Revista En Femenino

Las vacaciones son para el verano

Por Mamaenalemania
Los asuetos veraniegos, esos merecidísimos respiros anuales que profesores y pedagogos aprovechan para convalecer tics nerviosos de diversa índole, padecen una infravaloración educativa de lo más injusta.
Va en serio.
Entiendo que, así a primera vista, pueda resultar complicado atisbarle algún tipo de secuela instructiva a una sucesión de calurosas semanas en las que proliferan helados, escasean preceptos y los horarios brillan por su ausencia. Pero es que, de ordinario, los progenitores solemos tener la mala costumbre de intentar vacacionar también - aunque sea un poquito - y eso implica, ante todo, dejarse al sargento interior en casa.
Este inusual flematismo parental es acogido, como bien era de esperar, con alegría y alborozo sin límites por parte de los polluelos. Por lo menos al principio.
Y es que, tras meses de noes constantes, brócoli semanal y jornadas repetitivas, a nadie le amarga un poco de anarquía vital ¿no creen?
Lo que ocurre, señores, es que el desgobierno tiene per se una deficiencia importante. Si no me creen, pregúntenselo a mis retoños. Porque eso de gamberrear a placer será muy bonito, pero que te vandalicen a ti no lo es tanto. Y lo que tiene la  ausencia de jefatura es que conlleva, necesariamente, la falta de jurisprudencia equitativa.
Quién ha pegado a quién primero o si ha sido sin querer o queriendo, son asuntos relegados al invierno y la rutina educacional. En verano, la convivencia constante y las subsiguientes contiendas fraternales en bucle se solucionan con el inculpamiento de todas las partes. Por igual. No me importa quién haya empezado esta vez, acaba siendo siempre - siempre - el veredicto final.
Esto, que de primeras como que no parece demasiado didáctico, aplicado a diario tiene unos efectos asombrosos sobre la autonomía y la comunicación infantil. Vamos, eso que unos llaman gestión eficiente de conflictos y que yo llamo madurar.
O ya me dirán ustedes si no es un logro estar escuchando, en la lejanía, uno de los frecuentes esparcimientos masculinos de mis criaturiten - de esos que, sin falta, acaban en llanto - y, de pronto, discernir un lamento ahogado y ningún mamááááááááááááá. Sobre todo porque, cuando me asomé discreta a evaluar la fechoría en cuestión, me encontré al Mayor tapando con destreza la boca y el ojo derecho de Destroyer.
¿Todavía ves por este ojo? preguntole mi primogénito a su hermano, retirando al tiempo la mano que lo cubría. Un "zí"cómplice y amortiguado se dejó oír de inmediato a través de la palma silenciadora.
Vale, entonces te suelto. Pero no llores.
Y no lloró. Acto seguido le metió una colleja retributiva, eso sí, pero el otro la aceptó con deportividad y tan amigos, oigan.
Para que luego digan que la autorregulación social es utópica. Aunque, pensándolo bien, igual es pronto para cantar victoria y en invierno me toca mediar de nuevo.

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