¡Casa, casa, casa!
Gritabas las palabras mágicas, y ya estabas a salvo. Porque la infancia tenía el superpoder de que todo fuese posible.
Casa. Mi refugio.
Ahora, grito casa millones de veces al día. Quiero volver a sentirme a salvo, que me pongan tiritas de colores en las heridas, que me arropen cuando me duermo en el sofá, que me empujen en el columpio hasta tocar las nubes con las puntas de los pies, que no me importe meterme en los charcos.
Ahora quiero cerveza en domingo, café acompañado de libro, lunes que son viernes, miradas que dan calor, manos que no te sueltan. Bailar hasta sin música, reír lo llorado, y levantarme con ojeras de no dormir por vivir lo soñado.
Si no tienes paredes que te refugien, te ofrezco el hueco entre mi clavícula y debajo del pecho.
Ahora la música me arropa más que los te quieros que creí no efímeros. Y me sumerjo en las estanterías llenas de vinilos que traje de casa de mis padres y ellos me hablan a mí. Tararean que me cuide, que me deje cuidar por quienes de verdad me quieren. Y yo, con la mirada brillante, asiento. Me dejo abrazar, me hago refugio y cueva para quienes siento.
Hay veces que me guardo de mí misma.
Me pongo el escote más grande, la falda más corta, los zapatos de más tacón, y la coleta más alta, me pinto los labios muy rojos, y me pierdo entre el humo de bares llenos de desconocidos, entre la música retumbando en los oídos y haciendo vibrar mi cuerpo, entre sonrisas sin nombre y ojos y manos y bocas y lenguas sin rostro devorándose.
Al día siguiente amanezco en una cama desconocida, con las mariposas adormecidas, con la mente nublada, con el rímel corrido, con las medias rotas, con el estómago en stand by.
Me miro al espejo y una extraña me devuelve la mirada.
Entonces salgo corriendo, destrozando los tacones, llenando los pulmones de aire.
No importa, a veces huir un poco también es casa.
Y huyo. Pero huyo en defensa propia, porque me rindo a vivir en un pasado.
Quiero vivir, vomitar mariposas, chocarme con trenes de alta velocidad y salir disparada a unos brazos desconocidos que son refugio inesperado.
Y ahora tú, dime, ¿vas a juzgarme por lo que hago, por lo que no digo o porque esta historia te hace pensar si es cierta o no?
Y la verdad; es que me da igual, escribo lo que me sale desde el coño hasta el corazón. Desde la ficción a la fantasía, desde lo real a lo soñado.
Ven refugio, acuéstate a mi lado.
Te imagino durmiendo, en este lado de la cama que sigo conservando intacta, por si un día, de pronto regresas y te haces burbuja, armadura, muro infranqueable, y yo dentro, a salvo, riéndome de la puta vida que entre tus brazos ya no puede apuñalarme los latidos.
Tú duermes, y yo te miro, y escribo. Entrelazo palabras, las convierto en partes de nosotros, no importa las que sean porque todas llevan tu nombre. Y escribo árbol, lluvia, atardecer, mañana, despertar, fiesta, domingo, rincón, certero, disparo, alegría, lágrima, ardor. Y aunque suena inconexo, en nuestro pequeño refugio tiene sentido.
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