Revista Cultura y Ocio

‘Mientras escribo’: todo vale… siempre que cuentes la verdad

Publicado el 04 junio 2019 por Benjamín Recacha García @brecacha

‘Mientras escribo’: todo vale… siempre que cuentes la verdad

«El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera».

No me gustan los manuales de escritura. No me llaman la atención los cursos de escritura (no digo que no sean útiles). Huyo como de la peste de cualquier artículo cuyo título sea algo parecido a «[cualquier número entre 5 y 99] consejos para escribir [cualquier género literario]», y me fío de quienes afirman tener las claves para convertirte en un autor de éxito tanto como de los políticos (en ambos casos se trata de vendehúmos).

Ahora bien, acabo de leer Mientras escribo, que podríamos considerarlo un manual de escritura, y automáticamente ha ascendido al Olimpo de mis lecturas favoritas de todos los tiempos. Hay que decir que su autor, el maestro Stephen King, no tiene nada del vendehúmos tradicional y sí la impagable capacidad de transmitir su pasión por la escritura de un modo natural, sin resultar empalagoso, sin pontificar y sin poner paños calientes (a mí me mandaría de cabeza a la categoría regional de los escritores vulgares por el rimbombante adverbio de la segunda línea de este largo párrafo).

Hay que decir también que Mientras escribo, si bien se puede considerar un manual de escritura, lo es sólo en una de sus partes, que no alcanza ni siquiera la mitad del libro. El resto es una especie de autobiografía adaptada para aspirantes a escritor, escrita con su peculiar sentido del humor y total falta de pudor, absolutamente (tío Stevie, aquí va otro) recomendable para cualquiera cuya inquietud lectora alcance más allá del Marca y el Hola.

El fragmento con el que he empezado pertenece al libro (publicado por primera vez en 2000, con el título original On Writing; la traducción para Debolsillo es de Jofre Homedes Beutnagel). Mi intención es salpicar este artículo con varios más; de hecho, en eso va a consistir básicamente, espero no recibir una citación judicial por reproducir excesivo contenido sin permiso de la editorial (hola, Cedro, soy socio vuestro).

«Todo es lícito mientras no se tome a la ligera». No es una cuestión menor esta. El mundo está lo suficientemente lleno de basura, así, en general, como para hacer la montaña más alta con literatura insustancial. Escribir es fácil, pero contar algo que valga la pena, no tanto. La verdad es que uno no se da cuenta de ello hasta que es demasiado tarde, sobre todo hoy en día, cuando para publicar basura sólo hace falta un click. Yo incluido, por supuesto.

Como no tengo suficiente con infringir las leyes de copyright, además voy a hacer spoiler. Ahí va el último párrafo del libro (en realidad, no; después hay una interesante coletilla consistente en un ejercicio práctico de revisión de textos):

«Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. (…) Escribir es mágico; es, en la misma medida que cualquier otra arte de creación, el agua de la vida. El agua es gratis. Conque bebe. Bebe y sacia tu sed».

¿Por qué escribir? ¿Por qué lo hago yo? Sobre esto he reflexionado varias veces aquí y es una de las cuestiones principales sobre las que gira esa obra maestra underground (es decir, que no la ha leído ni el tato) de los libros para escritores titulada Cartas a un escritor: ¿cómo se escribe un best-seller?, que perpetré con entusiasmo junto a mi colega Toni Cifuentes.

Escribimos porque tenemos algo que contar, algo que nos quema dentro, que queremos que el máximo número posible de lectores conozca y que les llene. Escribimos para saciar nuestra sed y porque tenemos la ingenua ilusión de que sacie la sed de esas personas que se han topado con nuestras historias. Estoy muy de acuerdo con Stephen King: se trata de un intercambio que parece cosa de magia. Es un enriquecimiento mutuo. En su caso, además, el enriquecimiento supera, con mucho, lo espiritual. Reconozco que no me sabría mal saborear una microscópica parte de ese otro enriquecimiento.

Encadeno ahora tres párrafos que tratan sobre lo mismo en puntos distintos del libro: sobre qué escribir, de dónde sacar la «inspiración».

«Bueno, pues ya estás en la habitación con la persiana y la puerta cerradas y el teléfono desenchufado [o la wi-fi, si el libro lo hubiera publicado unos años después]. Le has dado una patada a la tele y te has jurado escribir mil palabras al día contra viento y marea. Llega el turno de la gran pregunta: ¿de qué escribirás? Y de una respuesta igual de grande: de lo que te dé la gana. Lo que sea… mientras cuentes la verdad».

