Revista Cultura y Ocio

Los milagros inversos

Por Eduardomoga
Así llama Juan José Millás, uno de los mejores articulistas de España, a los sucesos como el ocurrido hace tres días en La Meca, una avalancha de peregrinos musulmanes, transidos de amor a Alá, que ha causado 769 muertos y casi 1000 heridos. Todos ellos celebraban el haj (no sé si se escribe con una j o con dos: lo he visto de ambas maneras), o gran peregrinación, que todo mahometano ha de hacer al menos una vez en la vida. El haj (vamos a escribirlo con una, por mor de la sencillez) es como el Camino de Santiago, pero a lo bestia: millones de islamitas se juntan cada año en la sagrada ciudad saudí para cumplir con los ritos del buen creyente: dar vueltas a una mezquita y besar una piedra negra, lapidar simbólicamente al diablo, beber agua de un pozo, subir a montes y raparse la cabeza, entre otras trascendentes actividades. Pero el haj se ha convertido también en una invitación al suicidio: si uno quiere morir por su fe, algo que muchos musulmanes consideran fascinante, lo mejor que puede hacer es acudir a La Meca y dejarse llevar por la multitud. Con tamaña concentración de gente, los accidentes se suceden. En la peregrinación de este mismo año, hace solo unas semanas, una enorme grúa se cayó sobre la muchedumbre y, como había muchedumbre por todas partes, mató a más de un centenar. Pero cien muertos es poca cosa comparado con otras catástrofes: en 1990, 1426 fieles murieron aplastados en una estampida que se desató en los túneles que conducen a los lugares sagrados (como en los encierros de San Fermín, pero, de nuevo, a lo grande: si ver un muro de mozos taponando la entrada al coso y siendo embestidos por morlacos de 600 kilos sobrecoge, hay que imaginarse a miles de personas chafándose unas a otras); en 1994, 270 perecieron en otra avalancha producida durante el ritual de la lapidación; en 1997, el causante del desastre fue un incendio: hubo 343 muertos y 1500 heridos; en 2004, se contabilizaron 251 cadáveres en otra desbandada; y en 2006, 364 peregrinos perdieron la vida, una vez más, en el ritual del lanzamiento de piedras. Morir en un acto religioso multitudinario no es exclusivo del Islam. El cristianismo también aporta interesantes ejemplos, aunque algo más modestos: ahora hace un año, el derrumbe de una iglesia evangélica en Nigeria causó 115 muertos y varias docenas de heridos; y en 2007, en el del templo católico de San Clemente de Pisco, en el Perú, se contabilizaron 50 cadáveres. La catástrofe andina, precisamente, me inspiró una décima, incluida en Décimas de fiebre y dedicada "al Dios del amor", que me permito reproducir aquí: "En un terremoto andino, / el techo de una abadía / sobre la feligresía / se ha desplomado. Divino, / el saldo: un torbellino / de dolor, muertos en masa / y mutilados sin tasa. / Tengo por milagro inverso / que el señor del universo / mate a tantos en su casa". Porque este es el quid, me parece, de la cuestión: que el Omnipotente, paternal y misericordioso, consienta es más: induzca— estas hecatombes entre quienes acuden a adorarlo. La naturaleza de su intervención no es la del milagro, esto es, una vulneración de las leyes naturales, que él mismo ha establecido, para beneficiar a los necesitados o dolientes, sino la del milagro diabólico: algo que produce sufrimiento y muerte entre quienes comparten la fe, y en el acto mismo de compartirla. Claro que siempre se puede justificar ese sufrimiento y esa muerte: el creyente ciego, valga la redundancia, es proclive a explicarlo todo autotélicamente, es decir, de acuerdo con las normas propias de la fe, incluso aquello que las niega. Así, hay cristianos a los que el dolor y la muerte ponen contentos, porque son la prueba a que Dios tiene la magnanimidad de someterlos y cuya superación les garantiza la beatitud eterna; y también musulmanes que creen que morir aplastado o quemado en La Meca es un chollo, porque los envía derechos al paraíso, y ya sabemos que el paraíso musulmán es una gozada. Esta es, de hecho, una de las grandes ventajas teológicas del Islam frente al cristianismo: las características de su edén. ¿Quién no tendría prisa en ingresar donde lo esperan, además de ríos de leche y miel, casas de oro y diamante, y todas las riquezas imaginables, 72 huríes eternamente vírgenes, vestidas con ropas tan ligeras que hasta permiten ver la médula de sus huesos, con las que copular hasta el fin de los tiempos, sin que dejen de ser vírgenes y sin el inconveniente de la vigilancia conyugal, es más, bajo la complacida mirada de sus esposas? Frente a este empíreo infinitamente venturoso, el paraíso de los cristianos es cobijo de siesos: solo hay ángeles —cuyo sexo, como es sabido, aún no ha sido determinado, pero que es improbable que se avengan al fornicio con los salvados—, y vírgenes —aunque sin ninguna intención tampoco de ayuntarse con ellos—, y santos, que se pasan todo el día rezando y gozando de la contemplación del Altísimo. Un coñazo, vamos. Los milagros inversos revelan, para quien quiera verlo, que Dios no es clemente, ni compasivo, ni nos ama; y no lo es porque no existe. No hay Dios: solo terremotos, y arquitectos ineptos, y negligencias humanas, y azares fatídicos; solo naturaleza: materia, fuerzas, hombres. Sobre todo hombres, como los millones que, en el haj y en tantas otras celebraciones religiosas, en el Islam y en los demás credos del mundo, hallan en la multitud la justificación de su existencia: se refugian en la masa, sienten el calor de cuanto los excede y envuelve, dimiten de la razón y el espíritu crítico, diluyen su irrepetible individualidad en la fábrica de inmortalidad que es el hormiguero de los que piensan igual que ellos, se protegen —de la incertidumbre, de la debilidad, del miedo— con el uniforme de los iguales. Sucede en el haj y en tantos otros acaecimientos religiosos como en campo del Barça (o del Real Madrid) o en las manifiestaciones independentistas por la Meridiana de Barcelona (o las españolistas del 12 de octubre): los creyentes, impulsados por un propósito superior, se reúnen para expresar su fe y para, al hacerlo, sentir el entusiasmo de que no están solos in hac lachrymarum valle, de que ya no han de pensar y vivir por sí mismos, sino que pueden recostarse en el gentío y dejarse mecer por su energía, por el calor de su latido, por su apaciguadora homogeneidad. Descorazona pensar que, pese a todas las evidencias y todos los antecedentes, los peregrinos seguirán yendo a La Meca a cumplir con los mandatos de Corán, y que, con la inestimable colaboración de las autoridades saudíes, los desastres seguirán produciéndose, y los muertos, apilándose. Aunque no hay que entristecerse: todos alcanzarán el paraíso, donde se deleitarán con placeres sin cuento. Eso compensa con creces morir pisoteado por una manada infinita de individuos, sin espíritu ni razón.

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