Signac, Mujer peinándose, 1892, Puntillismo; Cuadro del impresionista Degas, Madame Jeantaud frente al espejo, 1875; Fotografía actual del Puente Romano de Córdoba (España), ya reformado; Fotografía del archivo municipal de Córdoba del Puente en los años cincuenta; Fotografía de una iglesia ruinosa de Belchite (Zaragoza); Fotografía de la ruina de la antigua iglesia de San Martín de Tous en Belchite, de estilo mudéjar; Fotografía actual de la ciudad Antigua de Guatemala; Fotografía actual del Arco de Santa Catalina y el volcán de Agua, en Antigua de Guatemala; Cuadro con el retrato del arzobispo don Pedro Cortés y Larraz, siglo XVIII.)
