
Las violentas manifestaciones en toda Europa se equivocan de culpable
Las tremendas manifestaciones, disturbios, acampadas, incendios, asaltos, saqueos… que están asolando diversas capitales europeas se llevan a cabo para exigir educación de calidad, viviendas dignas para todos, elevación de los salarios, mejoras para los obreros, lucha contra el capital y el empresario y, en fin, lucha de clases. Sin embargo, el problema de fondo en las llamadas democracias occidentales es el gigantismo de los estados
Hoy, los estados democráticos se han convertido en verdaderos monstruos con cientos de miles personas que conforman burocracias infinitas que, lógicamente, se llevan cantidades ingentes de dinero que proceden (¡cómo no!) de los impuestos del ciudadano de a pie. Y lo peor es que este monstruo no deja de crecer y, por tanto, exige más y más para mantenerse. Y luego está el hecho de que la ideología se ha situado por encima de la realidad, de la eficacia, de las verdaderas necesidades de los ‘paganinis’.
Hay aun muchas personas, muchísimos jóvenes, que abominan del capital, del capitalismo, del empresario y la empresa privada; sin embargo, el empresario (habrá de todo claro, desde explotadores a honrados) es quien crea puestos de trabajo; y aquí hay que insistir: en tanto que personas, hay ‘buenos y malos’, o sea, siempre habrá aprovechados sin escrúpulos que sólo mirarán el beneficio personal, pero también los hay que se preocupan por sus trabajadores, que sean justamente remunerados, que tengan buenas condiciones laborales y, en fin, que estén bien atendidos.
Pero en las sociedades democráticas occidentales, donde mandan los partidos políticos, cargos, sillones y poltronas, el verdadero culpable de las precarias condiciones educativas (siempre necesitadas de más medios), sociales, laborales o habitacionales es siempre el estado, que en lugar de destinar los recursos de todos (o sea, los impuestos) en beneficio de todos, en el bien común, se gasta la mayor parte (a veces más de la mitad) en sí mismo. Así, cada estado tiene docenas de presidentes (de gobierno, autonómico, regional, local…, de empresas y sociedades públicas, de instituciones y organismos sin fin), cientos de ministros, miles de consejeros y altos cargos, decenas de miles de asesores, de secretarios y subsecretarios…, y cada uno cuenta con sus propias oficinas y medios materiales (ordenadores, móviles, automóviles, dietas, viajes, hoteles…), y medios humanos: escoltas, chóferes, auxiliares, oficinistas, ayudantes… Súmese el coste de todo eso y se llegará a la conclusión de que ese monstruo insaciable llamado estado se queda con la mayor parte de lo aportado por los curritos y empresas; y eso sin contar con los gastos que se van a subvenciones innecesarias otorgadas según ideología y no según necesidades comunes reales. Además hay que añadir lo que cuesta mantener organismos e instituciones afines y, como no puede ser de otro modo, lo que va a los bolsillos particulares de los que gestionan los fondos y sus amiguetes.
Siempre se ha subrayado que en el mundo de capitalismo (abundan quienes lo identifican como el demonio, pero la realidad es que las alternativas se han demostrado peores, muchísimo peores) hay tres clases sociales: ricos, clase media, y pobres. La realidad es que hay muchas ‘subclases’ dentro de cada una de ellas y que no son estamentos cerrados e impermeables; o sea, no son pocos los casos de hombres y mujeres que partiendo de salarios mínimos han llegado a la cima empresarial y a la abundancia de ceros en sus cuentas corrientes; y tampoco son raros los que nacieron en familias adineradas y privilegiadas que han terminado pobres. Y en ambos casos han sido ellos los causantes de los ascensos y descensos. En el polo opuesto están los que no consiguen salir de la necesidad más absoluta, ya sea porque no han tenido formación, son manirrotos con la gestión del dinero y recursos, toman malas decisiones, caen en las drogas, no quieren esforzarse, tienen muy mala suerte, se ven obligados a trabajos pésimamente remunerados, son engañados y/o explotados por indeseables… Y entre ambas están las clases medias, que en occidente son mayoritarias, que viven con mayor o menor desahogo, compran sus viviendas, van de vacaciones (modestas en la mayoría de los casos), viven de sí mismas y siempre están pendientes y dependientes de los precios.
Pero el caso es que en los estados comunistas, socialistas o, en fin, de economía planificada por el estado, también hay clases sociales; así, al igual que en el mundo capitalista, en el comunista están los privilegiados, los que viven más o menos bien y los pobres y muy pobres. Por ejemplo, en la extinta Unión Soviética las clases más pudientes estaban copadas por los altos funcionarios del gobierno, del partido, de la policía, del ejército y de los sindicatos; luego estaban los funcionarios medios que, si se portaban bien y obedecían sin rechistar, conseguían vivir justo por encima del umbral de la supervivencia; y finalmente los obreros, los que poblaban las fábricas, condenados a una vida de subsistencia, a vestirse con harapos, a hacer turnos de doce horas, a pasar hambre hasta la desnutrición, a padecer enfermedades y accidentes con escasa atención, a ver cómo sus hijos morían de inanición o desatención… Y cada uno de estas tres clases tenía su propio carnet que indicaba a qué tenían derecho, se llamaba “propus” y en esa tarjeta se indicaba qué podían o no podían comprar, a qué tipo de comida podían acceder, a qué transporte tenían derecho, dónde podían vivir: ya fuera en casas con criados, en viviendas de dos habitaciones o en pisos compartidos por varias familias con cocina y baño común; y para la inmensa mayoría de la población (dos de esas tres clases sociales) el “propus” indicaba cuál era su obligatorio destino de trabajo para siempre. En fin, en los ‘paraísos’ comunistas y socialistas las clases sociales estaban (y donde aún hay, siguen estando) perfectamente delimitadas, cerradas e impermeables.
En conclusión, la protesta (legítima si no es violenta) ha de ir contra quienes reparten el dinero público, que siempre se quedan con la mayor parte. El tirano no es el sistema capitalista (¿alternativa?) sino el estado, que exige más y más impuestos, más burocracia, más cargos y más dinero para sí mismo.
CARLOS DEL RIEGO