«Tú seguro que tienes tus propios pensamientos, tus propios intereses e inquietudes, y seguro que han surgido de tus experiencias y aventuras de ser humano, como los míos. (…) Deberías usarlos en lo que escribes. Quizá existan para algo más, pero no cabe duda de que es una de las utilidades que poseen».

«Escribe lo que quieras, infúndele vida y singularízalo vertiendo tu experiencia personal de la vida, la amistad, las relaciones humanas, el sexo y el trabajo».

De nuevo, totalmente de acuerdo. Contar la verdad no significa contar cosas reales. Basarte en tu experiencia no significa que lo que explicas en tus relatos sea autobiográfico. Uno puede escribir sobre una invasión alienígena en el siglo XXXIV, y, sin embargo, que sea verdad y resultado de su experiencia personal. La palabra verdad es sinónimo de honestidad. El lector enseguida se da cuenta de que alguien le está intentando vender una moto. Las historias de cartón piedra no prosperan, aunque pretendan ser autobiográficas. El señor de los anillos está repleto de verdad y de experiencia personal.

Todo lo que yo escribo tiene parte de mí. Los lugares, los personajes, los hechos, las reflexiones. Hay relatos que incluyen cosas que me han pasado o que le han pasado a gente que conozco. Pero escribo ficción y, por tanto, yo no soy el protagonista, ni las historias que cuento, aun siendo verdad (porque nacen de la honestidad, o eso pretendo), son hechos reales. Recuerdo haber tenido que aclararle a más de un lector que yo no soy el Pau de El viaje de Pau, mi primera novela, y que no es una historia real. Algo parecido me ha ocurrido con algunos relatos y con las tramas de otras novelas. Supongo que debo sentirme halagado; interpretaré que transmito «verdad».

La escritura es, en primer lugar, una vía de expresión. Por eso, cuando uno escribe con la voluntad de ser leído, es tan importante tener en cuenta la motivación. Y resulta inevitable que nuestros textos se vean influidos por el estado de ánimo, porque nuestras experiencias vitales configuran el escritor que somos. A nadie le interesa la vida de un tipo al que conocen en su casa y gracias, pero las experiencias y el modo de ver la vida de ese tipo, si tiene cierta gracia a la hora de expresarse por escrito, sí pueden resultar interesantes si es capaz de crear personajes con quienes otras personas puedan sentirse identificadas.

La otra gran fuente de inspiración para el escritor (y la principal de aprendizaje) es la lectura. Dice Mr. King:

«Hay que leer de todo, y al mismo tiempo depurar (y redefinir) constantemente lo que se escribe. Me parece increíble que haya gente que lea poquísimo (o, en algunos casos, nada), pero escriba y pretenda gustar a los demás. Sin embargo, sé que es cierto. Si tuviera un centavo por cada persona que me ha dicho que quiere ser escritor pero que “no tiene tiempo de leer”, podría pagarme la comida en un restaurante bueno. ¿Me dejas que te sea franco? Si no tienes tiempo de leer es que tampoco tienes tiempo (ni herramientas) para escribir. Así de sencillo».

Mis últimas lecturas han sido: Walden, de Henry David Thoreau; Diario de invierno, de Paul Auster; Antes de los años terribles, de Víctor del Árbol; Mientras escribo, de Stephen King; y ahora estoy con El invierno de mi desazón, de John Steinbeck. Como podéis imaginar, mi sensación como (aprendiz de) escritor es que me queda un camino eterno por delante para llegar a dominar el oficio, pero compararme con autores tan reconocidos (es inevitable si uno escribe) es también un acicate y una forma de apreciar la evolución de mi propia escritura. No tengo ninguna duda de que ahora soy mejor contador de historias que hace cinco años.

«La verdadera importancia de leer es que genera confianza e intimidad con el proceso de la escritura. (…) La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos. También te permite ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que sólo ocupa espacio. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el bolígrafo o el procesador de textos».

Tengo un montón de páginas marcadas, pero me voy a cortar un poco, porque no es cuestión de escribir una tesis. Tres fragmentos más y lo dejo. El primero, sobre los lectores cero. King es partidario de compartir el manuscrito con personas de confianza y con capacidad crítica.

