La foto fue el premio, aunque el encuentro me dejó también con las ganas de fotografiar al macho, porque esta vez se hizo desear y no hubo manera de encontrarlo. Eso sí, el Espinal se encargó de que la salida no terminara sin llevarme algo de recuerdo por andar distraído. Concentrado en buscar aves, terminé con unas hermosas espinas clavadas en una de mis zapatillas. Nada grave, pero bastante efectivo para recordarme que en estos ambientes no alcanza solamente con mirar para arriba; el Chaco seco siempre va a dejar un recuerdo punzante en el turista distraído.
Acá hay que andar con un ojo puesto en el pájaro y el otro revisando cuidadosamente dónde uno pone los pies. Porque mientras uno está esperando que aparezca el carpintero entre la vegetación, abajo puede estar esperando tranquilamente alguna espina con ganas de participar también de la jornada fotográfica.
Así que me traje una foto del carpintero bataraz chico, la deuda pendiente de encontrar al macho y un pequeño souvenir del Espinal cordobés incrustado en la zapatilla. La próxima vez, además de la cámara y el teleobjetivo, habrá que acordarse de llevar un poco más de atención en los pies.
