Revista Ciencia

La ignorancia como llave de la infelicidad

Publicado el 19 octubre 2013 por Rafael García Del Valle @erraticario

Según el budismo, la ignorancia es la causa primera de todo sufrimiento. Curiosamente, la misma causa que en el Occidente sobrecivilizado se encumbra como madre de la felicidad. Aunque el tema no es una disyuntiva oriente/occidente, pues por estos lares hubo un tiempo en que ciertos humanos también pensaban igual.

Más bien, parece un asunto de pereza vital, un engañarse para pretender vivir sin vivir, que la ilusión y sus ficciones son la auténtica vida y que la vida auténtica, por incómoda y exigente en esfuerzos, no merece la pena ser vivida. Disfrutar la no-vida y hacer de ella la única vida posible; ¿en eso consiste la vida?

Y esto da lugar a la paradoja fatal que es la incapacidad para tener experiencias, salvo la experiencia del simulacro, de la acción controlada que busca hacer soñar que se experimenta la libertad y las ganas de vivir. Y efectivamente, cuanto más se mete uno en el comercio de las ganas de vivir, menos se vive y más ganas se tienen.

Cosas del sistema. Sea lo que sea eso…

Al fin y al cabo, todo es cuestión de aumentar la cantidad de hormonas en sangre; cómo se haga no parece tan importante. Aunque hay quienes piensan lo contrario y afirman que si se sabe que algo no es real ese algo ya no vale. Es entonces cuando alguien preguntará aquello de “pero qué es real“. Y se liará parda.

Lo de la incapacidad de tener experiencias se lo he sacado a Giorgio Agamben, que dice que la existencia sin experiencia es el mal de la modernidad:

Esa incapacidad para traducirse en experiencia es lo que vuelve hoy insoportable –como nunca antes—la existencia cotidiana, y no una supuesta mala calidad o insignificancia de la vida contemporánea respecto a la del pasado (al contrario, quizás la existencia cotidiana nunca fue más rica en acontecimientos significativos). Es preciso aguardar al siglo XIX para encontrar las primeras manifestaciones literarias de la opresión de lo cotidiano.

(Agamben, Infancia e historia) 

Hoy en día ha venido a echarnos un cable la tecnología sometida a la evasión, que elevada al cuadrado –es lo que hay que hacer, según dicen los que saben, para que una función de onda se materialice, elevar al cuadrado— colapsa en partículas de entretenimiento que, tras un largo proceso de decoherencia por el que las relaciones interparticulares van perfilando con mejor traza la estupidez inherente al universo –aunque hasta ese preciso momento de la cuadratura sólo existía en estado latente y potencial—, termina denominándose cultura.

Es entonces, y sólo entonces, cuando la cultura recién nacida de la nada permite la experiencia de la no-experiencia para sentir que se ha experimentando; siempre con prisas para, en el momento de la muerte, y sólo en el momento de la muerte, descubrir que no se ha vivido. Pero eso lo decía Thoreau cuando se iba a los bosques para vivir sin prisas. Hoy, si se viviese sin prisas y se descubriese mucho antes del momento de la muerte que en realidad no se ha vivido hasta que se decidió vivir sin prisas, el sistema social del mundo occidental se derrumbaría en menos tiempo de lo que tarda un siervo de Goldman Sachs en destrozar el sistema financiero internacional. Quizás por eso hay que experimentar con prisas, para no experimentar en absoluto y seguir buscando la experiencia definitiva: “una experiencia manipulada y guiada como en un laberinto para ratas”. De nuevo, era Agamben.

O sea, que se vive sufriendo por llegar a ser feliz con la intención de ser feliz para no vivir…

O quizás era no vivir para ser feliz…

O algo…

Un listillo concluiría que la vida es sufrimiento, y sería feliz.

Otro más listillo diría que la vida es jauja, y sabríamos que vive entre ficciones.

Si no se entiende, seguro que las complementariedades de Bohr ayudan a asimilarlo.

O no…


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