Revista En Femenino

Mi querida vecina (2º asalto)

Por Expatxcojones

Mi querida vecina (2º asalto)

Tánger,2014. expatriadaxcojones.blogspot.com


El Kalvo es aficionado a la fotografía. En casa no hay una pared libre. Le gusta hacer fotos, revelarlas y luego colgar su obra; cuanto más grande, mejor. Después, la gente se sorprende al verla. En la mayoría de cuadros salgo yo en pelotas. A mí me da igual. He perdido la poca vergüenza que tenía. Pero a la gente le da cosa. Lo noto. Cuando entran en el piso no saben dónde mirar.
Estaba el Kalvo colgando uno de estos cuadros. Cuando, de repente, llaman al timbre. Se baja de la escalera. Deja el taladro en el suelo y va a abrir la puerta.
   —Buenos días —es la vecina la que habla. La he reconocido.   —Buenos días —le contesta el Kalvo.   —Soy la vecina de abajo. Es que estáis haciendo mucho ruido —hoy su voz no suena tan simpática como la primera vez. Parece de mal humor.   —Es que estaba colgando unos cuadros… —intenta disculparse el Kalvo.   —Ya. Pero es que estamos en Ramadán. La gente duerme.   —Perdone.      —Hay un cartel colgado en el ascensor.   —¿Un cartel?   —Sí. Para avisar. Este mes no se puede hacer ruido durante el día. La gente está descansando. Nos acostamos muy tarde.   —Perdone. Como está en árabe no le entiendo. No volverá a ocurrir.   —Vale. Muchas gracias.   —Adiós y perdone —le dice, una vez más, mientras cierra la puerta.
En menos de un minuto le ha pedido tres veces perdón. Pero ahora que la vieja se ha ido, el Kalvo se gira y me dice:
— Si son más de las once de la mañana ¿a qué hora se supone que ya puedo hacer ruido?       —No tengo ni idea.   —Hay que joderse. Por la noche hay jaleo hasta las tantas y yo tengo que aguantarme. Pero resulta que cuelgo un cuadro y soy un desconsiderado.    —Bueno, ya te lo ha dicho, es sólo este mes. Por el Ramadán…
Pasa el mes y se acaba el Ramadán. Nosotros continuamos con el rollo de la casa. De momento, ya nos han traído la mesa del comedor. Hemos montado las estanterías. Tenemos una lámpara para el salón. Y, otra vez, la vecina que viene a tocar el timbre.
   —¿Si? —le digo cuando la veo.    —Es que estáis haciendo mucho ruido.   —¿Cómo?   —Se oyen tus tacones al andar. Cuando mueves los muebles para limpiar. Los llantos del niño —y añade con cara de pena —es que así no podemos descansar.   —P-p-pero si yo no llevo tacones —y le señaló mis pies —para que vea que ando descalza.   —Sólo os pido que vayáis con más cuidado, por favor, mi marido está enfermo —insiste ella.   —Iremos con cuidado. Disculpe.
Cierro la puerta. Pero ¿qué se ha creído? Primero, no llevo tacones y, segundo ¿qué quiere que haga si el niño llora? Ni que me gustara oírlo.
Cuando el Kalvo llega del trabajo se lo cuento. Él, que es tan políticamente correcto, decide solucionarlo enseguida. Va a la ferretería. Su segundo hogar. Y compra una especie de tacos para todos los muebles. Así no haremos ruido al moverlos. Los coloca en las patas de la mesa. En las sillas del comedor. Incluso trae unas ruedecitas para pegarlas en los bajos del sofá y así poder moverlo sin hacer ruido. El taladro queda relegado sólo a horas muy concretas.
Pero a la bruja no le parece suficiente. En pocos días volverá a la carga. Y ésta vez me encontrará a mí. Sola. Se va a enterar. Le voy a decir cuatro cosas bien dichas. Hasta ahora lo hemos hecho como el Kalvo quería. Pedir perdón y bajar la cabeza. No ha dado resultado.
Ahora lo vamos a hacer a mi manera. Le voy a cantar las cuarenta. Verá mi cara menos amable. La que saco, sólo, de vez en cuando. Pero que siempre funciona. Estoy de la vecinita hasta los cojones.

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