Revista Cultura y Ocio

Lo que no tiene nombre - Piedad Bonnett

Publicado el 24 marzo 2020 por Elpajaroverde
Con el oído del corazón oigo la música secreta de tu cuerpo,
el crepitar de tus huesos creciendo,
un animal poderoso que te sube en la voz,
la turba de tus sueños, las mareas
que con fuerza te alejan de mi orilla.
Por los rincones todos de la casa
vas dejando tu antigua piel,
y abrumado y espléndido descubres
tu desnudez que humilla los espejos.
Yo torpe, yo asustada,
desde mi torre ondeo mis pañuelos.
Abandonas
tu tierra de milagros donde es rey el silencio,
tu universo de ciegos resplandores
sin mirar hacia atrás.
En la mañana
en que trémulo vuelvas la cabeza
para leer las cifras de aquel tiempo,
un mar de sal te velará los ojos.
Ser madre (o padre) es dejar alejarse cada día un poco más a los hijos. Estoy pensando que tal vez el único momento en que el hijo es verdaderamente de la madre es el embarazo, esos nueve meses que pasa guarecido en el vientre materno. A partir de ahí la maternidad consiste en ir soltando cada día un poco más el cordón umbilical imaginario vestigio de ese otro entonces físico. Ya de niños los hijos sorprenden con sus misterios cerrándose en banda a compartirlos, celosos de una intimidad que hace a sus padres sonreír por sentirla pueril, encubriendo al adolescente latente en ellos que produce en sus progenitores conatos de una exasperación futura. Luego llega la adolescencia, que es como cruzar un umbral, una especie de purgatorio, tal vez, en el que ni se es ni no se es. Tras ella llega la adultez y con ella en muchas ocasiones una especie de reencuentro, un explorar nuevas formas de comunicarse entre padres e hijos. Pero no, no nos engañemos, el hijo es siempre un ser extraño para los padres por bien que lo conozcan; las madres no saben todo a pesar de la creencia popular; el hijo, ese satélite que de bebé orbitaba siembre en torno a papá y mamá (si es que no son ellos los que siempre han orbitado en torno a él) ha sabido guardar siempre muy bien su cara oculta.
No soy madre, así cualquiera de vosotros que acabéis de leer esto y sí lo seáis (o padre) podéis rebatir cualquiera de mis frases anteriores. Piedad Bonett sí lo fue. Lo es, porque tiene dos hijas vivas. Lo fue, porque tuvo un hijo que ya no es.
«Quiero compartir mi sensación de que nuestra angustia ha cesado, pero también la suya. Y ahí me detengo, porque decir que ya descansó sería incurrir en un burdo lugar común y en una ingenuidad que no se ajusta a la realidad. Esta es mucho más cruel: Daniel no descansa porque no es. Lo que hacíamos corresponder con ese nombre se ha disuelto, ya no puede experimentar nada».
Lo que no tiene nombre - Piedad Bonnett«Daniel murió en Nueva York el sábado 14 de mayo de 2011, a la una y diez de la tarde. Acababa de cumplir veintiocho años y llevaba diez meses estudiando una maestría en la Universidad de Columbia». No sé si es correcto seguir llamando a Piedad Bonnett su madre pero no existe en el diccionario término alguno para designar a quien pierde un hijo. Lo que no tiene nombre, se titula el libro que hoy os traigo. Hay muchas cosas más para las que no hay palabras en él amén de ese sentimiento de orfandad inversa en la línea genealógica.
Piedad Bonnett es madre, pues, pero también es poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria. Las palabras son su arma y su consuelo. Las palabras son lo único que tiene para exorcizarse, para comprender, para aceptar.
«Dani, Dani querido. Me preguntaste alguna vez si te ayudaría a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensé mil veces: sí, te ayudaría, si de ese modo evitaba tu enorme sufrimiento. Y mira, nada pude hacer. Ahora, pues, he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme».
