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Los que se fueron

Publicado el 01 septiembre 2012 por Aranmb

El primero del que tenemos constancia, pero no recuerdo, tenía un nombre enrevesado y -siempre me lo he imaginado así- bigotes. Se llamaba Nicolás Benito Caietano Díaz Alonso, hijo de Joseph y Cathalina, era el pequeño de seis hermanos y nació en Graméu (Cabranes) en 1742. Fue mi hexabuelo por casualidad y tragedia, porque no lo hubiera sido si antes no se hubiera muerto su primera mujer, Francisca. Tenía 56 años y un hijo con ella cuando se casó en Borines con mi hexabuela Benita Foyaca, ya labrador, ya relativamente bien situado y ya en su tierra. Pero siendo apenas un niño había emigrado a Madrid para ganarse la vida quizás como aguador, quizás como mozo de cuerda, o quizás, incluso, para volver con una mano delante y otras detrás. Nicolás se casó con sus dos mujeres ya en Asturias, y su condición de pasado emigrante lo complicaba todo, porque para cada boda hubo que contactar con la que le había correspondido en Madrid para certificar que no ocultase otra mujer y otros hijos allí.

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Era la emigración nacional, dentro de las propias fronteras del país pero tan lejos, para quienes se iban, de sus familias. No es posible imaginar los sentimientos que invadirían a aquellos emigrantes -al propio Nicolás, a María, la madre de Usebio, que sirvió en la capital, a los hermanos de mi trastatarabuelo Carlos Vicente Llera, Pedro y José Antonio, que murieron en Santander y Valladolid, dejando muy atrás sus tierras colunguesas, mi tatarabuelo José, padre de Nora y abuelo de Edita, que dejó atrás su pueblín lucense para venir a Asturias…- que partían a lo desconocido. Un lugar donde hablaban su mismo idioma (o parecido), pero donde no tendrían noticias ni conocimiento de nadie. Se marchaban sin saber escribir, sin saber leer, sin inventos tecnológicos que les permitieran saber que la madre había muerto, que el hijo no les comía nada, que la mujer se acostaba con el vecino. Se marchaban para ser los paletos, los de provincias, los que levantaron la ciudad a cambio de nada más que del más absoluto olvido.

Bautista y Adelina, la Mora, fueron los primeros que cruzaron el charco, a finales del siglo XIX. Él fue a Cuba. Rondaríamos el 1880 y se la trajo a ella para hacerle cuatro hijos. A la Mora la separaban de sus vecinos diferencias irreconciliables: un suave acento, la negrura rabiosa de la piel y la laxitud de las costumbres: su madre fue madre soltera, lo fueron sus hijas y lo sería su nieta. La bella América nada tenía que ver con la cerrada España y cualquiera que la pisara volvía con otra concepción del mundo muy diferente al país católico, apostólico y romano en el que había nacido. A Josefa, la de Santos, la bisnieta de nuestro Nicolás, le enseñó Brasil que no tenía por qué aguantar las burlas de un marido infiel y abandonó una vida de paseíto en calesa y fotógrafos franceses para volver a una casina que se caía en el pueblo que le había visto nacer y en el que pocas cosas habían cambiado.

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Su hijo, mi bisabuelo Manuel, fue el emigrante por excelencia. Nació en Brasil, llegó a España como el niño pera que había sido allí y aquí conoció a la güestia, les xanes, el anochecer sobre el pico Viyao y también la miseria y el hambre. Con siete años cruzó el charco de nuevo, esta vez a Cuba, mientras la madre cruzaba los dedos tras un pañuelo cubierto de lágrimas deseando que a su hijo no le pasara lo que a Bernardo, que había emigrado a Brasil siguiendo los pasos de su hermana y jamás llegó a pisar tierra: murió en el barco, a escasos metros de la orilla, infectado de las catorce mil epidemias posibles que podían pillarse a bordo. Manuel, en fin, resistió. Batabanó le llenó la cabeza de ideas de justicia social cuando, siendo tan sólo un crío, veía cómo los guajiros eran tratados como animalitos por el hombre blanco, siempre descalzos, siempre extranjeros en su propia tierra, un lugar en el que sólo podía prosperarse si eras yanki o español pero ni pensarlo si eras nativo. Una justicia social que, años después, le generaría problemas en su propia casa cuando defendía, anciano ya, a los barbudos que le habían arrebatado el negocio a su propio cuñado.

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José María, mi tío bisabuelo, llegó a La Habana para suplir a su padre en la fábrica de perfumes en la que trabajaba. El propietario de la misma incumplió su promesa y, al marcharse mi tatarabuelo a España, le rebajó el sueldo al joven José María a la mitad. Por eso él había creado su propia empresa junto a un socio de Libardón, en plena calle Acierto de Luyanó, y si no había vuelto a Asturias definitivamente fue porque se enamoró hasta las trancas de una cubanita presumida que, cuando le acompañaba a España, fruncía el ceño al verle subido a lomos de una burra o hablando asturiano con su madre. Claro que no fue una buena idea. Cuando a José María le tocaba ya jubilarse, la Revolución le colectivizó la empresa y él -él, que le daba de comer jamón serrano al gato a falta de un hijo al que mimar- tuvo que dedicarse a cortar caña de azúcar. Y, al otro lado del charco, Manuel, que conocía bien Cuba, tenía que morderse la lengua ante su propia mujer para no decir que a él lo de los barbudos le parecía muy justo, que Cuba era de los cubanos como Asturias lo era de quien trabajaba la tierra asturiana y como él… bueno, él fue uno de esos hombres que nunca tuvo una patria limitada por frontera ni bandera alguna,

