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Libro de Fabio McNamara, "Colorissimo". Prólogo de Jesús Alcaide

Publicado el 19 diciembre 2010 por Hermidaeditores
Libro de Fabio McNamara, Colorissimo. Prólogo de Jesús Alcaide.
BRILLO, MÁS BRILLO
Señoras y señores, chicos y chicas, madames et monsieurs: La pintura ha muerto.
No hace falta que saquéis los pañuelos. Tampoco gastéis dinero en publicar esquela en los diarios. Ya se pasó el tiempo de los llantos y las plañideras. Malevich se la llevó en su geométrico ataúd y Warhol la sepultó bajo el óxido de sus piss paintings. Después llegó Danto a teorizar sobre su fin y ya en nuestros días han sido muchos los que han estado comprimiéndola y expandiéndola, minimizándola o extralimitándola de las fronteras del cuadro para acabar en el mismo punto de partida. La pintura ha muerto. ¡Viva la pintura!. Discursos minimal y planteamientos all over painting, pintura derramada por las paredes blancas del museo o ensamblada en grandes bastidores que actúan como esculturas. Pintura dentro y fuera del museo. En las calles y en los mostradores de cualquier tienda de cosmética y perfumería. 
Escribir sobre la pintura de Fabio Macnamara es complejo. Escribir sobre Fabio es difícil. Lo mejor, es vivirlo, experimentarlo, compartir con él un viaje en coche o sentarte a su lado en un restaurante esperando a que abra la boca y suelte uno de sus grandes epitafios. Pero hoy toca escribir sobre su pintura, no sobre la gran obra de arte total que es él. Hoy toca hablar sobre la forma en que Marilyn y Warhol se le han aparecido junto a la Virgen de Lourdes y el Cristo de Velázquez, para inspirarle sus últimas obras.
Fabio es capaz de colocarle a Bowie un Loboutin en el hombro y un cuerpo con una curva praxiteliana que ya quisiéramos más de uno para con estas estrategias de seducción devolverle a la pintura algo que parecía haber perdido en el camino: brillo, color y sentido del humor. 
A medio camino entre el Doctor Moreau y el Doctor Monereo, Fabio crea por una parte seres híbridos y mutantes que parecen haber salido de los experimentos genéticos de la isla del primero y por la otra, muertos vivientes que tras pasar por las manos del segundo se convierten en portada de cualquier magazine trendy o revista de moda internacional. 
Desde la época en que se reunía con sus admirados Costus y Tino Casal a leer el Hola y pintar en la casa de la calle la Palma, Fabio no ha dejado de pintar. Y no la mona, como algunos piensan, sino a intercalar entre sus diferentes experiencias musicales, algunas series pictóricas que deudoras del “chochonismo ilustrado” de las primeras y del vampirismo pictórico del segundo, han hecho de las pinturas de Macnamara, un número de varietés en el que como en alguna de sus canciones se mezclaba el teatro negro y la comedia rosa, el chiste y la tragedia, las vanitas y las vanidades. 
Si Warhol mató a Norma Jean antes que Marilyn falleciera en la soledad de su casa californiana, Fabio la devuelve a nuestros días, envuelta en purpurina y maquillaje de MAC. Si Warhol puso en venta su aura mientras que la reproductibilidad de su imagen había hecho que como dijera Benjamin ya se hubiera perdido ésta, Fabio nos la devuelve en tondos circulares acompañada de Nefertiti sobre cuadros neoplasticistas a lo Mondrian, pues éste será otro de los caminos a seguir por sus últimas pinturas, por un lado una relectura del pop y por la otra, una de la vertiente geométrica y más abstracta de la action painting y la pintura de campos de color norteamericana. 
Si el pop norteamericano surgió como contrapartida a la seriedad de la action painting y la pintura de campos de color (colour fields painting), Fabio pone en marcha la maquinaria de transvampirización para mezclar ambos códigos genéticos y crear un nuevo estilo pictórico, el “glitter field painting” o pintura de campos purpurina, que convive con las otras experiencias pictóricas en un interminable vernissage.
En esta última línea de trabajo, que Fabio denomina como Basura de lujo sideral (Sideral Trash Luxury), se resume en pocas palabras las que han sido sus constantes desde que comenzara a dedicarse a esto en los años ochenta. 
Escribiendo este texto me viene a la memoria ese impagable documento audiovisual que es la entrevista que Paloma Chamorro le hacía a Fabio y Almodóvar en La Edad de oro. Sólo ver a Fabio con esos pantalones de cuero negro, guantes de raso rosados y chaquetilla torera fregando el suelo del escenario y echándose laca, mientras Pedro canta moquito a moco, bastaría para haber convertido ese momento en uno de los grandes hitos de la performance de nuestro país y del queer hispano.
De la basura al brillo, del glam a lo popular, del Metropolitan al vertedero y del Prado al lodazal, la pintura de Fabio ha descubierto una nueva vía de salida a la intrascendente trascendentalidad. La pintura ha muerto. Y en su lecho de muerte alguien la escucha susurrar: Brillo, más brillo.
 
Jesús Alcaide

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