El poema con el que abro esta entrada se titula Daniel creciendo y su autora evidentemente es Piedad Bonnett. No está recogido en este libro. Llevo tiempo queriendo leer a la colombiana y en concreto me interesaba su faceta de poeta, así que, a pesar de que elijo su prosa para viajar a América (Piedad Bonett es la autora elegida de ese continente para el club de lectura Viajar leyendo autoras), decido también no postergar más mi deseo de adentrarme en su poesía y me hago con una antología que lleva por título el de uno de sus poemas, En caso de emergencia, y que contiene una selección de textos de los ocho libros de poemas publicados por la autora. Está editada por la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana. No era mi plan inicial pero ante el cierre físico de las bibliotecas públicas hay que buscarse alternativas y esta ha sido un verdadero regalo inesperado.
Cuando Piedad Bonnett escribe este poema tan solo es una madre consciente de que su hijo se aleja de ella con cada centímetro que se estiran sus huesos, con cada milímetro que se ensanchan sus espaldas, con cada pelo que brota en su barbilla, con «la turba de tus sueños, las mareas que con fuerza te alejan de mi orilla». Nada que la diferencie de cualquier madre que asista incrédula a la extrañeza de un hijo que despierta a la pubertad a excepción de la capacidad de traducir esa extrañeza a bellas palabras. Para entonces aún no se había revelado la verdadera cara oscura de su Dani.
«Yo soy mi cabeza. Ahí reside la integridad de mi personalidad, lo que soy. Pero ahora mi personalidad está dividida. Estoy habitado por otro, y ese otro recuerda, desgraciadamente, al que en verdad soy. No puedo ser ni uno ni otro. Sin droga, no soy yo. Con droga, dejo de ser yo».
La droga que se cita en el fragmento anterior no es ninguna ilegal. Se trata de una medicación prescrita. Porque Daniel Segura Bonnett estaba enfermo. Era un enfermo mental. Y el 14 de mayo de 2011, a la una y diez de la tarde, fue él quien tomó la decisión de terminar con esa disociación que era su yo y que a la vez le impedía ser él; fue él quien voluntariamente se precipitó al vacío.
Sí hay término para designar el suicidio. Sí lo hay para la enfermedad mental y cada una de sus variantes. Sí hay término para la esquizofrenia. Pero son nombres que se usan poco, que se acallan, que se silencian.
«Me corresponde a mí, finalmente, correr el velo de la incertidumbre y señalar lo que en el auditorio ni sus amigos, ni sus primos, ni sus maestros ni sus exnovias ni casi nadie sabe: que ese muchacho que tuvo amigos y fue amado y se enamoró y estudió con ahínco y pintó y dibujó con pasión, ese que a veces se veía alegre y bailaba y viajaba cada vez que podía, cargó durante ocho años con una aterradora enfermedad mental que convirtió sus días en una batalla dolorosa y sin tregua, a la que él le sumó el esfuerzo desmesurado de parecer un ser corriente, sano como cualquiera de nosotros».
Piedad Bonnett descorre un tupido velo con este libro. Lo hace con la destreza de su pluma y con la delicadeza de su mirada de poeta. Con su bagaje de lectora también. Me encuentro en sus páginas con un poema de la maravillosa Wisława Szymborska cuyo Paisaje con grano de arena leí hace más de un año. Cita varias veces a Javier Marías y su novela Los enamoramientos. Le asustan los síntomas que Virginia Woolf cuenta en uno de sus libros sobre su propia enfermedad. A mí en cambio me impacta sobremanera un extracto que nos comparte del relato Signos y símbolos de Navokov.
La colombiana escribe con años de oficio pero es la madre y la mujer la que se siente en este libro. Si tuviera que elegir una palabra para ella no recurriría a un nombre sino a un adjetivo calificativo, el de generosa. Bonnett nos da muchos motivos para explicar por qué ha escrito este libro pero, de entre todos ellos, yo me quedo con uno (y no es el que más peso tiene para ella) que es, según sus propias palabras, «porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras».

