Revista Opinión

Más vivos que nunca

Por Antoniodiaz
Más vivos que nuncaHoy me gustan los toros más que las personas.

Fumata blanca. Lo que ya se sabía, lo que era un secreto a voces, la bicha, se ha consumado. La Monumental de Barcelona dejará de dar corridas de toros, a partir de 2012.
De abolir la tauromaquia, nada de nada. Y mira que lo han intentado de todas las formas y medios posibles. Con valdanos argentinos; con filósofos con filosofías de chicha y nabo; el pelón del Dalai Lama, entre ensalada de bambú y petisuís de soja, ha enredado lo suyo; culturetas perroflautas como Alaska; políticas como Rahola, tan carismática ella, con cátedra en el Crónicas Marcianas, junto a Boris -y su pene-, Ramoncín, Yola Berrocal o la Bruja Lola; o la activista -que al parecer ahora es una profesión, como médico o maestro-, ex cantante de Amistades peligrosas, aquella que se hizo millonaria cantando esa letra tan lorquiana de hoy voy a ir al grano, te voy a meter mano... Menuda panda.
Tengo 28 años, nací en democracia, en una familia en la que los rescoldos de la guerra aún abrasan. Con gente de mi misma sangre enterrada en alguna cuneta, en algún punto entre los límites de Almería y Granada. Son muchas las veces que me han contado las miserias de la vieja España, que para mí más que vieja, era lejana. Tan lejana como Júpiter. Oía esas historias de vecinos amargándose -y quitándose- la vida entre ellos, pepitos que disfrutaban con la desgracia de los juanillos, comités del pueblo -alcalde, cura, médico- organizando Fiestas Patronales en dónde días antes la bala y el cuchillo habían ajusticiado a los que pensaban diferente a ellos. Y yo, que apenas atendía, siempre lo escuchaba como el que oye llover.
Esta mañana por fin he entendido algo. La vieja España no estaba en Júpiter, estaba ahí y no la hemos querido ver. La España de los ganadores y los perdedores. En ese momento, justo después de conocerse el resultado oficial, toda la mezquindad, todo el veneno de la casta humana ha tomado por suyo el hemiciclo. Personas, vecinos, amigos, familiares, representantes, paisanos, conocidos, camaradas, compañeros, colegas, todos nuestros, dando brincos de alegría, mofándose y riéndose del vecino, pavoneándose del sufrimiento ajeno. Reales y duras las imagenes de esos animalistas botando como energúmenos mientras sentados a su lado hay personas llorando desconsoladamente. Los mismos que nos culpan de no tener compasión por el Toro no han tenido por bueno hacer gala de ese sentimiento para con el prójimo. Cómo si el prójimo les importara. El problema quizás subyace en que sus prójimos son los burros, los periquitos, los marranos o el camarón de agua salada. Son animalistas porque piensan y sienten como bestias, y de ahí su comportamiento. Tirando al asno.
Hace un rato he vuelto a hablar con mi amigo Tolo, que sin ser catalán ha luchado -desde su modesta posición de aficionado- con todas sus fuerzas porque la Monumental no se muera. A porta gaiola se ha ido, al Parlament, a ver a los puntilleros pasar en sus Mercedes con chófer, lujo que curiosamente antes sólo se podían permitir los toreros.
Se salieron con la suya -me dice casi gimoteando-. Un tio criado en Almería, a caballo entre el desierto de Tabernas y el mármol de Macael. Un tipo duro y apretado como la risca al que esta mañana lo he imaginado llorando por segunda vez en su vida. La primera fue cuando le tocó darle sepultura a un hermano. Sus sueños de torero, ese torerillo que saltaba con la luna las vallas de las dehesas creyendo que al otro lado estaba el paraíso y que por la noche las vacas no podían dar cornadas -pobre, que se le creyó-, hace años que se desvanecieron. Y no se le ocurrió otra cosa que dejar su casa, su familia, su tierra, para largarse, como muchos andaluces, a Catalunya, en busca de un trabajo, de una nueva vida. Hoy hay muchos tolos, hay gente padeciendo, sufriendo, sintiéndose extraña en su propia casa, preguntándose que es lo que ha hecho mal para que los vecinos con los que comparte tantas cosas de pronto lo señalen como maldito. Me vuelvo pa'llá, ¡que cojones me van a decir a mí lo que tengo que hacer o como tengo que vivir! -fin de su historia en Barcelona- Mi casa la tiene abierta.
Tanto empeño, tanto derramamiento de dinero, energías y gilipollez, para adelantar la muerte, dejando víctimas millonarias, de una plaza que llevaba condenada desde hace tiempo. Mi enhorabuena a todos ellos, por demostrarle al pueblo que no es necesario el graduado escolar, la decencia o el esfuerzo para tener un minuto de gloria en esta vida. Constituyen todo un ejemplo de superación personal, como el loro que dice
hola después de un año de adiestramientoo el mono que aprende a distinguir un platano de Canarias -el de las motitas- de una banana. Saben perfectamente que en Catalunya a los toros le quedaban dos o tres años, o hasta que se retire José Tomás, ¿Por qué tanto empeño en provocar dolor? ¿Por qué esas prisas por enterrar todo? El afán de notoriedad y la erótica del poder son las respuestas. Se ven ganadores, se creen revolucionarios a los que los libros dentro de tres siglos los van a cubrir de gloria. Si tanto saben de ecología deberían de saber que su destino está con el mío, con los gusanos, la podredumbre y la peste. Y si existiera Dios, a mí me da igual dónde me mande, pero que a estos los encierre -nunca mejor dicho- en el paraíso de los toros, con Bastonito, Bravío, Diano, Islero o Pocapena, que ya sabrían lo que hacer con ellos.
En Catalunya seguirá habiendo toros, en el nord, en Cèret. Capital mundial de la suerte de varas. Catalunya auténtica, la que recibe con los brazos abiertos, sin mirar el acento ni la partida de nacimiento del visitante. Gentes de Graná -Granada, en los mapas- los montes de Toledo, la baja Andalucía, las dos castillas o el norte, se reúnen bajo una misma bandera, sin colores ni franjas: la del Toro. Cuando estamos en Cèret el habla catalana suena diferente, a lengua de hombres. La naturaleza es sabia; el cuerpo humano una maquina perfecta -menos en algunos casos, como el mío-, y no pueden permitir que suenen igual las cuerdas vocales de un sujeto que habla y vive en total libertad, cómo y dónde quiere, que las de un fulano al que le imponen una lengua, a través de leyes y estatutos, desde que se destetó, viviendo siempre bajo el yugo de unos cuantos rabinos integristas que no son multitud. Cèret es nuestro Perpignan y así va a seguir siendo. Ahora les toca dar un paso a las figuras, aquellas que decían a Zabala o a Molés que siempre defenderían las corridas en Catalunya -defenderlas de ellos mismos, que irónico-. El año que viene, y el otro, y el siguiente, los de la barretina, el de la encerrona, los del duende y el puro, todos para allá, para Cèret, con la Fiesta, el Pueblo y el Toro. Es hora de que algunos demuestren de verdad de que material están hechos.