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sino por su propia experiencia. Manuel era brasileño, era cubano y era asturiano, todo a la vez y sin contradicción. El portugués se le resbalaba en la lengua al hablar y Cuba le llevaba el alma. Cuando sentía nostalgia de Brasil, iba al consulado, cuando la sentía de Cuba iba al Centro Asturiano de la Habana en Gijón y cuando tenía ganas de Asturies bajaba a la Fondina a echar la partida con Aureliano y los demás.

Los emigrantres de ultramar, en mi familia, dieron nombre en aquella época a dos niños que no acabaron demasiado bien. Era como si la nostalgia se les hubiera metido a aquellos bebés por el nombre que les impusieron y no hubieran podido soportarla. José María, del que ya hablé, se lo dio a un tío abuelito que murió de espina bífida. Juan Bautista, se lo dio a otro tío abuelo que nunca conocí y del que  quienes lo conocieron sólo recuerdan que “lloraba, lloraba todo el día”. A Juan Bautista Martínez Pastor, hijo de la Mora, le tocó ir de cigarrero a Tampa, en Florida, a malvivir durante años a una pensión repleta de emigrantes y a morir en el más absoluto olvido. En Villavaler, su pueblo natal, ya nadie recuerda de qué color tuvo los ojos, ni cómo era su voz, ni a qué jugaba cuando era un crío. Habrá muerto hace veinte años, hace treinta, qué se yo. Puede que dejase hijos que no sabrían situar ya Asturias en un mapa. Imagináoslo. Imagináos la vida que habéis conocido hasta este momento. Recordad a la gente que habéis amado, el idioma en el que os habéis reído, las historias que os han hecho estremecer, el lugar donde recibisteis el primer beso, la última vez que le disteis la mano a vuestra abuela, el sitio y el momento en el que fuisteis más felices de todos los que habéis vivido e imagináos, ahora, que todos esos recuerdos van a desaparecer de aquí a cincuenta años. Que la sangre de vuestra sangre, el hijo que aún no tenéis o que quizás estéis meciendo ahora mismo, va a desconocer por completo vuestro idioma, vuestra familia, vuestra historia. Va a desconoceros por completo: para él, la persona que sóis ahora será siempre una extraña. ¿Puede haber algo más horrible que eso?

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Cuando mis tatarabuelos Tonie y Franzl eran niños, por ejemplo, jamás se hubieran imaginado que sus hijos hablarían español y que sus nietos no entendieran ni una palabra del checo, esa lengua que ellos habían amado tanto. En 1900 él firmó un contrato por el que se comprometía a trabajar infatigablemente y meticulosamente por siete pesetas y media al mes en España, y ella le siguió un par de años después. Aquí nacieron, se enamoraron y murieron todos sus hijos y aquí estamos todos los demás. El recuerdo de Tonie y Franzl sobrevivió a una Guerra Civil que se llevó a su hija y a una Segunda Guerra Mundial y una posguerra que convirtió a su país de nacimiento y a su país de adopción en enemigos irreconciliables. Hace más de ochenta años que nadie, ni ellos mientras vivían, ni sus hijos, ni sus nietos, que jamás llegaron a conocerlos, pisa los pueblos donde se criaron.

Ése, sin lugar a dudas, es el drama del emigrante moderno, del que no volverá a su país: la muerte en vida que supone el olvido de sus recuerdos, de sus raíces y de su historia. Puede, sin embargo, que siempre haya lugar a la esperanza.

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Siempre puede pasar lo que pasó con Moraima, la hermana de Nora, una de esas emigrantes españolas en Bruselas de los años 50 y 60 de la que no se volvió a saber más. Un mal marido, celoso de una familia -la de su mujer- quizás demasiado grande para su gusto, le prohibió contestar las cartas que llegaban de España. Puede que, cuando ya no haya esperanza de recuperar nada, aparezca en el buzón la carta que hace unos años mandó Moraima, casi analfabeta y, por supuesto, ya viuda, con la ayuda de una buena vecina, preguntando por sus hermanos. Todos, menos uno, habían muerto ya, pero al menos Moraima pudo llorarles, y eso es bueno porque, en el fondo, el llanto es una forma de despedida.

El llanto que derramamos cuando muere un ser querido. El llanto de la madre del emigrante al verle partir. Manuel llorando de miedo al escuchar las noticias sobre la enemistad estadounidense-cubana que ponía en jaque la seguridad de una de sus patrias, pero también llorando de alegría ante un gol de Pelé. El llanto de Franzl escuchando que Moravia había sido malvendida a los nazis, pero también el que derramaba escuchando a Tonie cocinar cantando Dolina, Dolina. El llanto de quien se va, el llanto del que se queda, del que vuelve y del que sabe que jamás regresará.


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