Revista Cultura y Ocio

Muerte sin resurrección: Capítulo VEINTITRES (I)

Publicado el 28 noviembre 2013 por Rmartinezguzman @RMartinezGuzman
VIERNES SANTOCapítulo Veintitres (I)

Isaac, ese era el nombre. El más pronunciado por los inspectores, el más escuchado por los agentes y el más investigado a lo largo de toda la madrugada en la céntrica comisaría de Ourense. Sin duda, ese era el nombre clave.Antón había vuelto con rapidez de O Carballiño, una villa cercana a la capital y de la cual era oriundo Miguel. Allí sería enterrado el cadáver, y hasta allí había llegado la noche anterior Samuel, su único hermano. Él fue quien lo apuntó y sus tíos maternos, quienes lo refrendaron. Sí, Isaac, no nos gustaba nada en la familia. No sé por qué, pero tenía algo en la mirada que no nos gustaba. Por suerte, hace años que ya no llamaba a nuestro sobrino, unos cinco o seis, había dicho el tío de Miguel, un hombre de cara curtida por el sol y un más que evidente carácter férreo.El problema radicaba en que nadie sabía qué había sido de Isaac. Lo máximo que pudo averiguar Antón fue que había estudiado Ciencias Económicas. A Miguel lo llamaba cada vez que venía de fin de semana. Pero un día acabó la carrera, consiguió trabajo y todos le perdieron de vista.¿Y no conocían a su familia, ni a algún amigo común? —preguntó Eva.No. Sus padres eran emigrantes y lo había criado una abuela. Pero sospechan que la anciana ya murió —aportó Antón.¿Tampoco recuerdan por qué zona vivía?Sí, eso sí. Por O Vinteún, pero sin precisar. Ya he avisado por radio a los agentes para que indaguen, aunque va ser como buscar una aguja en un pajar.De todos modos, hasta que no lo localicemos no podremos saber a ciencia cierta si él es uno de los objetivos de Emma —dijo Eva.Eva aún conservaba encima de su mesa los teléfonos de las víctimas. Uno a uno, fue comprobando sus agendas en busca de la palabra Isaac. Ya lo había hecho la noche anterior, pero quizá pensó que, por comprobarlo una vez más, no pasaba nada.No aparece su nombre en ninguna de las agendas —dijo con desánimo.Después continuó, dejando de nuevo los teléfonos sobre la mesa.La de Javi está llena de amigos de chat, la de Marc, de niñas, la de Sebas, de clientes, y la de Miguel, de simples conocidos. Este hombre no tenía amigos —dijo refiriéndose al último.Se ve que salvo Miguel y Marc, el resto no mantenían el contacto en la actualidad. Es extraño, porque no hace tantos años —dijo Antón.Eva hizo un gesto de aprobación, pensativa.Quizá esa sea una de las claves —dedujo.Luego se quedó en silencio. Al cabo de un rato, preguntó:¿Podemos estar seguros de que Samuel no está en peligro?Sí, descuida —confirmó convencido Antón—. Lo primero que me dijo fue que él no conocía mucho a los amigos de Miguel porque nunca salían juntos. Tenían pandillas diferentes. Sobre todo, porque Samuel es bastante más mayor. A Javi y a Sebas ni tan siquiera los conocía. A Marc, sí. Pero lo mismo que a Isaac, muy ligeramente.Ojalá no nos estemos equivocando, como con Miguel.No, seguro. Al preguntar por los amigos de su hermano en aquella época, pude saber si él formaba parte de esa pandilla sin necesidad de planteárselo directamente —dijo él satisfecho.Eva sonrió antes de responder.Pero está claro que a todas las víctimas parece que les va la vida en que no sepamos que están en peligro. Cuando, en realidad, debería ser al revés.Algo vergonzoso o ilegal, tú lo dijiste ayer —apuntó Antón.Ella siguió con su razonamiento:Miguel tenía tanto miedo que, una vez muerto Marc, inmediatamente llamó por teléfono a Míguez pidiendo librar también ese día. Sospecho que fue directamente a su casa y se encerró en ella con la pistola en la mano. ¿Te das cuenta de que eso fue precisamente lo que evitó que pudiera ver la foto que nos envió Lago?Y, de haberla visto, seguramente no se fiaría nunca de una inocente mujer que llega a su casa cargada de folletos de viajes —completó el razonamiento Antón, al tiempo que comenzaba a sonar el teléfono encima de su mesa—. Y hasta es posible que hubiese podido detenerla —añadió mientras descolgaba.Lo que ahora debe preocuparnos es que hoy es viernes y, por lógica, debemos esperar una nueva víctima. Confiemos en que ese tal Isaac no haya llegado a Ourense.¡No es él! —chilló Míguez entrando por la puerta.Eva lo miró con sorpresa. El comisario siguió gritando desde el centro del despacho, al borde del enfado:La víctima de hoy es una mujer, una de las Atendo de la estación. Acaban de dar aviso. Se tiró al tren con una pelota de golf en la mano. O la obligaron a tirarse —rectificó—. Y lo peor es que su hijo estaba allí —añadió con voz sentida.Luego tomó aire y comenzó a disparar órdenes, sin importarle que Antón siguiese al teléfono.¡Levántense! Averigüen por qué estaba el niño en la estación, por qué hoy la víctima es una mujer, por qué nadie la ha interceptado aún...Porque para eso tendríamos que haber buscado a una mujer rubia con un niño cogido de la mano —lo cortó Antón.Los tres se quedaron en silencio, solo roto por el pequeño chasquido del teléfono cuando fue colgado.Fue a coger al pequeño a la guardería —explicó Antón—, con la placa en la mano. Pero uno de los cuidadores sospechó, lo tenía ahora al teléfono. Coincidió el domingo con ella viniendo en tren desde Vigo. El domingo era morena, hoy ya es rubia. Eso lo despistó en un primer momento, luego recordó.¿Dónde está el niño ahora? —preguntó Eva mirando a Míguez.Sigue en la estación, con el padre —contestó, ya más calmado, el comisario—. Al principio pensaron que había sido un accidente y avisaron al marido de inmediato.¿Cómo has quedado con el cuidador? —pregúnto a Antón.Lo he mandado a la estación, para interrogarlo con calma.Perfecto.
