Revista Cultura y Ocio

Mejor mañana

Por Calvodemora

 Lo aplazado

Uno aplaza lo que importa, lo va demorando, hace que no cobre la importancia que lo hizo aflorar, ocupar el lugar del que antes carecía. No porque no sepa acometerlo, no por algo ajeno que nos cohíba. Ni siquiera porque la voluntad no alcance a darle un desempeño. Se aplaza, se deja para después, se posterga (me encanta esa fonética, ese ruido como de puerta cerrándose), hablo de un después incluso sine die, por el placer de ir pensándolo, de darle un cuerpo dentro de la cabeza. Como la madre que planea un futuro para el hijo que lleva y fantasea con los ojos que va a tener o qué palabras dirá cuando use las primeras. Se retrasa la felicidad tal vez. Diferida, se insinúa mejor, más convence y engolosina. K. me dijo que lo que no hacemos en el momento dura más, su propiedad es mayor.  Se disfruta más con los preliminares, oye uno decir. No suelo pensar en el futuro. Me siento incapaz de hacer planes a plazo muy largo. Los que hago, los pocos que me veo obligado a hacer, se malogran con frecuencia. Va uno aplazando las cosas. A veces creo que lo aplazado es más mío, me pertenece más enteramente, por el hecho de poder administrarlo.

En el fondo es el miedo el que hace que actuemos así. El miedo a que no compense el esfuerzo. El miedo a que el hijo no sea el esperado o que su voz no nos emocione o que sus ojos nos miren sin mirarnos. No sé qué cosas estoy aplazando. Algunas habrá. Se tiene la idea de que no hay problema en eso, en no pensar, en dejar a un lado esas obligaciones morales o lúdicas o sociales. O se las ingenia uno para que no duela o duela de un modo tan suave que no alarme, ni se tenga conciencia de que algo nos rebaja. Leí un poema que refería la dificultad del poeta en conseguir que el poema finalmente se impusiese a la nada en la que estaba. Y venía a decir que el poema ya estaba. Solo faltaba llamarlo. La idea de un lugar en donde todo está almacenado, tutelado, confinado a expensas de que se extraiga me incomoda, me hace pensar en que no haya azar. Sin el azar, sin el asombro, sin la sensación de que algo que no se ha previsto incline a un lado o a otro la balanza de los días. Yo estoy todavía intentado encontrar ese poema. Hay días en que lo atisbo, en que vislumbro una brizna de lo que quiero expresar y el apero de palabras con el que airearlo y hacer que se imponga a la realidad. No es preciso el concurso de la literatura: la vida es un escenario en el que todas esas dilaciones suceden de la forma más normal del mundo y casi siempre suceden a espalda nuestra, sin que tengamos noticia de su transcurso, ni siquiera evidencia de su cese. 

Lo procrastinado (con más ánimo moderno)

Hay cosas (prosigo) que se aplazan, no se podría decir por qué. En parte, por haber otras que nos atraen más, pero las más de las veces por no desear hacerlas, aunque estemos obligados y se espere que las acabemos y las entreguemos. Hay una palabra para eso: procrastinar. Es fea con severa avaricia la palabra, pero tiene su encanto fonético. Aparte de fea, incómoda de pensar. Revela la pereza o la indiferencia o la apatía que a veces aplicamos a las cosas. Está más a mano posponer o aplazar, pero gana presencia la entrada incómoda, la palabra larga y la que no se dice nunca bien a la primera. De hecho, si procrastinamos a conciencia, si a todo se le da un retraso o, ya en faena, se le abre un receso, no interesa ni siquiera hablar de ese vicio. Hay cosas que hacemos de las que no tenemos conciencia. Cuando sabemos qué hacemos mal, llegados a ese punto crucial, hay dos maneras de abordar el asunto: la más benigna es la de no darle importancia alguna, observar cómo la bóveda celeste nos regala la luz o la oscuridad y los días transcurren y las noches nos cubren, pero sin marearnos mucho, sin tener la percepción de que hayamos incurrido en un error o sin la constancia de que importe; la otra es dañina, no interesa, acaba por pasarnos factura, hay quien no levanta cabeza y cae en una tristeza de la que sólo sale cuando adquiere otra. Hay tristezas complementarias y las hay excluyentes. Hay duelos tan dolorosos que cancelan la existencia de algún duelo menor que tuviéramos en mente. 

Lo abandonado

Tenemos (unos más que otros) la costumbre de no acabar las cosas. Creo que hay voluntad para empezarlas, pero nos distraemos con suma facilidad, encontramos con qué ocupar el tiempo que debiera ser usado en ellas. Les restamos valor, les podamos la parte importante. En un extremo, lo que inventamos para no hacer algo también se queda sin concluir. Es un venenoso efecto acumulativo ése: el de tener cien frentes abiertos en la certeza de que no vamos a cerrar ninguno. Parece que adoramos esa imperfección un poco ffestiva y un poco caprichosa. No sé el porqué de no ansiar el trabajo acabado y el trabajo bien hecho. En el fondo, nada nos ata. Por ahí debe andar la respuesta, si es que hiciera falta una: en la fascinación de la mudanza, en el irrefrenable placer de no tener asiento y de disfrutar tantísimo con la maquinación de las cosas, pero no con su trayecto, con la ilusión de ver cómo acaban. Se procrastina sin malicia, no se busca hacer mal a nadie, sólo se daña uno en todo caso, se perjudica con levedad, como si todo fuese reparable y nada quedará registrado. Se pospone lo que no nos conforta, lo penoso o lo que exige un gasto que no deseamos hacer. Hoy mismo, mientras escribo, estoy posponiendo dos asuntos de casa (domésticos, nada trascendentes) y alguno del trabajo. Me impongo plazos: me digo que esta tarde sin falta o que, a lo sumo, el fin de semana, pero no el sábado, sino el domingo. Todo se deja para el domingo. Quizá por eso luego se afean y no se aprecian. Los domingos los carga el diablo. Todo es culpa nuestra, todo lo estropeamos nosotros, me dice K. Al final siempre terminamos hablando de los domingos o del verano. Ahí también depositamos muchas esperanzas. En esos meses se harán todas las cosas que hemos ido postergando, se harán cumplidamente, se harán con entusiasmo y diligencia. Luego llega septiembre o año nuevo o qué sé yo y la realidad se abrirá paso con su áspera fiereza y veremos (con pasmo, con resignación) que no hemos muy mucho o es poco o incluso nada. Todo se deja para mañana. Mañana es la tierra promisoria, la cuna de la felicidad, el país de la dicha completa, el imperio de la bondad y del confort. Mañana es el territorio de la excusa, la zona de bienestar, la que está lejos del pánico y del aburrimiento, la que promete y nos convoca a la mesa de los elegidos y nos susurra palabras bonitas que nos conforman y cuidan, pero nos acaban abandonando. Ni siquiera ellas saben terminar su trabajo. 


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