Revista Opinión

Los horrores del marxismo

Publicado el 02 octubre 2012 por Mario

Todos hacemos lo que podemos, incluido Karl Marx. Con sinceridad, pienso que la mayor parte de los seres humanos nos movemos por el mundo, como los padres de Bergman, guiados por "Las mejores intenciones" pero acostumbra salirnos el tiro por la culata.
Concedamos que el marxismo surge de una necesidad de ayudar al prójimo: del sentimiento de compasión inspirado por las condiciones de trabajo de sus congéneres y observar la renuncia a otro consuelo que el ultraterreno. En el clásico movimiento pendular, lo que se pretendió solución nos situó en las antípodas; como si el termino medio aristotélico no se hubiese formulado hace casi veinte siglos atrás. Pero no carguen las tintas contra Marx: era tan humano como los que prendieron la pira de Miguel de Servet.
Hasta Marx se aceptaba la división de hombre en cuerpo, mente y espíritu pero con la deriva materialista redujo dicha trinidad, extirpando el último y reduciendo la segunda a un conjunto de reacciones químicas que la neurología nunca terminaría de explicar.La operación se asemeja a la extracción de un órgano para evitar el progreso tumoral. ¿Era necesaria tan dramática intervención?
No está muy claro si el materialismo impulsó la industria o viceversa: lo más probable es que se tratara de un proceso de mutua alimentación. El caso es que matar a Dios  no fue tan buena idea (aunque trajo algunos momentos de gloria, como toda exploración en territorios desconocidos). Pero el materialismo radical nos ha entregado más sombras que luces. El último siglo de Historia prueba que no es posible amputar nuestra parcela metafísica sin quedar renqueantes. El siglo XX se conocerá con el correr de los siglos como el de la desorientación:nunca tantos estuvieron tan perdidos.
Igual que un gato castrado,  una parte humanidad adolece en este momento de falta de objetivo; y atracarse de comer no conduce sino a la obesidad mórbida.  Ya Kant, racionalista furibundo, calificó de natural la tendencia humana a la metafísica, y uno no puede sino preguntarse cómo mantuvo la naturaleza por tanto tiempo un atributo carente de ventaja evolutiva. Sean  reales o ficticias,  es un hecho que las creencias, la fe, la confianza a la postre, son un valioso elemento de superviviencia para una especie caracterizada por su continua búsqueda de sentido.
Ahora cabría preguntarse si esa búsqueda de sentido, inserta en las Leyes del Universo, tiene alguna justificación (pero eso será otro día).

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