Una manta cubría el cadáver, custodiado a pie de vía por dos agentes de uniforme. A su lado, Eva permanecía sobre el andén, observando el escenario. Cuando acabó la inspección, bajó y se acercó al cuerpo, levantando por un extremo la manta. En ese instante, los dos agentes apartaron la vista. Ella exclamó, sin mirarlos:¿Aún no os habéis acostumbrado a la visión de un cadáver?Sí, pero no como este —contestó uno de los agentes.Está destrozado —se justificó el otro.Eva volvió a tapar el cuerpo y miró de nuevo a su alrededor, intentando imaginar la escena.Se tiró —apuntó el primer agente.No sea ingenuo, no se tiró.Sí, se suicidó, no la empujó nadie —insistió el chico, convencido de su razón—. Lo han dicho dos de los testigos que estaban ese momento a su lado.Hay muchas formas de empujar a una mujer a suicidarse —sentenció Eva, dando por finalizado su reconocimiento.Luego murmuró, ya de camino al edificio:Sobre todo, a una madre.En el vestíbulo, una de las psicólogas de la Policía había estado interrogando a Toni y ahora parecía solamente estar esperando a que Eva volviese de su visita a las vías. Cuando esta llegó, la mujer se acercó de inmediato, ofreciéndole una carpeta.Inspectora, ya he terminado con el niño y le he mandado para casa con el padre —dijo—. En estos momentos, es bueno que estén juntos y alejados de aquí.Eva aceptó la carpeta y se puso a ojearla mientras la psicóloga seguía hablando.El pequeño está afectado por la vivencia, pero mucho menos de lo que podría pensarse —explicó—. La asesina lo raptó para usarlo de señuelo pero no lo ha maltratado mientras estaba en su poder. Además, ha tenido el detalle de evitar que presenciase la muerte de su madre. Eso siempre es una ventaja.Vio a su madre desde el andén con una pelota que le había dado la mujer en la mano —dijo Eva, repitiendo lo que estaba leyendo.Sí.¿Y luego lo envió a la sala de espera a rezar padrenuestros...?Sí, lo mantuvo ocupado.Y después, todavía tardó un rato en oír gritar a la gente —siguió leyendo.Exacto.Eva arrugó la frente, cerró la carpeta de golpe y perdió la mirada en el suelo, durante un instante, pensativa. Luego volvió a la realidad:Bueno, supongo que el hecho de enseñarle que tenía a su hijo en su poder le bastó para que Sandra tomase consciencia de que no tenía escapatoria.A esa misma conclusión he llegado yo —apuntó la psicóloga.Eva avanzó unos pasos a través del vestíbulo, con la carpeta en la mano. A mitad de camino, hizo un alto.Una cosa más —dijo en dirección a la psicóloga—. La mujer no le dijo al niño cómo se llamaba en ningún momento —también lo había leído en el informe—. A nivel psicológico, ¿qué interpretación le da usted a eso?La psicóloga pensó un momento. Quizá aún no había reparado en ello.En principio —contestó pausadamente—, tendríamos que entenderlo como una intención de evitar que el niño cree vínculos con ella.Gracias.Antón aguardaba impaciente delante de la sala de espera. Él había sido el encargado de hablar con Alberto, que preguntaba con insistencia cómo estaba Toni. Esperó a que Eva acabase de hablar con la psicóloga y luego se acercó a ella.Necesitaba al niño de señuelo y fue a buscarlo a la guardería esgrimiendo la placa de Miguel. El chico —dijo señalando a Alberto—, la recordaba del tren.Luego preguntó extrañado:¿Emma no tiene coche?No, se trajo al niño andando —sentenció ella—. Tiene narices: toda la policía de Ourense buscándola en pleno, y resulta que cruza la ciudad pasando desapercibida simplemente porque lleva a un niño de la mano.Y porque se ha teñido de rubio —apuntó Antón a modo de recordatorio.También por eso.Los dos policías se dirigieron a la salida.Además, esta vez, la víctima es una mujer —observó Antón.Sí, pero eso no tiene por qué ser relevante. Las mismas razones que le puede dar un hombre para que lo mate, también se las puede dar una mujer.Después continuó, mientras paraba de andar y se daba la vuelta.¿Te das cuenta? —murmuró hacia su compañero—. Ayer mató de manera que le permitiera conseguir una placa para evitarnos y, al mismo tiempo, acceder a la víctima de hoy. Me pregunto qué consiguió de Sandra para poder matar mañana.Eva buscó con la mirada a la psicóloga y le hizo una seña para que se acercara.Vamos a ir a casa de Toni —le dijo en cuanto llegó a su altura—. Necesitamos que nos acompañe.De acuerdo.


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