Revista Coaching

Las verdes praderas

Por Jlmon
LAS VERDES PRADERAS

Las grandes crisis acostumbran a coger totalmente desprevenidos a los reconocidos gurús de la ciencia económica. Recuerden, por ejemplo, el optimismo declarado por el panel de expertos de Harvard, indicadores incluidos, poco antes de la debacle de 1929 o, sin ir más lejos, la fe ciega de Greenspan en el mecanismo ciego del mercado ante una situación que, según sus palabras, era lo normal cada cien años. Por cierto, ¿qué ha sido de Greenspan? Es posible que se encuentre dando los últimos retoques a una revolucionaria teoría de ciclos que deje en pañales a Kondrátiev. En cualquier caso, estos mismos expertos son quienes primero reaccionan aunque de forma totalmente estéril.

La primera estrategia acostumbra a estar centrada en la búsqueda del culpable aunque siempre sutilmente oculta bajo la apariencia de sesudo análisis factorial que, por supuesto, acaba despejando cualquier duda sobre la imposibilidad de haber previsto la hecatombe, evidencia que, de paso, les libra de cualquier atisbo de culpabilidad. Recuerden, sin ir más lejos, la arrebatadora conclusión de Greenspan: los culpables no fueron los derivados, sino la avaricia desmedida. La ventaja de la avaricia es que no tiene ni nombre, ni apellido y menos aún razón social por lo que resulta difícil hacerle llegar cualquier tipo de demanda civil.

Una vez concluido el ritual del culpable exculpatorio, llega el momento de ofrecer soluciones y en esto los expertos tampoco se muestran muy finos aunque no podía ser de otra manera. El asunto no está en evolucionar hacia un nuevo escenario, sistema o cómo se le quiera llamar. La premisa básica es partir de la aceptación de que el sistema es bueno en sí mismo aunque desgraciadamente se ve afectado por turbulencias cíclicas de mayor o menor recorrido. No es nada nuevo. El hombre es bueno por naturaleza, pero el libre albedrio la acaba pifiando, hablando en plata. Algo tan viejo como Adán, la manzana, el plato de lentejas y toda una serie de ocurrencias culinarias que acaban por conducirnos al purgatorio redentor que habrá de llevarnos, una vez más, a las verdes praderas de la expansión y la prosperidad. Tuvimos una momentánea debilidad allá por los años treinta del pasado siglo cuando creímos que el milagro Keynes podía acabar con la fatalidad de los ciclos, pero la alegría nos duró menos que un melón en Villaconejos. En definitiva, no somos otra cosa que desgraciados tataranietos del esforzado Sísifo que, por otro lado, miren ustedes por donde, fue un decidido impulsor del comercio aunque la avaricia acabó por llevarle a la perdición. Y es que, al final, va a tener razón el amigo Greenspan en sus valoraciones. La avaricia rompe el saco y, de paso, también fulmina el concepto de orden espontaneo del escrupuloso Hayek. Al concluir la década de los ochenta del pasado siglo, las ideas de Keynes parecían olvidadas, pero surgió un nuevo remedio al fatalismo, esta vez en forma de cataclismo arquitectónico con la caída del Muro de Berlín y la creencia en la victoria definitiva del viejo capitalismo. Habíamos conseguido llevar la piedra hasta la cumbre y ahora, ante nosotros, se extendían los verdes prados, pero en realidad, se trataba de un falso llano que escondía una caída vertical hasta lo más profundo del valle.

Aunque resulte difícil de admitir, las grandes crisis son incomparables oportunidades de construcción de nuevo conocimiento. Cuando estallan, su luz, en lugar de cegar, ilumina oscuras verdades que habían quedado ocultas en el optimismo mal informado de la opulencia y es que la crisis es la gran simplificadora que todo lo explica aunque , en realidad, habría que decir que explica “casi todo”. Pese a su clarividencia, no llega a explicar porque se confía el futuro a quienes han destruido el presente. Tampoco llega a explicar la autocomplacencia de los “sabios” que tarde o temprano acaban recurriendo a los bajos instintos como prueba irrefutable de que la ciencia económica es cierta aunque no necesariamente verdadera. Difícilmente explica porque siempre acaban pagando los platos rotos quienes apenas tenían vajilla mientras que quienes poseían cubertería de alpaca ahora la tienen de oro. Nos sorprende el fatalismo de las clases bajas, pero no menos aún el conformismo de las llamadas acomodadas mientras que la minoría estratosférica se refugia en el silencio hasta que cese la tormenta. Como no podía ser de otra forma, pagan justos por pecadores aunque se acaban sacrificando algunos rufianes de poca monta por aquello de dar ejemplo y guardar las formas. Esperaremos a “tocar fondo” para empezar de nuevo a empujar la roca hacia la cumbre como si de una liberación se tratara. En el camino, encontraremos falsos llanos que apacigüen nuestra impaciencia. Sí, ya no será como antes porque no puede serlo. El placebo del Estado del Bienestar ya ha cumplido su papel engullendo, entre otros, a una socialdemocracia que prefirió el plato de lentejas a una dieta equilibrada, pero sanadora. No sabemos cómo se llamará la nueva adormidera, pero es seguro que se está sintetizando en oscuros laboratorios de selvas olvidadas.

Al final va a resultar que no somos otra cosa que resignados esclavos de la caverna que tan sólo intuimos lejanas sombras, reflejos de verdes praderas que existen más allá de los guardianes que nos vigilan. Pero, ¿quién vigila a los que nos guardan? Esta y no otra es la cuestión.

Pero no nos resignemos…

Las crisis simplifican la realidad y de paso lanzan su luz sobre la oscura caverna, tan sólo debemos atrevernos a avanzar hacia la salida y descubrir que, lejos de existir el vacío como amenazan nuestros guardianes, se encuentran las verdes praderas.


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