Lo que no tiene nombre - Piedad Bonnett

Piedad Bonnett en el jardín de Casa de América, fotografía de Casa de América


Piedad Bonnett cuenta su dolor, su impotencia, sus dudas, tal vez incluso su culpa, pero también nos cuenta cómo se enfrenta una familia a la enfermedad mental de uno de sus miembros, qué obstáculos tiene que afrontar y qué otros afronta el enfermo. De los de este último, tal vez la familia no sepa en su totalidad hasta que ya es demasiado tarde. El enfermo los sufre en soledad porque no quiere preocupar a los que ama. Porque quiere ser uno más. Porque no quiere sentir rechazo. Tal vez porque no quiere inspirar el miedo que él mismo siente.
«En efecto, no eres como los otros. Los mensajes que tus cientos de neurotransmisores deben conducir a cada una de tus neuronas cerebrales, que son millones, te llegan en forma distorsionada porque las sinapsis, sus imperceptibles membranas, no están cumpliendo su función. Quizá tu dopamina sea excesiva, quizá falle tu dosis de serotonina, o tal vez no haya equilibrio entre estas nobles damas y la norepinefrina. ¿Cómo voy a saberlo, si la fuerza reguladora de tus emociones y tus reacciones está ubicada en un punto escondido, cerca de la base de tu cerebro? Por eso ves que el piso se ondula, que el ojo de tu maestro crece de manera descontrolada, que la ventana se te acerca. Por eso oyes dentro de ti un llanto que no cesa, o que alguien respira sobre tu nuca. Por eso tienes miedo, ganas de encerrarte, de huir de los pasos que taladran tu oído. Por eso ves la parte y no el conjunto, por eso has olvidado todo ahora que has terminado de leer. Pero la ciencia no te abandona. Abre la boca, cierra los ojos. Siente sobre tu lengua la pequeña gragea que hará el milagro. Es el siglo XX o el XXI, ten fe. ¿Risperidona, haloperidol, clorpromazina, olanzapina, aripiprazol? El nombre no debe importarte. Te basta con saber que es un antipsicótico, un producto de última generación. Es verdad que puede no servirte, incluso que puede excitarte aún más, hacer que te arrojes al vacío, pero en la mayoría de los acasos funciona, puedes estar seguro. Te atontará un poco, sí, y es posible que te den mareos al levantarte. Por eso ve con cuidado. Quizá te sientas lento, lejano, desasido del mundo, indiferente; quizá te dé sed, te ponga a salivar, te vuelva rígido. Tal vez tiembles, tengas tics, dolores en las piernas y en los brazos. O te vuelvas impotente. Y eso sí, buena parte del tiempo te sentirás soñoliento. De eso se trata. De aniquilar tus excesos de dopamina, de adormecer un tanto tu cerebro, de matar esos malditos demonios. Si te dieran convulsiones, llámanos. O si tienes mirada borrosa o dificultad para tragar. Si tomaras durante mucho tiempo podría darte acatisia, mira qué nombre. Eso quiere decir que tu cuerpo querrá estar en permanente movimiento, desasosegado. O por el contrario, podrías sentirte de piedra, como una bella estatua condenada al reposo. Tu capacidad de comprender puede ralentizarse, tu conversación puede volverse pesada. Pero todo esto es por tu bien. Para que en tu cabeza los pensamientos no giren de esa manera vertiginosa, no te rapten y te alejen, no estallen dentro de ti y desintegren tu yo. No podrán curarte, eso no. Pero ya no te hacemos la lobotomía. Ya no te ponemos electrochoques ni te amarramos dentro de una camisa de fuerza, ni te bañamos con agua fría ni te arrancamos los dientes. Como ya te dije, estos son los maravillosos avances del siglo XXI».
Termino con otro poema de la anteriormente citada antología. Tanto este como el del inicio los he escogido porque creo que complementan esta reseña pero Piedad Bonnett tiene poemas maravillosos y verdaderamente hermosos con versos como escritos para uno que se te clavan, te revelan, te remueven, que te producen extrañeza y confusión porque apelan a esa extrañeza y confusión que todos llevamos dentro. No dejéis de leer su poesía. El que elijo como cierre se titula como su primer verso: Pido al dolor que persevere. Yo persevero en todo lo que me ha provocado esta lectura y pienso en el dolor de Piedad, en el de su familia, en el de Daniel y en que ingenuamente he llegado a creer que leyendo este libro había absorbido todos ellos. Pero no, es imposible, de ser así no hubiese podido escribir esta entrada; yo no soy poeta como Piedad Bonnett y por tanto hay dolores para los que no tengo palabras ni nombre.
Pido al dolor que persevere.
Que no se rinda al tiempo, que se incruste
como una larva eterna en mi costado
 
para que de su mano cada día
con tus ojos intactos resucites,
con tu luz y tu pena resucites
dentro de mí.
 
Para que no te mueras doblemente
pido al dolor que sea mi alimento,
el aire de mi llama, de la lumbre
 
donde vengas a diario a consolarte
de los fríos paisajes de la muerte.

Lo que no tiene nombre - Piedad Bonnett

Reverse, obra de Jenny Saville. Fotografía de Graeme Churchard


Podéis admirar la obra artística de Daniel Segura Bonnett aquí
Ficha del libro:Título: Lo que no tiene nombreAutora: Piedad BonnettEditorial: AlfaguaraAño de publicación: 2013Nº de páginas: 136ISBN: 978-84-20414-98-0



Viajar leyendo autoras: con la lectura de Lo que no tiene nombre y de En caso de emergencia continúo mi participación en el club de lectura #ViajarLeyendoAutoras organizado por Isa Martínez (@MtnezIsa@readingsnorth). La iniciativa consiste en lo siguiente (copio y pego de la descripción del club facilitada por Isa en el grupo de facebook en el que se desarrolla el mismo):

Club Viajar Leyendo Autoras 2020:
Las lecturas serán bimestrales. En enero y febrero viajaremos a África. En marzo y abril viajaremos a América. En mayo y junio viajaremos a Asia. En julio y agosto haremos el viaje especial a España. En septiembre y octubre viajaremos a Europa. Y por último, en noviembre y diciembre viajaremos a Oceanía.Cada bimestre, a través de una encuesta, escogeremos una autora y cada uno leerá la obra u obras que decida.Iremos comentando nuestras elecciones, compartiendo impresiones y haciendo recomendaciones.Para leer en marzo y abril han sido propuestas Piedad Bonnett, Valeria Luiselli y Wendy Guerra, siendo elegida por votación la primera de ellas.
Piedad Bonnett nació en Amalfi, Antioquía, Colombia en 1951. Es una reconocida y premiada poeta, novelista, dramaturga y crítica literaria. Es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes, en donde ha ejercido como profesora de Filosofía y Lengua. Destaca también por su labor crítica y de difusión de la poesía. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, sueco y griego.Si te ha gustado...¿Compartes?      ↓    

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