«Muchos escritores se resisten a la idea. Tienen la sensación de que revisar una narración para ajustarse a las filias y fobias del público es una especie de prostitución. Si compartes esa manera de ver y eres sincero, no intentaré convencerte. Además, así te ahorras dinero en fotocopias, porque no tendrás que enseñar a nadie lo que has escrito. Es más (dijo con tono de superioridad): si en serio lo crees, ¿por qué te molestas en publicar? Acaba los libros y mételos en una caja de seguridad».

A mí los lectores cero me aportan muchísimo porque me ayudan a ver incongruencias en el modo de actuar de los personajes, partes del argumento que flojean o resultan confusas y otras que son prescindibles. Su aportación, sin duda, ha resultado decisiva para mejorar mis novelas, en especial la última, Días de arañas, buitres y ovejas, que por fin he acabado de revisar y ya ha iniciado la aventura en busca de editorial. Espero que con final feliz porque, de veras lo creo, es una buena historia.

Segundo de los tres últimos fragmentos. Hablando sobre el proceso creativo. Me ha sorprendido gratamente coincidir tanto en la manera de trabajar, al menos en el punto de partida y en la forma de concebir una historia.

«A mi modo de ver, todos los relatos y novelas constan de tres partes: la narración, que hace que se mueva la historia de A a B y por último hasta Z, la descripción, que genera una realidad sensorial para el lector, y el diálogo, que da vida a los personajes a través de sus voces.

Te preguntarás dónde queda la trama. La respuesta (al menos la mía) es que en ninguna parte. No pretendo convencerte de que nunca haya preparado una sinopsis previa, porque sería como sostener que nunca he dicho mentiras, pero hago ambas cosas lo menos posible. Desconfío de los argumentos por dos razones: la primera, que nuestras vidas apenas tienen argumento, aunque se sumen todas las precauciones sensatas y los escrupulosos planes de futuro; la segunda, que considero incompatibles el argumento y la espontaneidad de la creación auténtica».

Sobre la descripción, King comparte interesantes apuntes, que resumo. No le interesa tanto la descripción de los personajes, que prefiere dejar a la imaginación del lector (coincido con él), como la de los ambientes. Lo que da verosimilitud a la historia, lo que hace que nos traslademos al escenario donde sucede, es sentirnos atrapados por el escenario, que el autor sea capaz de transmitirnos las sensaciones de los personajes en un determinado lugar. Y para lograrlo, no es necesario ser detallista; al contrario, hay que saber elegir los pocos elementos que bastarán.

En cuanto al diálogo, es básico. No se me ocurre mayor peñazo que un relato (no te digo si se trata de una novela) narrado en tercera persona, donde los personajes no son más que marionetas sin voluntad. «La clave para escribir diálogos buenos, como en todos los aspectos de la narrativa, es la sinceridad. Si la practicas, si pones honradez en las palabras que salen de boca de tus personajes, descubrirás que te expones a bastantes críticas».

Sobre escribir sin un plan demasiado elaborado, con mi última novela intenté cambiar y ser más ortodoxo, pero me di cuenta de que me estaba quedando una historia demasiado encorsetada, a la que se le veían las costuras por todas partes. No estaba explicando la verdad. Así que cambié el plan y, como he hecho con las anteriores, me dejé llevar por los personajes, sabiendo, eso sí, a dónde quería llegar. Obviamente, cada maestrillo tiene su librillo, y así tiene que ser. Si tú te sientes más cómodo teniéndolo todo clarísimo antes de ponerte a escribir, adelante. No hay una forma correcta o errónea de afrontar el proceso creativo, siempre que seamos honestos.

Y acabo con un último fragmento de Mientras escribo (al final, he colado un bonus con lo del diálogo), que tiene mucho que ver con el «aprecio» que las obras de Stephen King han obtenido por parte de la caspa editorial y los eternos ofendidos, la peor lacra que amenaza a la creación artística.

«Se trata de dejar que hablen libremente todos los personajes, sin prestar atención a los criterios de la Legión de la Decencia o el Círculo de Lectoras Cristianas. Lo contrario, además de falso, sería cobarde, y te aseguro que hoy en día, a las puertas del siglo veintiuno [peor, dos décadas después], escribir narrativa no tiene nada que ver con la cobardía intelectual. Los aspirantes a censores son legión, y aunque no coincidan todos en sus prioridades, a grandes rasgos quieren todos lo mismo: que veas el mundo como ellos… o, como mínimo, calles lo que ves diferente. Son agentes del orden establecido; no tienen por qué ser mala gente, pero sí peligrosa para el adepto a la libertad intelectual».

Nada más que añadir.


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