Pero hay mas: el planeta de los toros, y los satélites que lo rondan: la emoción, el peligro real de muerte, las cantidades ingentes de adrelina recorriendo esos cuerpos serranos -las hormonas no entienden si la serranía es de Ronda o del Penedés-, la admiración y veneración -real- del pueblo por el toro van a seguir girando por las Tierras del Ebro. El Correbous sigue -y seguirá- en órbita.

Como creen saberlo todo -hasta lo que prohiben-, piensan los pobres que acaban con la tauromaquia desposeyendo a José Tomás de su plaza talismán; al Juli de una plaza de primera categoría en la que seguir sumando o multiplicando números; o dejando con la miel en los labios a cinco mil personas, viudas de Morante. El arte de torear es algo mucho más profundo y serio que todo esto. Para empezar, es algo imborrable. Pueden derribar plazas, gasear ganaderías, castigar al aficionado, sobornar a taurinos, pero nunca, nunca, podrán borrar las huellas que ha ido dejando a su paso. Huellas en el lenguaje, en las costumbres, en la cultura, en el carácter, y sobre todo, en el corazón y en la mente de millones de personas. Digo personas y no aficionados, porque abolicionistas al margen, todo el mundo, alguna vez en su vida se ha emocionado, se ha visto ensimismado por la obra de un torero.
Si por prohibir es, nos pueden prohibir el acceso a una calle, las vuvuzelas, el burka, a fumar habanos, a circular como aviones, lo que quieran, que para algo son los ejecutores de esta democracia vestida de buenas intenciones, debajo de cuyas ropas se cobija una dictadura, la de las mayorías. Sin embargo hay dos cosas, que vienen a ser la misma, que se les escapan de las cadenas que intentan ponernos: enamorar y torear. Decía Curro -un próscrito a partir de ahora, casi un terrorista- que torear es acariciar; verbo que a su vez aclara lo que es tratar a alguien con amor y ternura. ¿Hay pues, alguna manera más loable y respetuosa de tratar a un Toro que toreándolo con finas maneras, mostrándole todo el querer que sólo pueden y saben darle unas personas que se visten de luces y se les conocen como toreros?
No lo creo. Si yo fuera toro, montaría una ILP en la dehesa -con la amenaza de cerrar el grifo de las embestidas- para obligar a que vuelvan Curro, Antoñete y Paula y nos traten como dios manda.

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